Según las facciones más reaccionarias de las religiones más conservadoras, es un pecado mortal representar gráficamente a una deidad. Será porque, si es que hemos sido creados a su imagen y semejanza, sería la Divinidad tan sólo uno más. Ni Alfa ni Omega; acaso Juan o, qué se yo, Raúl… O María, por qué no. Trabajaría en una oficina “part-time”, probablemente a unos veinte o treinta minutos del lugar en que vive, cuyo trayecto le resultaría cómodamente fastidioso; recogería el diario en el pórtico de su casa – casi que importada de algún suburbio de un Hollywood decadente, colocada como un parche mal pegado – en seguida de despertar, y regañaría entre dientes la caída del dólar y la derrota del equipo local. Luego tomaría un baño, dejando el agua correr por su común, corriente, Divino cuerpo; el jabón, aún, le haría arder los ojos. En ocasiones, incluso, tomaría algún analgésico de desconocidos pero incuestionablemente confiables componentes, para calmar el dolor de cabeza que probablemente le haya causado beber algunas copas de su propia sangre la noche anterior; seguramente viera orgulloso la marca en la etiqueta de la botella y se regodeara en la calidad de la cosecha, menos por su conocimiento que por lo que dijo el vendedor con cara de pobre diablo (¿mayúsculas?), volviendo a encorcharla para alguna otra ocasión o para alguna noche de soledad. Cada tanto, para su sorpresa cada vez menos pronunciada, dejaban de llegar plegarias…

Tal vez, cada mañana, escucharía en la radio o vería en la televisión – siempre, en un segundo plano, fruto de la dificultad de concentrarse que padece el hombre común en las mañanas – las noticias recientes: otro robo a mano armada, cuyos responsables continúan prófugos, otro muerto por ajuste de cuentas, otro caso de mala praxis médica, otro político corrupto que se marcha del país para gastar sin remordimiento sus ganancias ilegítimas, otro golpe de Estado en uno de esos países de nombres complicados en alguna lejana y ajena parte del mundo, otra madre que abandona a su hijo recién nacido porque no puede soportar otra boca que alimentar. Pero todos han sido creados a su imagen y semejanza. La imagen de un hombre común, la semejanza de un ser indiferente. Todos surgieron de su costilla. Nuestros actos son legítimos ante Él (Esto, Eso, en fin): son tan nuestros como suyos. Tal vez por eso sea pecado representar gráficamente a las deidades… Porque el hombre no está hecho a imagen y semejanza de su creador, sino que al contrario, el Hombre crea a un Dios a su imagen y semejanza, la de aquel por el que fue creado y para quien sirve: el hombre pequeñoburgués occidental. Tal vez por miedo. Miedo a que la ilusión sea el único pilar de la fe; miedo a que Juan, Raúl y María sean, y hayan sido siempre, Alfa y Omega. A que en realidad no haya más que ellos, y que todo el amor (y el odio – más que nada el odio) que sólo se concibe posible desde filas Divinas, sea tan humano como su dolor y su cansancio, como el fastidio del trabajo, el agua contra el cuerpo, el vino y el dolor de cabeza. O la muerte. Porque nada hay más humano que la muerte y el miedo a que nos llegue, que no es más que miedo a una vida sin muerte. El mismo miedo que genera una vida sin Dios. Por eso lo seguimos dibujando, por más que sea pecado.