*Este artículo habla sobre las Plazas, las corridas y San Fermín, otras expresiones taurinas como el Toro de la Vega están excluídas del caso, por falta de conocimiento profundo de quien escribe. El artículo refleja exclusivamente la opinión de su autor.

Hace unos días volvió a ocurrir en España lo que no pasaba desde 1992: murió un torero. Una cornada fue la encargada de matar a Víctor Barrio, que se desangró sin que nada pudiesen hacer las fuerzas médicas. La noticia traspasó instantáneamente las fronteras y llegó a casi todo el mundo –por lo menos occidental-, como un tema polémico, que despierta pasiones y controversia.

Es una buena oportunidad para replantearse algunos puntos sobre la tauromaquia, ya que para la izquierda, en los últimos años, parece ser un tema estancado, con una posición en su contra cuando menos hegemónica. Hay un consenso contra este deporte –sí, además de espectáculo, es deporte-, nacido en España, y que los países latinoamericanos solemos importar casi sin cuestionarnos, como una receta que nos sirve de atajo al pensamiento. Al sentirnos tan lejanos y no ver las peculiaridades del caso, puede que simplifiquemos la cuestión y adoptemos esta posición sin cuestionarnos; es ahí donde empieza el problema.

En primer lugar, lo que pregona la izquierda: la “prohibición” –las corridas ya están prohibidas en Barcelona, por ejemplo-, parece ser un error. Se cae en una lógica autoritaria que, de alguna manera, va contra los preceptos de la izquierda y el progresismo. Es fácil, como uno tiene la libertad para decidir no ir a la Plaza, los demás deberían tener la libertad para decidir ir. Si no, uno comienza a tener privilegios sobre el otro, y eso –para mí- es lisa y llanamente lo opuesto a lo que debe buscar la gente autoproclamada progresista.

Un argumento a favor de la “prohibición” es el sufrimiento del animal. Es entendible y se ve la lucha desigual que existe entre un toro solitario y los banderilleros y el torero, pero no hay que olvidarse de una cosa: es eso, un animal. Además, la muerte de un toro no es en vano, el móvil es el espectáculo, el disfrute de la gente, el arte. Para alimentarnos matamos millones de vacas por año, ¿está tan mal que un toro muera por el gozo de una gigante comunión de gente –porque es así, mientras el consumo de carne es personal, esto es colectivo-, que a veces supera los miles de personas? ¿Quién tiene derecho para negarle a tanta gente este espectáculo? ¿Dios?

Sumado a esto, hay que ver a los toros y los toreros como arte, porque es lo que son. La danza entre la vida y la muerte que juegan entre sí es tan artística como el teatro, el cine o el baile. Está en cada uno apreciar la magia en cada lance y acometida del animal y los esquives del hombre que se está jugando la vida, todo por la gloria y la algarabía popular. Como todo arte, puede que mucha gente no lo aprecie o no le sea de su agrado, y es respetable, pero eso no debería significar la prohibición de su práctica. Si no, quien escribe prohibiría el  ballet –y sí, me parece horrible, ¡muerte a las bailarinas!-, otro prohibiría el Carnaval, mi abuelo prohibiría el rocanrol, y dentro de poco no habría nada. “Vivir y dejar vivir”, dice un dicho popular.

Por otro lado, en el caso español se puede ver al toreo como un instrumento para la resistencia contra la cultura globalizante y monolítica. Mientras uno camina en Madrid, se cruza casi constantemente con los locales de todas las tiendas internacionales (Louis Vuitton, Gucci y compañía), como también se cruza uno con éstas en Dublín, Nueva York y pronto en todas las ciudades del mundo. En Barcelona lo mismo. Los pueblos del interior todavía resisten el embate, por la distancia lógica y la dificultad para penetrar en otras cabezas, con otras ideas y forma de pensar. Sin embargo, es cuestión de tiempo para que la gente de un pueblito perdido de Extremadura vaya a comer dos veces por semana a McDonald’s. Es por eso, que el toreo es una expresión cultural que puede ayudar a luchar contra todo este imperialismo cultural que, aunque ofrece muchas cosas, también hace perder las identidades nacionales y regionales. Estas pequeñas cosas, como el carnaval en Uruguay, por poner un ejemplo, son vestigios de la cultura particular de cada país y perderlas significa un duro revés contra el sistema único de la cultura yanqui-occidental.

Otro argumento que escuché mucho últimamente (estuve toda la última semana en España) es el carácter franquista, aristocrático y conservador de las corridas. Es entendible que genere resistencia por parte de la izquierda, sin embargo, el aceptarlo es perder la lucha. Fue Franco quien se apropió de la cultura de los toros para generar una cultura nacional en contraposición al mundo exterior. Pero así como él se la apropió, la gente le dejó hacer y aceptarlo es perder sin darle batalla. Porque a fin de cuentas lo que hay es exactamente eso: una batalla cultural, una guerra de posiciones, y hay que intentar dar vuelta el resultado para cambiar las cosas. Entregar, así como así, algo tan lindo y tan ibérico al mayor hijo de puta de la historia de España, es un error y, lo que es peor, no es digno de un pueblo tan combativo. La batalla sigue y no hay que rendirse; el que se rinde, pierde.

Por último, y más desde una concepción filosófica, es importante la naturaleza de los cambios. Yo puedo entender –nunca compartir- que alguna corriente política busque luchar contra el toreo porque no comparte los valores de su práctica, sin embargo, en caso de que esto sea así, ¿está bien imponer? ¿prohibir a la gente –mucha que nació en otra época y se crío con este espectáculo- de ir a las Plazas como otros van al fútbol o al basquetbol? De esta forma se va contra la base misma de la izquierda, porque como exponía antes se crean privilegios y se limitan libertades. Si el caso es cambiar las costumbres, la solución es educar; que la gente misma decida, en este caso, no ir a las corridas. Porque a fin de cuentas es eso: si ya nadie va a las Plazas, el toreo se prohíbe solo; si no hay espectadores, no hay espectáculo. Pero que lo decida la gente, no un grupo de moralistas políticos, que en nombre de sus “valores”, buscan imponerle cosas al resto. ¿Su libertad, acaso, vale más que la de los demás?

El cambio tiene que venir de abajo, si viene de arriba, el cambio ya está corrupto. Desde el momento que se impone, no solo se subestima a la gente, sino que se entra en una lógica difícil de salir y que como una bola de nieve no para de crecer. Así que eso: toros sí, toros no, que decida la gente.

Yo digo que sí, a cada uno responder.

Manuel Serra | (@serra_sur)

* Desde España


Nota relacionada: Animalismo y sociedad: hipertrofia de una sensibilidad, por Rockdrigo.