Sintió el tirón en la izquierda de la nuca cuando dirigió el rostro mojado por la lluvia hacia la frase escrita en tinta negra sobre el muro de una casa vieja: “El futuro llegó hace rato”. Esa frase lo persiguió todo el día. No decidió colonizar su tiempo martirizándose, pensando cómo afectaba tal conclusión a su situación personal, pero tampoco podía olvidarla. Se instaló en su memoria para transgredir sus casuales decisiones, insultando sus inútiles costumbres y proponiendo una nueva razón de ser. Lo atormentaba imaginar que el ingenuo joven que había citado una noche una canción como cualquier otra jamás hubiera imaginado que fundaría en él tanta agonía.

Llovía y el paraguas roto. El tapado negro lo protegía hasta el nivel de las rodillas, y el sombrero vigilaba desde su cabeza. Le molestaba cuando la gente pretendía justificar sus arrogancias con el tiempo, siempre algo de qué quejarse, o algo de qué aferrarse para disfrazar sus irresponsabilidades. Por eso él se enfrentaba a estas adversidades con disgusto pero con respeto.

Una mujer en la parada de autobús. El arreglo del cabello había sido cosa del pasado, que ahora se encontraba enmarañado y aplastado contra su rostro. Gente con cara de buena gente, no suele suceder. Pero lo que llamó su atención fue la belleza que se escondía atrás de sus manos que intentaban acomodar el desorden de su atuendo. Una sonrisa se despertó en él y proporcionó el momento justo para que ella levantara su cabeza y lo imitara. Pero el momento se torno incómodo y el ómnibus se acercaba cada vez más. Y ella no se subió.

El destino, aunque fijo, se aproximaba y ya no había tiempo para observar el empañado del vidrio de la ventanilla. Descendió y se dirigió directo hacia el lugar donde depositaría ocho horas de su día como hacía ya veinte años. Absorbía con aparente inagotable entusiasmo todo lo que él podía ofrecer. Lo que en un principio prometió ser la oferta que siempre había esperado se había convertido en una destreza casi perfecta pero llena de angustia.

Finalmente sentado y deslizando las manos por la madera del posa brazos, la silla no parecía cuadrar en tal descontento, sino más como un confortable encuentro con lo conocido. La mujer del cabello mojado había vuelto a inquietar su mente. ¿Cómo podía la vida ofrecernos tal oportunidad y tan drásticamente violentar nuestra lenta voluntad, extrayendo del presente un pasado inerte?

Una frase me ha martillado la cabeza desde que la escuche por primera vez y decía algo así: “nos quejamos con los años de cómo pasa el tiempo, pero al final, es el tiempo quien se queda, y la gente es la que pasa…” Si nuestro hombre me escuchara, habría convertido su tarea agobiante en una búsqueda por la mujer del cabello mojado. Pero lo que esconde  es, quizás, una búsqueda donde él mismo debiera transformar lo agotador de su mediocridad en un propósito claro que determinara un fin a ésta infinita lucha interna con el desapego íntimo. La vida que construyó no alcanza para quererse y el tiempo es malgastado.

Y entre la segunda o tercera vuelta de la silla giratoria, sus ojos se desviaron hacia el techo junto con su cabeza, la cual apenas reposaba sobre el respaldo que casi no dejaba lugar para otro miembro que no fuera su espalda. Y por primera vez se preguntó: ¿Soy feliz?