“La memoria estalla hasta vencer 
a los pueblos que la aplastan 
y que no la dejan ser 
libre como el viento”
 

 

Escuché decir a alguien – tal vez de casualidad – que, hoy en día, el Golpe del 27 de junio del 73, luego de 43 años, era algo lejano, pero muy, muy cercano. Y sí. Es lejano porque aquel que lo vivió lo recuerda con ojos de olvido, y el que no lo vivió lo lee en los libros de historia. Pero, creo no equivocarme, está hoy más cerca de la sensibilidad de cada uno de nosotros, más cerca, probablemente, que hace diez o quince años. Aunque hace diez o quince años aquel derrumbe – más allá de formalidades cronológicas que den pauta historiográfica, es vago pensar que la dictadura cívico militar se engendró en la fría madrugada de un anónimo miércoles de junio y no desde décadas antes – haya sido más cercano que lo que es hoy. Ese es el poder de la memoria, esa dialéctica abierta, irresoluta e irresoluble. La memoria nos acerca la distancia; la memoria nos hace vivir pero también olvidar; nos hace recordar aún con ojos de olvido, creer con ojos de descreimiento, y reír con lágrimas en los ojos. La memoria nos hace ser y no ser a un tiempo: permite que aquellos que no fueron o que dejaron de ser, a la fuerza, sean de una vez y para siempre; y hace que los que fueron – ellos, los mismos – se hundan en lo más profundo del recuerdo. Y digo del “recuerdo” porque decir el “olvido” es lo que ellos quisieran: olvidar. Y la memoria, justamente, es no olvidar, porque olvido es impunidad y la impunidad es el primer presagio de la reiteración, y memoria es nunca más. Memoria es Nunca Más, sí, pero también es Siempre. Siempre seremos los que dijimos que No; siempre seremos los únicos que año a año marchamos pidiendo, exigiendo justicia; siempre seremos padres, madres, hijos y nietos que no están, porque se fueron o porque nunca llegaron; siempre seremos los que no nos quedamos dormidos una vez que sonó el silbatazo, los que nos pusimos de pie y nos fundimos con nuestros hermanos y hermanas, por nuestros hermanos y por nuestras hermanas; y siempre, inexorablemente siempre, seremos los que, por no guardar rencor, guardamos ímpetu de avanzar. Y avanzamos.
Por eso, Memoria es Nunca Más, y es Siempre, y es Madres acá y Abuelas allá, y son Vuelos y soy yo hoy aquí, pensando y escribiendo esto sin que nadie me quite el derecho de hacerlo o se guarde las ganas de refutarlo; pero sobre todo, Memoria es Avanzar. Memoria somos todos. De la mano.