Ahí estábamos. O más bien ahí estaba él, y más acá estaba yo. Estábamos a la deriva en rutas tantas veces transitadas que no dejaban lugar alguno a la sorpresa. No solo, no, pero tampoco realmente acompañado. Junto a alguna especie de presencia que se alejaba más allá del asiento del acompañante, acaso cubierta por el paisaje de afuera y por la radio.
–Podés hablar, ¿sabés?
–¿Y de qué querés hablar?
–Y qué sé yo, Pa…

Como por obligación apagó la radio del auto, siempre con movimientos lentos y débiles, propios de su avanzada edad. Le dije que si no se sentía bien no teníamos que hablar, no sé por qué insiste tanto en hablar, si hace dos años me dejó en aquella espantosa casa de salud, que de salud no tiene nada… Lleno de viejos demacrados, como si yo fuera un inútil. «¡No son fácil ochenta y dos años, pibe!», pensé. Pero no tenía caso decir cosas que tensionaran más el clima. Y todavía su madre le enseñó a manejar y es medio bruto.
–Vas muy despacio, Fran. Te van a putear todo.
–Dejame manejar tranquilo.
–Si a esto le llamás manejar…
–No empecemos, por favor.

¿Siempre fue así? Terco y duro como una pared, pobre viejo, después soy yo el cerrado. Que maneja como su madre, pobre pibe, después soy yo el viejo. Se queja de cómo manejo sólo porque me enseñó mamá, porque él estaba siempre en el laburo, y encima me mato trabajando toda la vida como un pobre diablo para que me dejen en un asilo tirado como ¡la mejor casa de salud de todo Montevideo, y aún así se queja! Lleno de viejos inmóviles y de enfermeras que les importa más el resultado del «5 de oro» que la atención que brindan es increíble, lo más capacitados y todos los viejos sucios y ellas limándose las uñas y mirando telenovelas enajenadas ¡son todas divinas! No les importa nada el mejor servicio que pudo haber tenido, y el más caro, que no se queje ¿cómo no quejarme?

En ese momento me dije «Dejá el rencor atrás», «Ya fue», y por un momento pensé que él no merecía mi aprecio, pero la lástima por aquel viejo se apoderó de mí. Y me miró como con ojos de perro arrepentido, y vi a aquel niño travieso que crié, a quien dediqué los mejores años de mi rutinaria vida.
–¿Cómo están los chiquilines?
–Bien, te mandan saludos.
–Mandales un beso de parte de su abuelo.
–Les mando, sí. Si querés prender la radio no tengo drama, Pa.

En lugar de eso, el viejo estiró, esforzándose, el brazo para alcanzar el bolsito que había dejado en el asiento de atrás. Tras una serie de gemidos, volvió a enderezarse con una pícara sonrisa en su avejentado rostro.
–¿Te acordás de este disco, Fran?
–¿No me voy a acordar! Lo escucho cada dos por tres. ¿Desde cuándo lo tenés ahí?
–¿Te creés que me la voy a pasar en silencio como los otros viejos? Ya me han “advertido” varias veces que no ponga la música tan fuerte.

Ambos rieron, acaso celebrando la actitud del viejo, con esa especie de complicidad tan peculiar que existe entre un padre y su hijo. Como cuando un padre compra su primera cerveza a su hijo, o cuando tienen LA charla, pero no de forma incómoda, sino de manera chistosa y traviesa. Esa complicidad que hace ver al padre que su niño ya no es un niño, y que hacen ver al hijo que su padre también fue joven alguna vez.

Increíble que el viejo tuviera un CD de Pink Floyd en el bolso. Pensar que cuando lo escuché por primera vez con él, que me lo enseñó, fue el momento que marcó mi camino por la música. No pude sino sonreírle al viejo la sonrisita de aquel nene de diez años moviendo la cabeza al ritmo de «In the Flesh» me hace sentir que, al menos por un tiempo, fui un buen padre. Y veo para atrás en el tiempo y me siento tan viejo… y veo para atrás en el tiempo y lo veo tan viejo.

Los dos no hablaron durante una hora y media, hasta que la canción final de «The Wall» dejó de sonar, hasta que el sonido se desvaneció en el aire que respiraban, que los dos compartían. Un aire nostálgico, un aire en el que se encontraban más de treinta y cinco años de encuentros y desencuentros, discusiones, viajes, reencuentros, asilos y, sorprendentemente, música.
–¿Te acordás del Fiat, Pa?
El viejo tosió.
–¿Del qué?
–Del Fiat, el auto.
–Ah, sí. Por supuesto, si me habrá hecho sufrir…
–¿No te acordás de un cassette de Dire Straits que había?
–Si, ahora que me decís me acuerdo… Y la canción, la que escuchábamos siempre…
–«Sultans of Swing».
–Esa misma.
Silencio. Una mirada del viejo al hijo y de éste a su padre. El viejo tosió, casi hasta ahogarse.

Le pregunté si estaba bien, me dijo que sí, que estaba bien, que no pasaba nada, pero yo lo veía más o menos. «Te preocupás demasiado por una tos, pibe», me dijo. Y tal vez tenía razón, así que dejé de preocuparme. Me dijo que me quería. Lo dijo bajito, pero lo sentí.

*

Ahí estábamos. Lo gracioso es que cuando más cerca lo siento, es en realidad cuando más lejos está. Y yo no sé dónde estará, la verdad. Ahí estábamos, en la misma ruta, él ahí y yo un poco más acá. Pero al lado, al fin. Maldita ironía de la vida, que sólo en el fin es cuando uno llega a la catarsis. Y muchas veces no queda otra que sea en silencio. Pero no un silencio vacío, mas uno puro.

Francisco puso en la radio el disco que su padre, hacía ya casi dos años, había puesto de nuevo por primera vez. Y el aire se llenó de nostalgia, pero ya no era un aire que compartían. No físicamente. Aunque por momentos parecía que el aire faltara.

Acomodó, entonces, la urna con las cenizas de su padre en el asiento del acompañante, amarrándola bien con el cinturón de seguridad. Y sus ojos se llenaron de lágrimas que cayeron sobre su regazo, al escuchar el explosivo comienzo de “In the Flesh”, como aquella primera vez que lo había escuchado, manteniendo una sonrisa de oreja a oreja hasta el momento que la música se desvaneció en el aire. Un aire lleno de nostalgia, pero no la típica nostalgia trágica de lo que fue y nunca más será, sino una nostalgia armoniosa y tranquila. La tantas veces transitada ruta dejó de ser entonces una distancia entre dos lugares, un incómodo desperfecto del espacio, sino un camino que conectaba vidas, momentos, más de treinta y siete años de discusiones, encuentros y desencuentros. Y música. Y urnas. Y un «Te quiero, Pa», que aún bajito, retumbó por todo el aire. El aire de él, y el de los dos.


Este fue el primer cuento que escribí, creo que en 2011. La forma está inspirada en un cuento de Cortázar, «La señorita Cora», en el que el cambio repentino de narrador le da una dinámica especial y una mejor expresión de la visión de cada personaje. A él, gracias. Por las palabras que dejó y por las que todavía están por escribir, por todos nosotros.