Durante un tiempo hace meses comencé a sentir bichos en la cama. Todo empezó una noche en particular. Me acosté, como cualquier otro día, con mi mujer. Hablamos durante un buen rato, nos apretamos bastante porque era un día de frío. Luego leímos. No fue hasta algunos minutos después de haber apagado las luces que los empecé a sentir. Sentí primero la picazón en los antebrazos. Luego sentí pequeños focos, que se sucedían rápido en distintos puntos de mi cuerpo. Lo sentía en el lado izquierdo de la cadera y, antes de que pudiera rascarme, ya estaba en el derecho. Lo sentía en la espalda y, cuando me levantaba para rascarme ya estaba en mi tobillo. Prendí la luz y examiné las dos grandes ronchas rojas que habían quedado en mis antebrazos. “¿Vos lo sentís?”, le pregunté. “No, sos vos. Yo no siento nada”. “Deben ser mosquitos”, dije, e, intentando convencerme, fui a buscar una pastilla para ahuyentarlos. Intenté olvidarlo, pensar en otra, dejar la mente en blanco, pero seguía sintiendo la picazón. Me revolvía en la cama, prendía la luz con la intención de encontrar al bicho en cuestión, pero nada. Lo único que logré fue hacer enojar a mi mujer, para quien el único ser molesto en la habitación era yo, que no me quedaba quieto. En algún momento de la noche logré, finalmente, dormirme.

La noche siguiente fue igual. Ni bien me acosté comencé a sentir la molesta picazón, la sensación de que pequeños bichos me caminaban rápidamente por encima. Inspeccioné varias veces las sábanas, el colchón, la manta, pero no encontré nada. Pensé en cambiar todas las sábanas por otras limpias pero, tras otra inspección, me dije que no podía ser nada, que si hubiera algo ya lo habría visto. Intenté convencerme de eso y me obligué a dormir, lo cual llevó varias horas. Cuando sonó la alarma para trabajar había dormido menos de cuatro. “¿De verdad no los sentís?”, pregunté a mi mujer esa mañana, mientras desayunábamos. “No, para nada. Todo está igual que siempre para mí”.

Esa tarde al volver del trabajo saqué todas las sábanas y las puse para lavar, y puse otras sábanas y mantas limpias. También di vuelta el colchón y lo dejé ventilarse por horas. Cuando me acosté no sentí nada, y pensé que ya no volvería a pasar. Pero más tarde, cuando estaba a punto de dormirme comencé a sentir esa molesta picazón, especialmente en mis tobillos, piernas y brazos. A pesar de que estaba exhausto por no haber dormido mucho la noche anterior, la picazón no me dejaba conciliar el sueño. Intenté moverme lo menos posible, pero por momentos era imposible. De tanto moverme desperté a mi mujer, quien me gritó que estaba loco, que no había ningún bicho, que era producto de mi imaginación y que me quedara quieto y la dejara dormir. En un momento se hizo inaguantable y me fui a dormir al sillón. Desde esa noche he dormido siempre allí. Es mejor porque, aunque en el living hay muchos más mosquitos, ya no están estos bichos por todo mi cuerpo. Sin embargo, no puedo dejar de sentir que me ganaron. Los bichos invisibles me sacaron de mi cama.