Quizás la herramienta no era la mejor para la tarea, y mis habilidades con las herramientas no pintaban el mejor panorama, sin embargo yo me tenía fe. La pelusa del bigote ya me molestaba y adultos y niños me la hacían notar todo el tiempo. Como si no supiera que hay una interferencia entre mi nariz y mi boca que delata mi pubertad. Tomé la tijera Maped que me supo acompañar en la escuela y comencé a recortar con mucho cuidado, a pesar de que a duras penas pudiera recortar papel. Terminé la tarea con bastante dignidad, solo una leve marca en el bigote recortado mostraba mi inexperiencia. No había podido erradicar esa porquería, pero al menos estaba intervenida por mí, no estaba a su antojo. Subí a la pieza de arriba del rancho donde esperaba encontrar a mi primo durmiendo. Afeitarse a esa hora de la noche fue arriesgado, podía despertar a todo el mundo, de todas formas el trabajo era inminente. Para peor era solo bigote, la barba ni siquiera asomaba para disimular tal mamarracho en mi cara. Si había algo que detestaba era el bigote solo, un chirimbolo que seguramente estuvo de moda en alguna época tan decadente como los 80. Si tan solo tuviera una barba completa y tupida para disimular aquello. Si al menos pudiera hacer un rejunte de vello facial y pudiera formar una barba candado, pero ni siquiera. Seguramente en la mañana todos notarían mi cambio. Todos me lo cuestionarían, por qué no pediste consejos, te podrías haber cortado, el filo de la maped está oxidado te podés infectar, por qué no preguntaste bla bla bla. No me importa. Mi cara es mía. Es un acto de rebeldía que debe notarse, en caso contrario habré fallado y habrá ganado el bigote y toda la estupidez que conlleva.Llegué al cuarto y allí estaba mi primo con su rostro iluminado por el celular.

– Tengo sed- me dijo.

– Abajo en la cocina hay agua

–  ¿En qué parte?

– En la heladera

– ¿Cómo llego?

– Bajás la escalera y doblás a la izquierda. Ahí vas a encontrar dos interruptores, uno es de la cocina y el otro es de afuera. Probá uno y después probá el otro, a no ser que ya hayas prendido la luz en el primer intento. ¿No estás hace más tiempo que yo acá?

– Bueno. Sí, pero no me acuerdo del lugar de las cosas.

A la mañana siguiente fuimos a la playa. Mi tía nos despertó con la suavidad de un disparo. Subió la escalera con pasos pesados haciendo crujir cada escalón.

– Arriba muchachos ¡hace rato salió el sol!- dijo abriendo las endebles cortinas del rancho de par en par.

Nuestra primera reacción fue cubrirnos con una almohada. Le ganamos a la luz, mas el calor de la pieza contra el techo empezaba a ser agobiante y quedarse allí era una opción poco agradable. Perdimos, ya nos íbamos para la playa. A mi primo no le gusta la arena, ni el agua, tampoco jugar a la paleta o al tejo, menos al fútbol. No le gusta la playa en general. Tampoco le gusta mucho la gente. Mi tía nos despertó demasiado temprano lo que multiplicó el malhumor de mi primo. El sol ardía, sin embargo era de lo último que debíamos preocuparnos, mi primo y yo yacíamos en nuestras pequeñas sillas protegidos por una manta blanca de protector que nos cubría de pies a cabeza.  Éramos una capa blanca con lentes de sol con llamas en las patillas (obtenidos en la frontera con Brasil) y con gorro.

-¿Querés jugar a las paletas?

– No

-¿Querés jugar a la pelota?

– No

-¿Querés hacer algo?

