Él siempre decía que el amor era ser vulnerable. Implica abrirse con tanta confianza que nos encontramos en un punto donde el otro tiene todo para lastimarte y uno simplemente confía en la estabilidad. Es entregarse a la incertidumbre de lo que va a venir.

Él decía que a veces era mejor estar solo. Entenderse primero a sí mismo para luego compartirse al mundo. Sanar por dentro de manera que sólo puedas dar lo mejor de vos a los que te rodean.

Y yo me maravillo con la magia que puede provocar la esencia de las personas. La fragilidad de reconocer la individualidad que las hace propias.

Me maravillo con la emoción que nos impulsa la cabeza. Con que nuestra noche se consuele en nuestras voces y que salgan las palabras más lindas. Y las más ciertas.

Maravilla los conflictos. Lo incambiable. Aquello que te da esa impotencia maldita.

Tan delicado el quiebre. Tan fundamental y tan revolucionario.

Insaciable el conflicto íntimo. Ese que te desgarra los párpados, estirándote en el eterno pensamiento de: ¿qué me faltó? ¿qué hice mal?

Inevitable analizar la búsqueda del error. Insana la elección de algunos. Tanto nos queda por aprender de nosotros mismos.

Y mientras él decía, yo me fui perdiendo en ese abrazo sin tiempo. En esa frase exquisita. En esas dos luces que me suplicaban tanto amor que nunca supe dar, que nunca se supo recibir.

Fueron las enseñanzas más fuertes. Pero aun así, sigue siendo todo un enigma para mí.