Se levantó con el sonido insoportable del despertador. Constante, alto y completamente artificial. Se levantó con la culpa de haberse quedado una vez más despierta haciendo quién sabe qué. Se levantó al lado de esa montaña de pensamientos y recordatorios de aquello que quería o debía hacer. Ese ecosistema de papeles, fotos, libretas y lapiceras llenas de anotaciones ilegibles que había escrito en ese limbo, esos minutos entre que uno se va a dormir y cae completamente inmóvil hasta nuevo aviso. A su alrededor había vasos de agua que rellenaba constantemente pero nunca lavaba, ropa tirada o enrededa entre las sabanas, había cuentas y postales, había zapatos y almohadones. Pero más que nada había blanco. Ese blanco sucio que solo aporta vacío a un espacio en donde no es difícil sentirse solo. Por un instante, un pequeñísimo instante, inmedible, imperceptible para un reloj, sintió que despertaba en otro lado. La sensación de desorientación le duró un poco más que esa inicial creencia, segura, aunque irreal de que despertaba en otra cama. En medio de la confusión se sentó rápidamente intentando volver lo mas rápido posible al espacio-tiempo que llamamos ahora, se puso las chancletas y fue al espejo a comprobar que efectivamente estaba ahí. Un ritual que le aseguraba su existencia cada mañana y le producía un extraño sentimiento de presencia. Su presencia era de todas formas difusa, al menos durante esos días cuando no había nadie para comprobarla. Nadie más que el blanco cuarto con sus huellas por todas partes, en ese desorden que intrinsecamente dice acá vive alguien. Se vio en el espejo directo a los ojos. Vio la urgencia en su mirada. Sintió un escalofrío recorriéndola desde adentro. Sus ojos rojos y la boca fruncida. Respiro uno, dos, tres. Efectivamente, estaba ahí.