¡Pi pi pi pi! ¡Pi pi pi pi! ¡Pi pi pi pi! ¡Pi pi pi pi! Siete menos veinte. El Seba estiró un brazo desde abajo de las sábanas y tanteó la mesita de luz buscando el despertador. Después de varios intentos consiguió apagarlo. Agarró el celular y desactivó las tres alarmas que había programado, en caso de que alguna no sonara o el despertador se quedara sin pilas. No se dio cuenta, pero dejó que ese limbo en el que nos sumimos cuando recién nos despertamos se convirtiera en sueño. Despertó media hora después porque algún cablecito de su cerebro había quedado bastante atento y le recordó que tenía que ir a trabajar. “Nooo, ¡me dormí!”, gritó, con una pierna ya adentro del pantalón y la cabeza mareadísima del salto que había pegado al salir de la cama.

No desayunó ni se peinó. Hizo una pequeña concesión y se lavó los dientes, pero solo porque no quería que Martina le sintiera mal aliento cuando intercambiaran los saludos de cortesía al llegar al trabajo o mantuvieran esos brevísimos diálogos sobre cosas del laburo en los que el Seba tenía que concentrarse el doble de tanto que se distraía pensando en todas las otras cosas que quisiera decirle a Martina pero no se animaba. Hacía un año que trabajaba en ese lugar, un año entero imaginando ficciones en las que se animaba a invitarla a salir. Al cine, a comer algo. Cualquier cosa.

Salió del edificio con la campera a medio poner, hurgando como loco en todos los bolsillos buscando la STM que siempre se le perdía. No la encontró y pagó el doble por el boleto. “Este día va a ser una mierda”, pensó, mientras intentaba encogerse para pasar entre toda la gente parada en el pasillo del bondi que no se corría ni un poquito porque a esa hora todos van más malhumorados de lo normal y nadie “colabora con un pasito más que al fondo hay lugar”. Se tuvo que bajar una parada después de la usual porque no pudo llegar a la puerta a tiempo y el chofer ignoró sus gritos desesperados.

Llegó a trabajar. Pasó tarjeta y se miró en el vidrio. Su cara daba asco. Se sentó, sin mirar a Martina que estaba sentada un poco más allá, casi acariciando el teclado, unos pelitos rebeldes huyendo de la colita con que había atado al resto. El Seba arrancó a tipear, desquiciado, intentando recuperar el tiempo perdido y deseando que la pila de trabajo pendiente acumulada en la semana desapareciera por arte de magia.

Al almuerzo se tuvo que conformar con un sándwich de morondanga y un agua saborizada porque el lugar de siempre estaba cerrado por duelo. Por lo menos alguien más estaba teniendo un mal día. A las seis, después de que el jefe lo retara y viera a Martina charlando animadamente con Nicolás (“una papa sin sal”, como decía su mamá) volvió a pasar tarjeta y escuchó el “acceso correcto” cuando ya estaba pasando la puerta.

Decidió caminar porque estaba bastante frustrado y lo había esperanzado la posibilidad de que por lo menos el aire frío le haría sentir otra cosa más que el vacío de todos los días. Venía usando el celular, chusmeándole el Facebook a Martina, las fotos de una salida con amigas el sábado anterior. Al llegar a la esquina, no vio el semáforo en rojo. Un bocinazo fuertísimo. El ruido estridente de los frenos del ómnibus. Su propio grito de dolor.

No sé cual de esas cosas lo despertó, tal vez todas juntas. Le costó darse cuenta que no estaba tirado hecho pedacitos en la calle sino en su propia cama, empapado en sudor, la manta térmica aún prendida. Con un suspiro de alivio, el Seba buscó el celular para ver la hora. Siete menos veinte. “Hoy, sin falta, le hablo a Marti y la invito al cine y después a comer algo”, se juró. Se levantó y se vistió con una sonrisa. Desayunó un café con leche y un alfajor. Aprovechó que era temprano y decidió ir caminando al laburo, disfrutando el aire helado de la mañana que hoy lo hacía estar más consciente de su existencia y de esa felicidad potencial que nunca se había animado a buscar pero siempre había estado ahí esperándolo, escondida atrás de un arbolito de la plaza, que nunca había notado por ir en bondi.