Rogelio nunca fue al dentista, hasta que un día se le empezaron a caer los dientes.

Negros y picados, cariados, uno a uno se fueron cayendo, ni siquiera de una forma ordenada – cosa que, al menos, pudiera uno jugar al ta-te-ti en el proceso – hasta que su boca quedó libre de esas pianescas teclas blancas que adornan la sonrisa de aquellos favorecidos por selección natural y empelotudecen a aquellos que los muestran en demasía.

El tema es que a Rogelio no le molestaba (“¡Que se caigan! Total de algo hay que morir” o “contra la gravedad no se puede luchar”, se lo escuchaban decir con frecuencia aquellos que impertinentemente le insistían que hiciera algo al respecto), hasta que un día su último diente, el último en abandonar la funesta lucha por permanecer colgando en su boca, ante cualquier pretexto de la naturaleza, se cayó mientras estaba sentado en el water. Verlo ahí tirado, negro, de raíces carcomidas por los vicios, lo hizo darse cuenta de que, efectivamente, se había quedado sin dientes. Algo en su interior resonó (“pelotudo, te van a dar monedas en la calle, ¡¿entendés?!”), y le hizo preguntarse , una vez que se limpió, metiendo el dedo en la ingente oquedad de su desierta boca, si era, al fin, hora de ir a ver a un dentista.

Con los años, sus argumentos en contra habían ido cambiando: primero fue el clásico temor del adulto infantil o del infante adulto ante aquellos aparatejos del demonio que penetrarían su virginidad bucal, en donde un mínimo desliz de un dentista nervioso de mate o de merca lo harían desangrarse hasta una agónica y tragicómica muerte; después fue la defensa ante la clase oligárquica de la medicina dental occidental, que “te roban la plata por tocarte un dientecito cagado” cuya presunta sanidad está claramente sujeta a los peores valores pequeñoburgueses; luego el eje se centró en la crítica a la preocupación posmoderna e hipócrita por estar presentable y con una “sonrisa Colgate”, de nuevo, sujeta a valores pequeñoburgueses (Rogelio siempre fue medio reiterativo) y femeninos (Rogelio siempre fue medio machista); por último, las desventuras del típico asalariado administrativo estático y solterón llevaron a que sus razones se redujeran a la Santísima Trinidad ganas-tiempo-dinero. Pero ver su último diente tirado en el piso del baño, negro, podrido, cual pasa de uva a medio masticar, lo hizo de una vez por todas decidirse a afrontar la realidad e ir al dentista. Total, ¿qué era lo peor que le podía pasar?

El lector se preguntará, ahora, y con propiedad, dada la forma de utilización de la frase que remata el último párrafo, qué le pasó a Rogelio en el dentista. Pero no, no le pasó nada. ¿Quién se muere por ir al dentista? Nadie, no sea crédulo. Rogelio fue al dentista, y tras un procedimiento que lo dejó cansado pero feliz, como la fatiga que prosigue del coito (al menos a uno que termina bien… uno que termina y punto) le pusieron una dentadura postiza. Blanca, nueva, como de estrella de cine, amable a la vista y, si llegase a tener suerte, al tacto. Ud. se preguntará, ahora, si eso hizo a Rogelio feliz y si esta historia tendrá un final de cuento de hadas. O de novela brasilera, para ser más claro a las nuevas generaciones que, sinceramente, me merecen el más profundo de los desprecios (probablemente a Rogelio también). Nuevamente, el lector se equivoca, pues nuestro anti-héroe quedó endeudado hasta las narices (o hasta los dientes, si me permite la ironía) y tuvo que vender, uno a uno, sus dientes nuevos de estrella de cine. Así que sí, Rogelio fue al dentista, pero aún así se quedó sin dientes. Y sí, la gente lo paraba en la calle para darle monedas. Así de jodidos estamos.