Soy un hombre bastante ordinario. Soy un hombre blanco de clase media, tengo estatura media, los ojos y el pelo castaño. Me gusta el mate, la rambla y mirar la tele. Me gusta el fútbol y quejarme es mi segundo deporte. Opino sobre política pero sin elevar el tono de voz; cuando hay lluvia me gusta hacer tortafritas y cuando hay días lindos nos vamos con la patrona a algún parque. Casi nunca encuentro el control remoto, tengo una “pancita cervecera” considerable y me vuelvo loco por una tira de asado. En fin, soy un uruguayo normal. Entonces me pregunto y me vuelvo a preguntar ¿qué carajo hice yo para merecer esto?

La primera ocasión en que me sucedió este temita por suerte fue en casa y estaba solo. Un fin de semana como cualquier otro en el que desayunaba un café escuchando la radio, empecé a respirar un poco más agitado. A los pocos segundos mi respiración se aceleró aún más y comencé a sentir placer con cada inhalación de aire. De pronto sin poder tener ningún tipo de control sobre este fenómeno comencé a emitir un sonido orgásmico como el que hace mi mujer cuando hacemos el amor, era sin lugar a dudas una reproducción de su gemido. Luego de haber dormido una siesta, pensé lo sucedido y llegué a la conclusión de que mi cerebro no estaba distinguiendo realidad de ciencia-ficción-de-mal-gusto. Quizás la vejez o quién sabe qué cosa, me habían hecho sentir ese sueño de forma tan real.

Sin embargo este “sueño” no fue tal y me volvió a ocurrir. La siguiente vez fue mientras hacíamos aquello con la doña. Al principio todo iba bien e incluso logré concentrarme en disfrutar a pesar de que estuviera gimiendo como mi mujer. En pleno acto ella ofuscada se aparta de mí y se recuesta sobre la cama dándome la espalda. ¿Qué te pasa mi amor?- pregunté desconcertado. Sos un pelotudo Julio, ¿te aburriste que me empezaste a imitar?-me dijo con un desprecio tremendo. Dado el fracaso de mi intento por explicarle lo que estaba pasando opté por esperar a que me sucediera de nuevo en otro contexto. Pero la espera resultó fatal, nuestro matrimonio descarriló de la penillanura recorrida hasta el momento.

La espera se hizo eterna y así como quién no quiere la cosa, el curioso fenómeno que me afectaba se expresó esta vez en un lugar público. El lugar fue un supermercado al que fui con mi nene más chico. Estábamos en la caja en el momento en que comienzo a agitarme. Conociéndome decido ir al baño para evitar el bochorno. Emprendí mi camino sin tiempo de explicaciones para mi niño cuando me topé con la inoportuna amabilidad de una cajera que intentó ofrecerme ayuda. Ella pensó que sufría de un ataque cardíaco y me colocó sobre el piso. Ante la imposibilidad de pronunciar cualquier tipo de objeción y al apenas poder controlar mis impulsos motores, decidí dejarme llevar hasta que me pasara el orgasmo. Lo que debía evitar con mi vida era emitir cualquier tipo de gemido. Por un lado la encargada de las cajas buscaba con desesperación un desfibrilador, por el otro la cajera/socorrista sujetaba mi mano con fuerza y me indicaba “inhale, exhale. Inhale, exhale. Eso es, continué”. Probablemente no tenía muy claras las diferencias entre un parto y un paro cardíaco. La sensación placentera que me invadía, sumada a la concentración que me exigía evitar gemir me dificultaba mucho la tarea de pensar cómo salía de esa situación. Ileso no iba a salir, esto era la guerra. Mientras la amable cajera seguía con la rutina de parto me las ingenié para darle la indicación a otra de las empleadas del supermercado de que se llevaran a mis hijos. Ahora restaba lo más difícil, esperar a que terminara el orgasmo.

Empecé a dejar volar mi imaginación. Un tema de los Beatles en versión bossa-nova claramente perteneciente al género “música de supermercado”, ambientaba la situación. Una linda muchacha se acercaba a ofrecerme un nuevo yogurt para que probara. Con una mirada sugerente le hice un chiste vinculando el carácter lácteo del yogurt con mi miembro. Al siguiente instante estaba haciendo un trencito con un collar hawaiano de cotillón en el cuello, al siguiente había terminado el sueño-despierto.

