Cada día, miles de niños en el África subsahariana de entre 0 y 5 años mueren por no contar con condiciones sanitarias suficientes para suplir las necesidades básicas de la primera edad; otros miles, de distintas edades, perecen ante el hambre o ante enfermedades que, en otras partes del mundo, pueden ser fácilmente tratables. No obstante, esto no parece afectar en gran medida la sensibilidad de la opinión pública mundial; acaso, ocasionalmente, algún documental de la BBC gane algún premio por su ardua labor periodística, cubriendo el tema al mejor estilo safari.

Sin embargo, en los últimos tiempos hemos sido testigos de situaciones que nos han demostrado que existe un activismo moralista ferviente que despierta cuando, por ejemplo, como sucedió no hace mucho, un gorila – de nombre Harambe – es acribillado en un zoológico en Cincinnati en supuesta defensa de un niño que cae, incrédulo, en su jaula; o cuando, hace casi un año, un hombre blanco (y yankee) mata a un león – de nombre Cecil – en un safari africano, despertando el desprecio y la indignación pública como pocas veces se ha visto. Este último hecho, en particular, es tan despreciable como cualquier otro caso de caza furtiva y demostración de morbo; el primero, por su parte, refleja cuán poco se valora la existencia de las criaturas en cautiverio y cómo, efectivamente, su vida es la primer variable de ajuste en una crisis. Se trata de la más repugnante aniquilación aleatoria de aquel desprotegido y vulnerable, de seres majestuosos, de pura bondad e inocencia.

Pero esto no explica la ferviente reacción internacional ante los casos. La explican, más bien, dos factores: i) en ambos casos, la mediatización con agregado moral de la violencia contra los animales, que tanto énfasis ha tenido en los últimos tiempos; y ii) la occidentalización de la información, en el sentido que el hecho es “juzgable” a partir de la participación de la cultura occidental – probablemente, de haber sido cazadores furtivos locales, el hecho, de trascender, por alguna razón ‘x’, no pasaría más que como un caso de criminalidad menor, o si un gorila salvaje o de un zoológico de la India “amenazare” a un niño de tez morena, pocas serían las probabilidades de enterarnos.

Quiero decir, ¿de qué otra manera se explicaría que estos hechos puntuales provoquen una indignación que no provoca la muerte diaria de miles y miles de niños? Se trata de la más repugnante aniquilación aleatoria de aquel desprotegido y vulnerable, de seres majestuosos, de pura bondad e inocencia. Y esta vez no me refiero a ningún león o gorila. Mientras éstos, ampliamente mediatizados, son puntuales, fortuitos y ajenos (aún, aborrecibles en esencia), los otros son víctimas “necesarias” de un sistema abrasivo y depredador que los sitúa al borde del abismo, al margen de las posibilidades, por lo cual “no son una novedad”. Deberían merecerse, al menos, una parte de la atención que tanto han procurado poner los medios en la sensibilización de ciertos hechos que, no siendo menores, son efímeros y radican en la psique de un dentista aficionado por la caza o de una “soccer mom” distraída.

Es claro que se trata de dos casos bien distintos, pero ambos evidencian una misma preocupación en tanto situar la vida del Hombre por sobre la del animal, ya sea cuando la del primero está en potencial peligro como cuando no.

Ahora bien, ¿cómo explicamos la existencia de ese grupo, cada vez más amplio, heterogéneo y de fronteras difusas, de animalistas militantes y mediáticos? Veámoslo detenidamente.

Casualmente, aquellas personas que ya tienen – o parecen tener – su bienestar personal primario resuelto, sea por sus propios medios o no, comienzan a enfocarse en bienestares ajenos o secundarios. Eso está muy bien; pero cuando los medios son egoístas, también lo será esa nueva procura de bienestar. Cuando el bienestar propio se alcanza por encima del de nuestros pares, el secundario que ejerceremos para satisfacer ese instinto nato de suplir necesidades versus condiciones, que se potencia con la detección de un otro más “débil”, se dará por debajo de ellos, por fuera de su alcance. Es así como algunos llegan al fanatismo – léase, preocupación que sobrepasa la medida esperada o esperable – por “causas” de corte filantrópico que por lo general pueden i) estar sobrevaloradas, por aspectos que responden al avance de una sociofilia de clase a la que dicha causa se adapta; ii) ser “bien vistas” por el o los conjuntos que la perciben, que en principio se reducen a la causa misma en una lógica endogámica de auto-aceptación; iii) tener repercusión social (o más bien pseudo-social o socialoide) a pequeña y mediana escala, más bien por dentro de sus círculos más limitados; iv) tener carácter ocioso, que procura reflejar en última instancia superioridad de estatus, pues la capacidad de ociosidad es, como dice Veblen (gracias Bayce), un indicador de distinción, en la medida en que marca la no-necesidad de ejercer actividades productivas, ya que, como se ha dicho, éstas ya han de haber sido satisfechas y son por tanto secundadas.

El punto de todo esto es caer en cuenta de esa fanatización masificada por la protección animal, que en la mayoría de los casos (y esto es, específicamente, lo que intento resaltar, no como algo malo sino como algo real) se ve reducida y simplificada a la reivindicación casi agónica y llena de indignación de casos como los presentados, a través de las redes sociales-morales (gracias Darwin), que caerán eventualmente y casi de forma asegurada en una reivindicación de la existencia – ni siquiera de la protección continua, verdadera, militante – de perros de raza que gozan de salud y, ocasionalmente, de llamativos dotes fotogénicos.

Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor.

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