Mi primo permaneció sin responder por un momento en la búsqueda de la mejor respuesta capaz. Tal vez meditaba sobre las alternativas de lo que podíamos hacer. Su silencio me generaba ansiedad, por fin se dignaría a cambiar de respuesta ¡qué momento! Todas las especulaciones se fueron a la basura cuando me llegó su seco: No. Me metí al mar y antes de que el agua llegara a mis rodillas, los gritos de mi tía me sacaron de mi ensimismamiento: -¡Hasta ahí! Luego de innumerables intentos de convencer a mi primo para que me acompañe y de no arrancarle más que un monótono “No”, ella decidió unirse a mí. Agarró un balde de plástico para hacer castillitos de arena y se fue acercando. Cuando estaba a la misma altura que yo y el agua le llegaba a sus rodillas también, tomó el balde lo sumergió y se tiró el agua en la cara con bastante torpeza.

– Ves que te podés divertir sin ir a lo profundo- rió abriendo toda la boca.

Me reí condescendientemente más por lo patética que fue la escena que por complacerla.

Empecé a notar como una mancha aceitosa cubría el agua alrededor de mi tía, sin dudas era el protector. Cuando me zambullí (zambullirse es un decir, incliné mi cabeza y mi cuerpo de forma absurda para cubrirme por el agua completamente) también ocurrió lo mismo.En verano los tiempos se estiran como chicle, son tiempos derretidos, gomosos, cuando no hay nada para hacer eso es terrible. Últimamente había notado que, cosas como ver la mancha aceitosa de protector, barrenar las olas, o dejarme levantar por ellas hacían que pudiera deslizarme en ese tiempo pegajoso, podía tolerarlo con mayor facilidad.

A las 11 y media ya debíamos irnos de la playa, según mi tía el sol era una bola de fuego a esa hora. De cualquier manera a la 1 tenía que estar en la terminal para cambiarme al balneario que estaba mi amigo.Fuimos hasta la terminal. Mi tía me agarró y me ahogó en su abrazo.

-Acordate de ponerte protector y gorro, mirá que el sol está fuerte. Y en el agua nunca te metas más allá de las rodillas. Hacé caso a los padres de tu amigo. No tomes alcohol, cuidate.

No le faltó ni una recomendación del mensaje predeterminado que tienen los adultos cuando dejás de estar bajo su cuidado.

– Bueno, no tomo alcohol, tengo casi trece recién- contesté casi para adentro

Subí al ómnibus y encontré mi asiento bastante rápido, el número 3. Como no había nadie a mi lado me acerqué a la ventana y saludé con mi habitual timidez. Mi tía agitaba el brazo con fuerza mientras se balanceaba saludándome. Mi primo permanecía estático a su lado.

– ¡Saludá che!

Él estiró apenas la mano y la movió lo necesario como para que no lo retaran.Al salir de la terminal y mientras el ómnibus empezaba a ganar velocidad en la ruta me di cuenta de dos cosas: La primera es que iba a extrañarlos. A mi tía y a mi primo digo, a pesar de todas sus rarezas, uno se acostumbra. La segunda y la más terrible de todas ¡¡¡nadie notó que me afeité!!! Perdí. Me resigné. Ese día iba a ser gris aunque afuera hubiera 40 grados y un sol radiante. De mi primo era de esperar, no hablaba mucho en general y cuando lo hacía era para detallar aspectos desagradables en los demás. Como la vez que estábamos en un taxi con mi tía y le dijo Mamá tenés una pasa de uva en el brazo al tocarle una roncha. O la vez que me salió un grano gigante en la frente y me lo señalo un día entero sin decirme nada. O todas las veces que me decía que tenía mocos. No era nada extraño que no lo notara. Y si lo notó, pero no le resultó desagradable probablemente ya fijó su cabeza en otra cosa. En cambio que mi tía no lo notara. Qué raro. Ella que está en absolutamente todos los detalles. Como la vez que pidió sanguches para el cumple de mi primo y pidió: De jamón y queso sin manteca para mi primo, de jamón y sin manteca para mí, de queso y manteca para mi tía Pati, sólo de queso para Alondra la novía del tío Germán y olímpicos para el resto. La cantidad fue la adecuada, a nadie le faltó comida y tampoco sobraron kilos de sanguches. Y eso que comí olímpicos también. Mi tía no se dio cuenta. Puta madre, qué bigote infame. Quise gritar ¡qué bigote de mierda! pero a mi alrededor había un par de señores con bigote, entre ellos el guarda, se lo podían llegar a tomar personalmente, mejor no. También la señora de atrás tenía una pelusa casi como un bigote, se podría ofender. En otro momento cuando esté solo, quizás. Lo único que me quedaba era mirar por la ventana pasando mis dedos sobre el bigote, como si sirviera para algo. Desde el centro hacia los extremos deslizaba mis dedos y viceversa mientras contaba las pocas vacas que cortaban con el paisaje del pasto amarillo, seco por la poca lluvia de verano. Las vacas eran de las pocas cosas que me daban la noción de que nos estábamos moviendo, el horizonte siempre celeste y amarillo parecía un cuadro, no la ventana de un ómnibus que se mueve. Un cuadro de esos de mal gusto que la gente no sabe cómo llegó a su casa, todos suponen que fue un regalo, nadie se hace cargo. Probablemente ese cuadro cubra una grieta o un cacho de pared descascarado, quién sabe.

