A su cotidianidad la ataban las limitaciones. A un casquete de rutina arrastraban con pesar sus delicados pies. En su duodeno regurgitaba un ardor que le decía: “Hay algo más”, mientras mirando al sol, buscaba ese efímero calorcito de invierno.

Encontró en la alternativa a esos dos reflejos de su esencia. Más que esos ojos; esa mirada. Los cuales indujeron en ella un complejo recuerdo. La simpleza de recordarlo le provocaba un leve temblor y un cosquilleo inminente.

Fueron esos dos reflejos los que le presentaron la comodidad de la oscuridad. Esos dos ojos le demostraron la fragilidad de su recuerdo.

Y es que tan cerca estaba su boca. Inevitablemente compartía toda su belleza. Todo un cuerpo por explorar. Todo un ser por descubrir.

Las voces se perdieron en la misma piel cuando a su oído llegaban esas palabras que se olvidaban de toda barrera, de todo filtro. Era con magia que cerraba los ojos y podía desprenderse hasta del máximo pudor.

Tan femenino sabor. Tan sagrado elemento. Se crea vida y se crea amor con la misma efervescencia.

Y sí. Así descubrió que no hay límite para la expansión.

-Hasta en la médula sentía tu presencia. Le dijo ella cuando ya eran dos papeles desplomados.

-Te pensé mucho. Le contestó con una sonrisa tranquila. – Creo que ahora nunca me voy a olvidar de vos.

-No quiero que sea cosa de olvidarnos, quiero que sea cosa de volver a encontrarnos siempre.

-Bueno, entonces no me voy a poder perder encontrándote.

Pero debió pasar un año para que  el encuentro les volviera a ofrecer la oportunidad de conectar con tanta paz. La energía que se trasmitían los llenaba de armonioso regocijo a ambos. Era, quizás, lo efímero de sus encuentros lo que los hizo tan susceptibles al contacto entre sí. Lo que les inducía la necesidad de volver a verse para volver a sentir, y para poder salir de lo repetitivo de sus rutinas.

-Yo te quiero ver así siempre. Toda esta energía que me trasmitís la quiero en mi vida siempre Malena.

-No seas ingenuo. Le dijo con tanta frialdad que rasgó el aire.

-Es cuestión de animarse nena. No puede salir algo malo de esto.

-Si lo cambiamos, deja de ser esto, no hay vuelta.

-¿Y yo que hago con todo lo que me pasa con vos? (Recurriendo al último elemento).

-Mirá, yo me tengo que ir. Ella se levantó de la cama, se vistió, se lavó la cara y salió.

Caminar. Calmar la cabeza y entender. Sabía que había más por descubrir. Pero no se animó. Se escondió en sus más superficiales miedos y sobrepasó la alternativa. Supo reconocer que no podía ofrecer más que esos encuentros. Y que así rompía las expectativas que él había pretendido en ella. Y aunque implicase perder la magia lo entendió.

Y sí. Así limitó su propia expansión.