Montevideo. Otoño. Lunes. Seis de la tarde. Hora pico de un día lluvioso y gélido. “¡Caen pingüinos de punta!” se dijo un viejo malhumorado y luego cambió a los pingüinos por una parte de la anatomía masculina y se rio como un pendejo durante tres cuadras. Por 18 y Ejido venía Nina, requemada porque odia la lluvia y odia los lunes. Como todo el mundo. Ojo, esta no es la historia del laburo de Nina, ni del estrés de Nina, ni del jefe de Nina, ni de la amiga falluta de Nina. Esta es la historia del paraguas. ¡Qué destino el de los paraguas!

Vuelvo a Nina. La piba caminaba rapidito porque creía que así se mojaba menos, pero en el apuro metió el taco plataforma de la bota en una baldosa floja, que desde la mañana andaba cagando gente y gozándola. La baldosa largó una risita socarrona y un “tomá, forra” que Nina no escuchó porque estaba muy ocupada puteando, mirándose el pantalón de vestir beige (ahora salpicado de chorretes color caca) y sosteniendo el dichoso paraguas que solo quería ir a bailar con el viento, que desde hacía rato le estaba pidiendo que le concediera una pieza. A lo largo de 18 la vereda era un cementerio de paraguas despatarrados que algún desalmado con poca conciencia ambiental había abandonado a pudrirse en la intemperie luego de morir en buen desempeño de sus funciones.

Nina ya venía medio sensible porque se le había muerto el gato. Una cagada, pero era viejito y esas cosas pasan. La cuestión es que por primera vez en veintinueve años Nina se puso a pensar en los paraguas muertos en la calle, en sus cadáveres, en los esqueletos rotos y la ridícula cercanía de varios basureros. “Un entierro digno”, se dijo a sí misma en voz alta. “Eso es lo que todos los paragüitas merecen”. Una doña que venía pegadísima a Nina intentando robarle el resguardo del techito de la galería escuchó el breve soliloquio y pensó “qué tontita esta nena, tan rica que es.”

Llegando al Gaucho, el paraguas de Nina ya no pudo soportar más y se fue volando, abrazado al viento en un pasodoble y dibujando garabatos en el aire. “Pero la puta que lo remil parió”, gritó Nina, olvidándose que estaba parada en el cruce y el semáforo se le había puesto amarillo. Corrió con las plataformas (lo que no es changa, les aviso) hasta la vereda. El pantalón beige ya no era beige (si es que “beige” es un color, no sé, capaz que para vos es “cremita”) y la trenza cosida que le había hecho la hermana el viernes (sí, el viernes, no le pintó lavarse la cabeza en todo el fin de semana porque le pareció buena protesta contra la vida) era la única parte de su apariencia que permanecía en orden. Entretanto, ya estaba llegando a la parada y vio con inmensa emoción que a lo lejos venía el 121, seguramente abarrotado y oliendo a humedad, pichí y mugre pero aún así la garantía de estar en quince minutos a dos cuadras del monoambiente en el que no podía ni respirar.

Con el rabo del ojo Nina vio algo rosado, aleteando despacito con la brisa que corría en el remanso que regalaban las espaldas anchas de dos edificios. El paraguas, que la miró y le dedicó un último suspiro agónico. Sin darse cuenta, Nina comenzó a caminar, lo levantó en brazos y lo acunó como si fuera un bebé o un gato muerto. Lo acarició y con ternura lo depositó en un contenedor cercano. Con una lágrima resbalando de cada ojo (tal vez por el frío, tal vez por el paraguas) volvió a la parada a esperar otro 121 (el primero ya se le había pasado) y en ese glorioso momento se sintió más humana y más persona que todos los que esperaban junto a ella con contracturas en la nuca de mirar y mirar y mirar el celular. Se sonrió, la ortodoncia destellando en la tardecita. Y se quiso mucho.