Después de parar en varios balnearios y en un par de pueblos llegué a la terminal. Ya me estaban esperando mi amigo, sus padres y su hermano.

-Están largos esos pelos ¡peluca!

– ¡Si! Hace tiempo no me los corto- me sonreí mientras asentía con la cabeza

¿Por qué? ¿Por qué hacía tiempo que no me cortaba el pelo?Empecé a recordar que ir a las peluquerías me daba cierta fobia. No eran ni las tijeras, ni la maquinita con la que rapan a las personas. Mi mayor miedo eran los peluqueros. Simplemente no puedo comprender como la gente se asusta de los espías, de la Cía., cuando le revelan absolutamente todo a los malditos peluqueros sin nada a cambio. En el mejor de los casos, lográs su silencio. Pero sin duda recaban mucha información de la gente, no dudo que la vendan al mejor postor, mientras les paguen más que un corte de pelo. Hay de todo tipo y color, pero los que me vienen más rápido a la mente son los aduladores. Confirman todas y cada una de las sentencias que salen de la boca de la persona a la que están cortándole el pelo. Es como si trabajaran en una cinta transportadora esperando que venga la opinión del cliente en ella para darle su bendición. El cambiar radicalmente de opinión sobre un mismo tema no es un impedimento, incluso cuando el cliente con el que habla lo oyó decir lo contrario mientras esperaba. Su arte de complacer mediante el diálogo es aún más admirable que sus dotes con las tijeras. También está el que tiene su juicio sobre el mundo y sus cosas. Le deseo mucha suerte al que le vaya a discrepar a uno de esos peluqueros. O “sos un pichón, te falta experiencia” ó “sos un pelotudo y acá no vengas la próxima, sabés”. Tuve la desgracia de oír las dos. Por suerte soy chico, para eso. Y por último están los que cortan callados. Ah sí tan solo cortaran bien también. Por lo general son viejos que la vida los arrastró a un oficio que consideran ingrato o consideran ingrato vivir directamente. Supongo que debe haber muchos más tipos de peluqueros pero yo solo conozco esos tres. Por todo eso me veo obligado a mentirles, no sin culpa, pero les miento. No me generan ninguna confianza, quizás es mi prejuicio por juzgarlos superficiales. Pero la silla en la que me siento cuando me cortan el pelo es para eso, no para un interrogatorio. Jamás sabrán el cuadro del que soy hincha, de si fui en auto, caminando o en ómnibus, en qué barrio vivo, qué cosas me gustan, jamás sabrán que cosas me desvelan, qué cosas me sacan el aliento, qué pienso sobre el amor, qué pienso sobre las guerras, qué opino de los animales, jamás sabrán si pienso siquiera.

– ¿De qué cuadro sos?

