Cada rasguño auto infligido- esas líneas serpenteantes alrededor de mis brazos, rayones brillantes que derrocaron mis ojos-, todas esas marcas que  dibujé una a una con mis dedos, quebraron en el aire tibio y se separaron de mi cuerpo. Pude sentir cada hoja de mi piel desplegarse, cascarones multicolores que replegaron sus alas al abandonarme. Y respiré profundo el cosquilleo que empezaba desde la punta de mis pies, respiré hondo hasta que todo lo que me rodeaba logró asentarse en el centro de mi pecho.

De ahora en más, la calma.

Las caminatas tardías, las largas raíces de lágrimas que comencé a desatar, limpiando cada uno de los escupitajos que yo misma había refregado contra mi frente; abrí los ojos.

Cuando volviste, solo trajiste dolor. Lo mantuve entre mis dedos, espíritu líquido, tenía tu olor. Lo tuve entre mis dedos largo rato, porque quise, porque se sentía como un viejo amigo. Lo besé, quería ser capaz de sentirlo bailar dentro de mi boca, como antes; repetirme todos los días en los que me acarició la espalda.

Cuando volviste, solo trajiste dolor. Y bailé con él una noche más, lo desvirgué en la cama limpia de cualquier recuerdo tuyo; volví a acunarlo en el pecho, solo un rato, una noche más para sentir el cariño olvidado de mi más íntimo amigo.

No sé por qué dije que sí. Por qué me mordí los labios y dejé que me arrastraras de nuevo a la cueva que pensé haber abandonado. No sé por qué dije que sí, sabiendo que solo salen mentiras de esa boca que sigo amando, viendo que ya no brilla nada en la oscuridad de aquellos ojos fríos que pinté en todas las paredes de mi cuarto. No sé por qué dije que sí, abrumada por la fantasía de reencontrarme de nuevo con la posibilidad del amor.

Pero yo estoy sola. Lo estuve siempre. La única caricia que me consuela es la que sale de mis propios dedos. Yo soy sola,  con la mímesis de la compañía aplastada contra los libros. Y la piel se me desprende, porque lo que sale de ella es tan solo la mugre de creerme múltiple. Con la respiración tardía, esa que apreté contra mi alma por el placer de ahogarme.

Este es el último poema que va a tener tu lengua esparcida entre sus letras. Ya no me hace falta seguir inventándote.