Golpe a la alarma, a estas horas le gustaría ser al reloj lo que Bruce Lee era a las tablas que partía, una atrás de la otra. La abuela, única la abuela, le hace de segunda alarma, recibiendo un rápido y somnoliento “estoy, estoy” como respuesta a la apertura de la puerta del cuarto. Desconfiada ella deja la puerta entreabierta para que la luz del pasillo le dé en la cara y se marcha, al ritmo que le permiten los años, a aprontarse el mate. El uno, cara, dientes, toalla y afuera.
-Buen día vieja, gracias por el desayuno.
-Buen día amor, merece.
Desayuno, libros, tupper con el almuerzo hecho por la abuela, boletos, llaves, celular, auriculares y a la calle.

Un día más al parecer, lluvioso y rutinario. El 427 asoma en el horizonte. Sube, saluda, tarjeta, boleto y se sienta. Llega a destino, la facultad está pesada y aburrida. Clases, almuerzo de la abuela en el tupper, clases y a casa.
En el viaje de vuelta se pierde en sus pensamientos, oye la música que reproduce en su celular pero no la escucha: la gente va en el ómnibus, pero no está en él. Cada uno pierde su mirada pensando en vaya a saber qué, mira su mochila y se le ocurre que el viaje en ómnibus sería más justo si la gente llevara una mochila con un peso inversamente proporcional al de su rutina y sus problemas como una suerte de indicador.
Cuánto más chica la mochila más amable podríamos ser con la persona en cuestión, cediéndole el asiento o hasta la ventana o aunque sea no agregándole más razones para el malhumor con nuestras actitudes. “Nadie cargaría con mucho peso” piensa, “Problemas tenemos todos”.

Las mochilas le hacen perder el recorrido, ya no sabe por dónde va pero sí que sería un problemón saber cómo dimensionar las mochilas. Le parece que si se le deja a cada uno hacer la suya, cada uno hará su mochila lo más pequeña que pueda, al fin y al cabo nuestros problemas son los que más nos pesan, porque son nuestros, porque bien parece ser mentira que el ombligo del mundo no soy yo y más mentira es cuánto más largo, pesado y cansador fue el día. Al final de la jornada no hay muchas ganas de viajar en pie, de dejar un asiento y la verdad cuanto menos demore el ómnibus parando para subir gente mejor.
Por un momento se detiene y cree entender que esos pensamientos son algo egoístas y no reflejan su verdadera forma de ver las cosas. A su vez piensa que si conociera los problemas de los demás sabría cómo hacer su mochila. Pero ¿quién es alguien para ser juez en eso?

Las preguntas irrumpen en su cabeza una atrás de otra y una le queda retumbando cuando nota que se tiene que bajar “Si me dijeran que alguien que yo elija en este ómnibus, incluyéndome, cumplirá, gracias a mi elección, sus más grandes deseos, aspiraciones, objetivos y sueños (tanto personales como colectivos) y yo conociese todas las historias de vida de quienes me acompañan tanto como conozco la mía, ¿realmente podría existir alguna circunstancia en la que elegiría a alguien más?”.

¿Hasta dónde van nuestra generosidad y nuestra empatía?

Bajó. Su cuadra, saludo: “vecina, vecino”. Bolsillo, cierre, llave, cierre, puerta abierta. Sin mirar dónde ni cómo, revolea la mochila lo más lejos que puede.