A veces pienso que sería interesante hacer una especie de encuesta entre la gente que nos cruzamos a diario con la siguiente pregunta: “¿cree usted que existe un orden, cosmológico, divino o de otra índole, de las cosas que suceden en nuestro mundo y la vida de quienes lo habitamos?”. Pienso que nos sorprendería, o quizás yo generalizo lo que sería mi sorpresa al resto, la cantidad abrumadora por la que ganaría el “sí”. No importa el caso: el diseñador que vigila su creación desde arriba, los astros, el “todo vuelve”, el universo conspirador, el tiempo como gondolero de la vida acomodando las cosas acá y allá, el karma, el destino o la energía, algo. La gente, al menos mucha de la que yo conozco, nunca es deseable caer en generalizaciones y menos en temas de creencia, en algún tipo de ordenamiento cree.
Y me parece un lindo tema para opinar, charlar y discutir. Siendo en cierta forma un modo de ver nuestra vida, incidencia sobre ella seguro que tiene.

En lo que a mí respecta, se me dificulta creer en un orden más allá del que se puede construir como colectivo. Nuestra realidad es caótica, muchos hechos se entremezclan de una manera, aunque nos pese por la alergia que le tenemos al azar y la incertidumbre, bastante aleatoria.
Yo no intento negar el funcionamiento causa-efecto de las cosas, lo casual y lo causal pueden convivir, y de hecho lo hacen. Pero se confunde lo que es una causa.
Una causa de un hecho es una de las razones por las que ocurre, y es anterior en el tiempo al hecho en sí. Cuando algo empieza o termina, empieza o termina por varias razones pero nada de lo que va a pasar a futuro se puede tomar como causa. Parece que estoy hablando algo bastante obvio pero he visto y escuchado a mucha gente hacerlo permanentemente.
Para resumir mi idea voy a dar un caso descriptivo: X persona es despedido de su trabajo en un recorte de personal, sin razón aparente el sustento que aportaba a su hogar se esfuma por unos meses hasta que consigue otro con una remuneración mejor, un ambiente mejor y unas condiciones labores mejores. X piensa “por algo me despidieron de mi anterior trabajo cuando yo no había hecho nada para que me despidieran”. Este es un claro ejemplo del mal uso del concepto de causa, las cosas pasan por algo anterior, el trabajo mejor pudo haber llegado como no y seguramente X no solo subestima su propia incidencia en el camino seguido por los hechos si no que también el papel de la suerte.

Ese tipo de orden de las cosas es bastante sesgado y solo parece abarcar a las historias felices. Cuando las cosas van de mal en peor nadie parece sacar a relucir el orden metafísico de las cosas, aunque conozco casos aislados que intentan defender este lado del orden, por más que se les dificulte en el camino. Obviamente un orden macabro es bastante menos convincente, porque no nos sirve, y ahí está lo central de la cuestión, hay una necesidad detrás de esa idea, y la tomamos porque nos sirve. Inconscientemente calma nuestro ego y nuestros miedos. Nuestro ego porque nos da una relevancia y un significado de importancia, ya que algo más trascendente que nosotros, ajeno a lo corpóreo y material (otra cosa que da alergia es pensar que somos un cuerpo y nuestra existencia se limita a él, cuanto menos mortales y vulnerables seamos mejor al parecer pero bueno eso es otro tema) influye en nuestra vida, ya sea Dios, el universo, etc. Por lo que entonces nosotros tenemos más trascendencia que si eso no pasara. Y a nuestros miedos porque la idea de ser insignificantes a nivel universal nos da miedo al parecer. Es una forma simple de dotar de sentido a nuestra vida el que esta tenga una conexión con algo de una importancia superior, existir por existir nunca nos gustó y a su vez un orden benévolo nos distancia de la injusticia, evidentemente creer que la vida tarde o temprano es justa es bastante más tranquilizador que no hacerlo. Pero todo esto es como mínimo, en el caso que uno se sesga sin quererlo, no acorde a lo que los hechos nos muestran y en el peor de los casos, cuando se omite de manera premeditada lo que no conviene para probar que existe el orden de las cosas, profundamente deshonesto.

Tristemente para nuestras aspiraciones de grandeza es muy probable que el origen de nuestra vida haya sido casual, si uno mira lo conocido hasta ahora no parece muy descabellado pensar que de casualidad vivimos. Tristemente si Dios existe es evidente que no está pendiente de nosotros y cabe la posibilidad de que ni exista. Tristemente somos insignificantes ante lo macro, se puede comprobar mirando el cielo de noche en cualquier zona no muy urbanizada, y seguramente cuando nos extingamos el universo seguirá funcionando. Tristemente si existe un orden metafísico es bastante más injusto de lo que nos gustaría. Pero la idea de que no lo hay me parece mucho más acertada, por desgracia.

O por suerte, y quizás todo lo anterior no sea tan triste después de todo, ya que nos da una incidencia mucho mayor sobre nuestra vida. Claro que siempre hay imponderables, cosas que escapan a nuestro control, pero en lugar de darnos miedo deberíamos aprender a intentar actuar sobre lo que sí podemos afectar. El primer paso para que ese orden más justo en el que es lindo creer exista es tomar conciencia de que nuestro accionar influye mucho más sobre él de lo que pensamos, tanto individual como colectivamente. Construirlo entonces depende de todos pero es imposible sin reconocer primero qué nos cuentan los hechos, sin sesgos ni conveniencias.

“Tenemos que mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no solo sometiéndonos al terror que emana de él”. Dijo alguna vez Russell, y ojalá así sea.