Con los preparativos – ya, en cierto sentido, degastadamente anticipativos – de la “Noche de la Nostalgia”, resurge, como por arte de magia, y no sin la escolta de una campaña que por ser sensibilizadora termina siendo amarillista, el debate sobre tolerancia cero. El “lema” de este año es «No te des vuelta» (ver video) , cuya parafernalia se basa en autos dados vuelta con dicha leyenda, o la imagen de un hombre que parece estar durmiendo sobre la almohada tras una noche de excesos, pero en realidad está inconsciente sobre el airbag de su auto accidentado. Esta vez, sin embargo, el debate varía: desde comienzos de este año rige la tolerancia cero para el alcohol, de modo que ahora se exige esta medida para otras drogas.

Tantas son las imprecisiones de ésta última oración que entrar en cada una de ellas sería cuestión de una nueva publicación: con “se exige” podría entenderse un consenso amplio y contundente que impone de forma irremediable e inexcusable este tema a la par de aquellos de urgente consideración, cuando pocos son los que específicamente “exigen” esta medida, no independientemente del sector al que pertenecen; con “otras drogas” se le da al alcohol – y, por una simplista extensión, a la marihuana e incluso (o aún más) a la cocaína y otros – un carácter maquiavélico que, a través de la gestualidad retórica de quienes articulan este discurso, pretende no solamente encubrir los verdaderos intereses de la medida, sino conferirle un contenido político que, mientras beneficia y sitúa al sector promotor – opositor – como aquel interesado en la seguridad ciudadana y en la vida del tan universalmente aprobado y políticamente correcto “uruguayo promedio” (del cual nadie escapa), procura construir en torno al oficialismo una atmósfera de ineficacia e inactividad. Recuérdese cuando el año pasado la principal actividad parlamentaria se centraba en la insistencia de la oposición en recalcar la inoperancia del gobierno en cuanto a dos temas que, en principio, poco tiene que ver con la acción gubernativa o legislativa, como son la siniestralidad y el alcohol. Son fenómenos de una marginalidad fija con una franja limitada de posibilidad de acción política, pero se magnifica esta franja para reducir y anular la acción verdadera llevada a cabo. A la vez que sitúa a la cabeza de los principales causantes de la siniestralidad vial a un factor que no es más que un chivo expiatorio, una vaga excusa para disimular las verdaderas causas del problema y los intereses nacionales y transnacionales en los cuales dichas causas descansan, o acaso desarticular cualquier intento racional de incursionar en ellas. En fin.

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Campaña de UNASEV para la prevención de siniestros relacionados a la noche del 24 de agosto.

Sobran las declaraciones pseudo-científicas sobre el “daño” que generan las drogas en la capacidad motriz o de visión, la maniobrabilidad y la velocidad de respuesta del conductor; de hecho, la adopción de ese discurso reprobatorio del consumo de estupefacientes trasciende cualquier posibilidad de que se genere un verdadero debate científicamente fundado, sea a favor o en contra de la causa. La tolerancia cero basada en un rechazo casi fóbico y persecutorio, impide el debate racional del tema. Sobran las pobres víctimas que adjudican al “mamado de mierda” que iba al volante la responsabilidad de un siniestro cualquiera, cuando solo dos de cada diez accidentes involucran a una de las partes con severas ingestas (esto es, a un extremo cuyas consecuencias fisiológicas son inevitables) de alcohol. Por lo tanto, ¿no existe la posibilidad de que las imprecisiones, distracciones o malestares del conductor sobrio (sin contar con factores externos, tan comunes como la mala señalización de la carretera, la infraestructura precaria o la inestabilidad del pavimento por las lluvias) que se accidenta sean tan o más frecuentes que aquellas sucedidas en estados de ebriedad? Pero resulta difícil culpar de esto exclusivamente a la clase política, puesto que este síndrome de atrofia causal, en el que la primera pregunta de quien se entera de un accidente es si el conductor estaba alcoholizado, está fuertemente instalado en el imaginario colectivo y en los métodos de reproducción discursiva de la temática. El principal enemigo del conductor no son ni los desperfectos naturales o infraestructurales ni los otros conductores, sino la botella. Ni siquiera: la idea abstracta de la posibilidad de ingesta de estupefacientes. Hasta el punto que a un chofer completamente sobrio le nace argumentar, al momento en que es detenido por oficiales de Policía Caminera, que no ha tomado nada.

En resumen, se ataca una causa inexistente, con argumentos falaces y de trasfondo político y, no siendo un detalle menor, promoviendo el afán recaudatorio, tan tentador para la clase política. Se desvía la mirada y se crea un “enemigo” que es además equívoco, poniendo el foco en factores que disminuyan las consecuencias de los siniestros en lugar de enfocarse en los factores que los provocan. Secuelas sobre causas. ¿Qué sentido tiene, entonces? Como efectivamente dice Bayce(1), “atacar las causas de la accidentalidad implica enfrentar intereses poderosos, nacionales y trasnacionales, mientras que el ataque a las secuelas es inocuo respecto de ellos y hasta los beneficia. A esto se suma que estas acciones costarían más dinero, mientras que el combate a las secuelas rinde recaudación e ingresos extrapersupuestales, porque consiste básicamente en multas y control represivo.”


(1) Bayce, Rafael, Tolerancia Cero: error represivo, en Caras y Caretas 10/5/2015.