Comida de avión que sabía a plástico, postre envasado en plástico, asientos de plástico, bandejas de plástico y cubiertos de plástico que probablemente también tuvieran gusto a plástico. Hasta ahí, nada fuera de lo común. La llegada a Barajas me recordó lo pequeño y periférico de mi lugar de origen. No a causa de que todo fuera en mayor escala, ni que hayan cosas más modernas, eso no es algo que despierte la atención en mí. Pero sí su diversidad cultural, eso le falta a Uruguay, que es demasiado homogéneo.

La llegada a Lisboa fue bastante similar a la llegada a cualquier otro aeropuerto de cualquier otra ciudad. Un aeropuerto en las afueras en una zona periférica, donde por lo general vive la gente que vive peor materialmente. Todo cambió su curso después de instalarnos. Me enamoró la vista desde el Bairro Alto. Me enamoré de sus calles zigzagueantes y angostas, de los consejos de un heladero borracho que se esmeraba en indicarnos una dirección, de la gente que venía de muchos lados, de los muchos idiomas de esa gente, y de sus múltiples formas de hacerse entender cuando el lenguaje hablado no es efectivo.