Los rayos del sol impactaron con una increíble precisión en su ojo izquierdo. Arcadio se da vuelta para quedar mirando a la pared y evitar que la molesta luz le interrumpiera el sueño, pero su mente ya estaba despierta, como si no hubiera descansado ni siquiera un minuto en toda la noche. Resignado, se vuelve a su posición inicial y dirige una mirada fulminante al reloj de su mesa de luz. Marca las 7:38. fijó la vista en el techo y se quedó contemplando la nada durante los siguientes minutos, en ese limbo donde el consciente entra en contacto con la realidad.

Se levanta y enseguida pone agua en la caldera. Con el mismo bidón termina de llenar un vaso medio lleno con agua de la noche anterior, visiblemente sucio de tantos días sin lavarlo. Arcadio mira a su alrededor con indiferencia, una indiferencia que había comenzado a ser parte de la rutina desde tiempos inmemoriales. El sol llenaba de luz el pequeño monoambiente que estaba alquilando a un precio exagerado. “Tendría que cambiar esas cortinas” decía todas las mañanas. La caldera chiflaba y Arcadio ya estaba vestido para ir a su trabajo. Prepara un café con un chorro de whisky barato y emprende camino hacia su trabajo.

Arcadio es dueño de una peluquería. Los primeros tres años habían sido perfectos: la planilla de reservas estaba todos los días completa, se pudo mudar de la pensión horrible en la que estaba e incluso había contratado a una chica para que lo ayudara. Hoy, diez años mas tarde, el local está muy deteriorado. El cartel de lona que nunca cambió está casi blanco de tanto sol, las letras son ilegibles y Arcadio ofrece la mitad de los servicios escritos allí.

Mira su reloj, las 8:41. En la puerta hay un cartel con el horario (8:00 a 18:00), pero a lo que nunca había clientes a esa hora a Arcadio poco le importaba cumplirlo. De hecho ese día solo tenía una hora reservada, recién a las 14:00.

Arcadio pasa toda la mañana sentado mirando un televisor de 14” que tenía desde niño. En realidad, la mayoría de los días eran así. Cada tanto miraba hacia afuera, sin moverse de su asiento, por si alguien mostraba la mínima intención de entrar a local, cosa que muy pocas veces pasaba.

A veces lo atacaban esas preguntas existenciales de las que nadie se salva. A veces las horas de televisión y espera eran interrumpidas por una voz en su mente que le preguntaba por su futuro, por el fracaso, sobre la soledad. Y así Arcadio terminaba el día en la oscuridad de su apartamento, intentando remediar la tristeza con alcohol y otros vicios.

*        *        *

El ruido del teléfono lo hizo volver a la realidad. Arcadio se sobresaltó y enseguida giró para quedar de frente a su escritorio, con tal torpeza que se golpeó la rodilla y tiró varias de las hojas que copaban su reducido espacio de trabajo. ¿Cuanto tiempo había pasado? ¿Una hora? ¿Cinco minutos? A él no le importaba estar diez horas al día vendiendo productos inservibles por teléfono o llenar planillas y documentos para ganarse un minúsculo gesto de aprobación por parte de su jefe. Sí, es cierto que ahora tenía algo más de plata, pero Arcadio solía perderse añorando esos tiempos de tranquilidad en los que él era el dueño de su mundo.

Atendió el teléfono.