Cuando volví a tener consciencia de mi situación me desesperé y me largué a llorar. Las lágrimas se esparcían al compás de mi agitación. De forma inverosímil seguía sin haber emitido un gemido. Sobre el mostrador que estaba a un lado de la última caja se oía a la encargada discutir, teléfono mediante, con el que presumo era el dueño o su jefe “¿Cómo que no tenemos un desfibrilador, cómo mierda sacaste el permiso sino?… “Si vos y tus contactos, me das asco. Me debes un mes de sueldo, te vas de vacaciones a Panamá y ahora esto, ¡renunció!”. Mientras comenzaba a discar de nuevo en el teléfono me gritó “no se preocupe señor ya llamo una ambulancia”. Sólo entonces fue que decidí ponerle fin a esta farsa. Estiré mi brazo hacia un chicle que había en el piso debajo de una de las cajas y lo tomé sin importar que viniera con acompañamientos. Puse el chicle polvoriento en mi boca y mientras esperaba el momento justo para escupirlo, me lo tragué. Empecé a tener problemas para respirar pero al menos el orgasmo se detuvo. Repentinamente largué una tos muy fuerte. La cajera me sujetó por encima de la cintura y me estrujó para que mandara a la mierda lo que tenía adentro. Funcionó. En primer lugar salió el chicle, luego una leve cantidad de vómito y para concluir se me escapó un “Ay Julito” con la voz de mi mujer. La encargada se acercó para preguntarme si estaba bien y a su vez si sabía por qué la cajera había gritado así, le hice una seña mostrándole que la mujer estaba completamente desquiciada.

En fin, retomo la historia. Un tiempo después mi don se hizo público por un video titulado “Exorcismo en el super: cosas que pasan en la caja con preferencia para las futuras mamás cuando no hay futuras mamás en la caja”, filmado por un gurí que presenció mi espectáculo. Así fue que me llamaron de varios medios. A partir de ese punto se inició mi camino hacia el éxito. Aunque el éxito fuera una lamparita incandescente, y yo una polilla, que efectuando movimientos erráticos, chocaba con su calor repetidas veces sin explicación.

-Julio está sonando el teléfono

-Si si, funciona bien temprano al igual que durante la noche. Increíble

– Pero sigue sonando Julio, ¡hacé algo!

-Si querés que lo atienda decímelo nomás

– ¡¡¡Julio atendé!!!

– Ves, no era tan difícil. Ah ya cortaron, que poca paciencia.

– Callate la boca Julio, dejá dormir.

-Bueno

Éste fue el diálogo desatado solo por la primera de las 47 (solo miento en el truco) llamadas a mi hogar en el día. Radio, televisión, prensa y portales de internet intentaron contactarse conmigo. En realidad la sección de noticias bizarras de cada uno de esos medios. Salía de mi casa y la lluvia de preguntas que me hacían se adherían como post-its a mi ropa, yo por mero azar tomaba alguno de ellos y respondía las preguntas. Era difícil de creer como la ira se apoderaba de los reporteros que no tenían la suerte de que les respondiera.

Ser una diva no estaba mal. Dejando de lado el hecho de que alguna que otra revista titularan cosas como “Mujer de hombre que tiene orgasmos de mujer cree que se está volviendo lesbiana”, o algún señor en la calle se confundiera de personaje bizarro y me preguntara si yo era el cartonero que hacía canto lírico en la televisión, yo la pasaba bien.

Me dirigí hacia una de mis habituales entrevistas. En la puerta me atendió una mujer de malos modales que fumaba como si eso fuera a cambiarle el humor. Esto no pudo opacar mi entrada triunfal, la gente no podía dejar de mirarme. Quizás por mi reloj dorado, mis lentes espejados, el cuello de mi camisa abierta, o mi traje de un valor equivalente al salario de cualquiera de los que estaban presentes. Me recibió la maquilladora, una muchacha muy bonita de pelo castaño y senos firmes. Intercambiamos más miradas que palabras. No obstante las palabras fueron certeras: te voy a dar con todo pendeja. Durante la entrevista respondí de forma vaga y no me salí por fuera de los lugares comunes. Mi cabeza estaba puesta en ella, que me miraba y se sonreía cada vez que decía algo mal.

Llegué a casa tarde y el silencio sepultural me puso la piel de gallina. Había bebido un par de whiskys y la rutina post entrevistas se me estaba dificultando. Demoré en abrir la puerta, me tropecé al entrar, se me cayeron las llaves. Es casi imposible imaginar un ruido mayor producido por un hombre, sus llaves y el piso flotante. Luego de comer pizza recalentada me pude acostar, finalmente. Encontré a mi mujer para variar, dándome la espalda en la cama pero ahora parecía sollozar. Logré que pudiera dirigirme la palabra. Hablamos un largo rato. Le pedí perdón por haber estado tan ausente y fuera de mi forma habitual en el último tiempo. Le dije cuanto la amaba: – Mi amor, te amo muchísimo.

-Es la tercera vez que me lo decís en 5 minutos gordo, ¿tenés alzhéimer o algo?

-No querida, te expreso mi cariño en loop.

Sacarle por fin una sonrisa fue más hazañoso aún que haber abierto la puerta. El sexo de reconciliación era fantástico, vivíamos nuestros cuerpos como nunca antes y en sus ojos se notaba que no le iba a molestar mi gemido. Es más cuando me empecé a agitar me pedía que la imitara. El goce mutuo estaba llegando al clímax. Pero cuando gemí no me salió un ¡Ay Julito!. En el mismísimo instante se le crisparon los pelos, sus ojos se tornaron inquisidores, removió sus tibias manos de mis hombros, se separó de mí y me reprochó con la voz quebrada- Por lo que veo, hasta tu gemido cambió.