Cuando  Mario pasaba, dejaba detrás de sí un haz de calma donde todos sus vasallos nos revolcábamos, ansiosos de encontrar en ese dorado paso la tranquilidad anhelada. Mario se paraba, en una esquina, en el borde de la escalera, en el patio, en la biblioteca, Mario se paraba y a su alrededor revoloteaban mariposas amarillas y naranjas; Mario tenía dentro de sí todo el amor y la sabiduría y cuando abría la boca salía condensado el palabrerío de alguien que sabe demasiado y habla demasiado pero que dispersa el pensamiento como un regadero en el jardín de verano.

Mario jugaba con las palabras y los guiños, y su pelo se elevaba por los aires, un halo celestial de rulos oscuros. Y tenía siempre aliento a vida, su ser exhumaba vida, sus piernas, su barba, sus ojos que centellaban cada tanto en un gesto tímido. Marito, Mario, mi Mario, un amor intocable, superior en toda medida; Marito querido, Marito de dedos y de piernas y de pelos, Marito de abrazos incómodos y olor a hombre y a pintura. De carne dura, dura, durísima, carne oscura como sus cejas, vegetación arraigada a sus pies y trepando por las pantorrillas y los muslos y la panza y los hombros juntos.

Mario debajo de la lluvia de junio esperando que llegara, para entrar conmigo, y las gotas frías resbalando diamantinas entre su pelo y su barba, y otra vez, como siempre, los ojos que brillaban como monedas líquidas, fijándose en mí como si nada más existiera, esas pocas horas donde me volvía de nuevo un ser humano y abandonaba mi capullo oscuro y temblante en el cual la melancolía me había convertido.

¿Alguna vez les surgió la duda si una persona era real o una creación de la mente para recobrarse de la pena? Cada tanto, el velo que cubría mis ojos y mis lentes, el velo de manchas de lágrimas y deshechos terrosos, se despintaba un poco y dejaba atravesar la imagen de contorno más firme, Mario siendo  una persona y no un haz de cielo. Pero, de cualquier forma, había algo onírico en su persona- la forma en que sus pies se elevaban, por lo menos unos milímetros, del suelo cada vez que se detenía a escucharte, o el resplandor grisáceo que dejaba al pasar, como si su cuerpo exhalara hilos de plata. Algunas veces, mi pecho entero lloraba su nombre, un dolor intenso me abrumaba cuando llegaba y quería llorar, porque sabía que lo amaba, o no, no lo amaba, tan solo sentía mi cuerpo entero cambiar de forma cuando la mueca de sus labios se transformaba en la sonrisa de aprobación y de complicidad que me impulsaba a tocar el borde de la felicidad. Y, cuando descendían mis dedos de aquel altar de alegría intensa, estaban pegoteados de brillantina, que me pasaba por las cejas y por los labios para pintarme de una sensación que no creía capaz de repetir yo sola.

Marito virginal, Marito poblado de bichos de colores remontando por cada uno de sus codos, entreverándose en la cabellera de hombre, pintando la aurora de caramelos diminutos y rojos, amarillos, azules, violetas, verdes, blancos. Y él, en su paz, levantado los ojos, ay, Marito virginal, levantando los ojos en sonrisa traviesa y dejándose tragar en la luz de un sol que era solo suyo, Marito mágico mariposa de alma eterna, Marito de amor pleno y sincero, de caricia abrasadora, boca muda para las cosas del infierno personal. Marito en la cumbre de todas las montañas, todos los pájaros de colores durmiendo en sus hombros, Marito quieto, Marito vivo, y los dedos móviles en mi mejilla, quemando mis lágrimas hasta convertirlas en miel, solo él, Marito, convierte mis lágrimas en azúcar.

Desde cuya boca no saldrá nunca un te quiero, cuyos besos solo serán en la frente, cuyo amor será siempre de otra persona, porque un corazón tan fuerte solo puede abrazar otro de la misma firmeza, así se aleja, lento, criador innato de todos los colores, la virilidad suave, se aleja, y está siempre a mi lado; Marito, si supieras como todos tus vasallos suspiramos cada vez que levantás la vista, porque son tus ojos los faroles más luminosos de todo Montevideo, sos vos el poblador de la tierra de nadie. Se aleja, Marito, mientras me toma de la mano, se aleja y me quiere pero no del todo y eso está bien, porque un amor como el suyo es eterno y mi alma caduca rápido.

Lentamente, otra vez, se anuda a mi cintura la mano gruesa de la tristeza, me toma y me arrastra hacia los recovecos mismos de la muerte, me mete en la boca a la fuerza una cucharada amarga, me pinta cuervos en la frente, me marca, me quema las piernas, soy de su propiedad, para siempre, aunque lo tape, aunque disfrace por siempre la verdad, estoy marcada, como una vaca antigua, estoy marcada por la tristeza, que es roja, roja, roja, roja, tiene ojos rojos y dientes largos, con su palo extenso revuelve mis tripas, para que la comida nunca más entre, mi cuerpo será eternamente chico, eternamente débil.