– De Fénix

– ¿Hace mucho te mudaste a Pocitos?

– Y ya van a hacer 3 semanas, un mes. Un mes si.

– ¿Cuándo es que juega la selección?

– No. Yo soy de Parque Batlle, pero andaba por la vuelta.

– Qué horrible lo de los motochorros esos.

– Soy de El tanque, venimos bien por suerte.

– ¿Viniste en ómnibus entonces?

– No, no es resfrío. Pasa que soy alérgico. Siempre ando estornudando.

– Mirá somos vecinos entonces, yo también vivo en Parque Rodó.

– Ah venís caminando, como siempre claro.

-Yo soy hincha de la viola como mi viejo.

– ¿Vos no eras de la blanqueada?

Si son seres humanos promedio, sabrán que les miento porque deliberadamente cambió mis respuestas cuando voy dos veces con la misma persona. Mi mejor amigo Tomás me insistió millones de veces para que no les mintiera “tenés que ser secos con ellos y ya está”.Pero yo no puedo. No me sale. Me sale hablar. No es que hable por los codos, pero sería muy irrespetuoso cortarles la charla tajantemente. Además quedaría en evidencia de que no estoy dispuesto a cooperar. Este último argumento no se lo dije a Tomás porque me va a decir que estoy paranoico de nuevo, para peor capaz hasta tiene razón. Así que mejor sigo mintiendo sistemáticamente y cambiando de peluquero para no quedar tan expuesto. Ahora si me acordé porqué hacía tanto tiempo que no iba a cortarme el pelo. Por lo menos no me preguntaron sobre el bigote.

La casa era la típica casa de verano. Era de ladrillos a la vista. Tenía bastante verde en el frente y un techo de tejas de color ladrillo, con partes cubiertas de musgo. Las sillas de plástico que debieron ser blancas hace años estaban cubiertas de toallas secándose al sol. No tenían cuerda para colgar la ropa, qué raro. Mi amigo abrió la manguera para sacarse la arena de los pies. No me fue muy difícil adivinar que habían ido a la playa.

Ey hijo no te laves las patas que ya volvemos a la playa!

-Me quiero lavar igual mamá.

-Hacé como quieras- Luego agregó por lo bajo- qué maniático.

– Vamos yendo a la playa que se va a poner ventoso- dijo el padre de mi amigo

– ¡Ay estás como todo de tonos pasteles che!- se entrerrió la madre de mi amigo- miralo, parece salido de una película. Ya tengo el título y todo “El niño de pastel”

– ¡No soy un niño con crayones!

Fue lo más rápido que me salió decir, no tenía sentido lo que dije, fui un tarado. Igual no me iban a pasar por arriba con esos chistes espantosos, deberían intentarlo mejor, más siendo yo el invitado, deberían tratarme mejor. No debía quedarme enroscado con esa estupidez, era mejor que fuera de buen humor a la playa. El sol todavía no había bajado demasiado y en la playa había lugar como para estarse cómodo sin invadir el espacio de los demás. Apenas se instalaron sus padres con las reposeras clavadas en la arena, nos fuimos corriendo al agua. Como estaba un poco fría no nos animábamos a tirarnos de una, obviamente empezamos a tirarnos agua hasta que uno se tiro al agua para evitar la molestia y el otro lo imitó inmediatamente para no quedar en desventaja. Después empezó la guerra de arena, hasta que mi amigo me descolocó con un bochazo de arena en el ojo

-¡Salí! salí de acá, no jodas.

-¿Estás bien?

-Sabés que esa pregunta no sirve para nada.

-Si me decís eso estás mejor seguro.

-¿Qué pasó?

-Nada, le tiré arena sin querer. Ya está bien.

-Ah, pero sos boludo. Mojate, mojate bien los ojos y parpadeá, ya se te va a pasar.

Me sumergí completamente en el agua, me dejé estar un rato inmerso en ella. No quería ver a mi amigo ni al nabo del padre que me daba un consejo inútil, me ardía más todavía abajo del agua ¡la puta madre!

