Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior. ¿Qué había pasado? Una buena pregunta. Pero, ¿por qué estaba encadenado? Era lo que no paraba de darle vueltas en su dolorida cabeza.

El ardor en la frente era su primera pista, pensó. Debía ser el alcohol uno de los factores que lo habían depositado en la situación actual. El dolor y el olvido develaban, por su parte, una noche extremadamente interesante más allá de sus consecuencias.

Claro, ¿por qué habrían de importar las consecuencias? Si sin importar las decisiones que tomemos todos vamos a terminar de la misma manera.

El problema entonces no era por qué estaba encadenado, sino qué había hecho bajo los influjos de la bebida. Su boca tenía sabor a ginebra. Eso también quería decir mucho: la ginebra era la bebida que le despertaba con más fuerza sus impulsos animales. Le gustaba volver a la selva de tanto en tanto, ser el lobo de los hombres, volver a la Tierra. Sin embargo, ese placer estaba penado por la Ley y la Justicia…

¿Justicia? Sí, Justicia… Le parecía bastante ridículo que algo artificial sancione la parte más natural del ser, pero así era. Había venido desnudo al mundo, sin ni siquiera la tabla de los mandamientos grabada en la piel, pero ¿¡qué importaba!? Ahora estaba vestido y existía algo llamado “Constitución” que “velaba” por la “armoniosa” coexistencia entre estos animales reprimidos que se hacían llamar Humanos. ¡Y todo por la maldita Sociedad!

La idea de Sociedad no le desagradaba: todos los piojos tirando para el mismo lado. Era hasta poética. La cuestión residía en el hecho de que ahora unos pocos piojos se habían quedado con el pan y el enorme resto debía contentarse con las ínfimas migas que caían de él. Si antes dominaba el más fuerte, ahora lo hacía el más ladrón.

Al pensar en ello una enorme pregunta surgió en sus pensamientos: ¿por qué respetar la Justicia, el orden entre los piojos, si el maldito bien común no se estaba respetando? ¿si unos pocos piojos vivían mejor a costa de la que la gran mayoría viviera peor? ¿por qué doblegarse ante una Ley que no permitía los placeres naturales, pero sí la encarcelación de quienes buscaban cumplirlos? ¿por qué seguir viviendo bajo un Contrato que ya estaba roto?

Mientras esas tribulaciones viajaban por su mente, apareció un hombre uniformado que lo agarró con fuerza y le vendó los ojos. Luego, con una oscuridad total, lo hicieron caminar durante algunos minutos sin saber a dónde iba y, al llegar, lo ataron. Pasaron algunos segundos, entonces como por arte de magia escuchó un ruido fuerte y sintió cómo una bala entraba por entre su sien. “Por esto, idiota”, pensó, y todo quedó todavía más negro. Cayó en el patíbulo y todavía no sabía qué había hecho.

 

Manuel Serra | @serra_sur