lagarto

El lagarto diabólico rompió sus cadenas y salió a la calle. Los cuidadores de Villa Dolores no pudieron hacer nada. El reptil empezó a perseguir a los peatones que caminaban por Rivera devorando al que podía, lastimando a los demás. El pánico caía sobre la ciudad, las programaciones de los canales se interrumpían para dar la noticia. Nadie lo podía detener, parecía tener un hambre insaciable. No tenía piedad, devoraba hombres y mujeres por igual. No hacía excepciones, ni con viejas, ni con niños, ni con discapacitados. Él los veía a todos por igual, como un pedazo de carne andante.

Continuó su camino hacia el centro, llegó a Boulevard Artigas, dobló hacia el obelisco, sin dejar de devorar transeúntes y provocar desmanes en el tránsito. Cuando llegó, se subió a la punta misma del monumento, aclaró su garganta y proclamó:

 

– El día de hoy es histórico, no tiene precedentes. No sé cuántas veces habrán visto ustedes un lagarto montado al obelisco, pero yo, sinceramente, nunca. ¿Y saben por qué? – la gente estaba atónita, no podían creer un lagarto que montado al obelisco les hablaba con esa voz tan penetrante y oscura. – ¿Saben por qué? – retomó el lagarto, la gente boquiabierta – ¡Contesten, carajo! – pareció enojarse.

 

– ¡No! contestó la gente a coro.

 

– Me parece bien. Seguramente todos ustedes ignoraban los experimentos que se llevaban a cabo hace un par de años en el Centro de Investigaciones Nucleares en Malvín Norte, o incluso seguramente la mayoría de ustedes ignoraba la existencia de dicho establecimiento. Hace unos pocos años fui víctima de uno de estos experimentos, pero algo salió mal, obtuve el don del habla y un comportamiento violento difícil de controlar. Esa noche maté a dos científicos, pero algunos fueron más rápidos y llamaron a un escuadrón de coraceros que lograron reducirme y fui enviado a su “zoológico”, como osan llamarlo, de Villa Dolores y encerrado en el subsuelo de la Casa de los Reptiles, encadenado y prohibido de ver la luz del sol. Ellos fingían tratarme bien, pero no era más que un objeto de estudio. Eso sí, me alimentaban, pero cada vez tenía más hambre, y conforme crecía mi hambre, también crecía mi fuerza. Yo sabía que llegaría el día en que pudiera romper mis cadenas y salir a la luz del sol, para saciar mi apetito con todos ustedes y vengarme a la vez de la raza humana que me ocasionó este mal.

 

Dicho esto, el lagarto empezó a largar rayos de láser por los ojos destruyéndolo todo. Sin piedad. Haciendo explotar autos, derrumbando edificios, destrozando las veredas y las calles.

De golpe se detuvo, se sentía cansado, entonces bajó del obelisco, fue hasta la plaza de la bandera y se tiró a lagartear al sol. Nadie se animaba a acercarse, pero el animal se había dormido.

Amaneció, pasó un día entero y nadie se animaba a acercarse. Pasó otro día, y otro, y otro y otro. Y así pasó una semana, luego los meses, después los años y el lagarto seguía ahí.

La gente se acostumbró a que estuviera ahí, ya no le tenían miedo, era casi como un monumento más. Los planchas se le sentaban en el lomo a tomar vino e incluso lo grafitearon unos hip-hoperos.

Pasaron las generaciones y terminaron por asumir que el incidente nunca había pasado, se olvidaron de qué hacía ahí el lagarto, llegaron a pensar que siempre estuvo ahí.

Un día, amaneció en la ciudad y el lagarto ya no estaba. Pero a nadie le importó, ni se dieron cuenta. Total, a nadie le importaba ya, nadie le guardaba rencor, había huido impune.

 

FIN