-Demoraste pila en salir del agua ¿qué hacías?

-Estaba paseando un poco abajo del agua nomás

-Ahí va. Vení que llegaron los amigos de mis padres con la hija y la amiga. La amiga de ella está buena, se llama Fernanda

-Bueno y la hija de los amigos de tus padres ¿cómo se llama?

-Julia, pero no es muy linda.

La ronda se había ampliado, había sillas playeras de todos los colores. Simultáneamente se instalaba una familia numerosa al lado.

-Con todo el espacio de playa se vienen a instalar acá- le dijo el padre de mi amigo a la madre

– Disculpe- dijo mientras levantaba la mano un señor calvo y de bigote al chocar la silla que cargaba en un brazo con la parte de atrás de la silla de la madre de Julia. Con el otro brazo cargaba una conservadora con la que luchaba con mucho esfuerzo por sostener su peso.

La madre de Julia lo miró como diciendo ¡qué desubicado!, pero no dijo nada. Los padres de mi amigo me preguntaron si me sentía mejor del ojo, y sí, me sentía mejor, ya no me ardía nada. Pero ahora comenzaba a sentir una pequeña picazón en la entrepierna adentro del short. Era sumamente molesta y yo no podía hacer nada, no iba a rascarme en frente a todos. Después de saludar a Fernanda y su amiga Julia me di cuenta que Julia, no era fea como decía mi amigo, es más, era linda, tenía lindos ojos. Y yo justo con la picadura de tapioca ¿cómo habrá hecho para llegar hasta ahí? Seguro se esmeró, una tapioca no se mete en el short de uno así como así. Yo igual sigo sin tener claro qué son las tapiocas exactamente, sé que es el bicho al que uno culpa después que sale del mar con picazón, a lo mejor es sal, pero es más fácil echarle la culpa a las tapiocas. En tierra las tapiocas son otras. Sobre un pareo aprendí a jugar a la escoba de quince y a la conga, también jugamos al roba montón, probablemente el verano que viene vuelva a aprender esos juegos, siempre se me olvidan. Mientras jugamos a las cartas mi pierna se roza con la de Julia, el roce no nos molesta a ninguno de los dos, creo, tampoco se lo pregunté y me da confianza por más sea pésimo en estos juegos. A la picazón no se le ocurre un mejor momento para reaparecer, esta vez no la podía tolerar, era demasiado. Le pregunté a mi amigo si me acompañaba a su casa, tenía que ponerme algo ahí. Me mandó a hablar con su padre mientras quedaba embobado hablando con Fernanda que no le daba mucha bola.

-¿Qué te pasó m’hijo?

-Me picó una tapioca.

-Ah entonces no es tan grave, pensé que había sido algo peor.

-¿Dónde te picó?

-Adentro del short.

-Adentro del short pueden ser muchos lugares ¿te picaron en las piernas? ¿en la cola? ¿en el pito?

-Entre el pito y la cola.

-Fa que ganas de joder que tenía la bicha esa. Si querés te acompaño hasta la casa y te ponés una crema o algo de eso.

-Dale

Mientras me iba oigo “¿qué le pasa?” y la respuesta que me deja desnudo “nada, le picó una aguaviva en los huevos o algo así”. La inexactitud o la exageración no me molestaron, el problema era que ahora toda la playa sabía lo que me había pasado, seguramente hasta la familia numerosa molesta que estaba al lado sabía lo que me había pasado, no podía volver a la playa nunca más. Eso estaba decidido.

-No demores Mati ¿ya te pusiste la crema?

-¡Sí! Ya voy- dije mientras me terminaba de afeitar, la crema no estaba en el botiquín, pero yo me iba de ese baño sin bigote.

 

 

 

Gracias a Rodrigo Guerra por hacerme acordar que después de todo lo que importaba era sacar el bigote a la mierda