Que suplicio es la existencia –pensaba- mientras confrontaba el destino de levantarme una vez más en un cuarto oscuro, de un pueblo oscuro, para ir a trabajar.  El paisaje afuera era, por mas oscuridad que hubiera, blanco.

Fui agarrando todas las ropas que pude, sin molestarme en combinarlas y mientras me ponía el tercer par de medias maldije para adentro y para afuera por la mañana y el frio y el no tener tiempo ni para un café.

Mientras caminaba apurada, iba dejando el mal humor atrás y me llenaba de preocupaciones. Como si llegaría en hora para el ómnibus que me dejaba justo a tiempo para caminar de la otra parada al trabajo con un poco menos de estrés. Había medido una vez más muy mal el tiempo, que en mi caso significaba llegar muy temprano. Me senté en la parada y pensé en el cafecito que me podría haber tomado de solo ser menos ansiosa o en lo ridícula que quedaba con esas medias rojas que no usaba desde tercero de liceo. Me salí un instante de mis pensamientos y mire para arriba. Me encontré con las caras de nada de unas 6 personas que se veían un poco mas apropiadas para la ocasión de esperar el ómnibus que yo. Sentí una enorme vergüenza por mis medias rojas y las lagañas en la cara y deseé como siempre no haber dormido esos 5 minutos mas. Todos esperaban sin apuro ni malestar sabiendo que a las 6:43 en punto, el ómnibus iba a doblar en la esquina y parar sin que nadie lo llamara. Había en sus caras signos de casi aburrimiento. Más que un malestar con la existencia se respiraba una gran indiferencia.

El mal humor y la ansiedad ya habían escapado de mi cuerpo y decidí, después de un largo titubeo, ir rápidamente a comprar una taza de café en esos 3 minutos que quedaban antes de que el 169 amarillo llegara contrastando con el blanco y las caras de nada.

Caminé a un ritmo normal casi jugando con el destino y el paso del tiempo. En el medio de ese acto tan riesgoso vi un ómnibus doblar la esquina y me preparé para arrepentirme y correr atrás del 169 amarrillo. Resultó que este ómnibus no era amarillo y tampoco era el 169. Era gris plateado y decía bien grande y en mayúscula OSLO. Mire para todos lados buscando a esos afortunados que en vez de ir a la aburrida Dalby irían a Noruega pero no vi a nadie ni con bolsos ni con caras de viaje largo. Enlentecí aún más el paso y presencié como el ómnibus color plata paraba casi a mis pies y pensé, como es claro, que todo esto era una señal. El cosmos se había ordenado y me mandaba directamente a mi un viaje a Oslo. Me vi a mi misma sentada en la explanada de la Ópera o mirando las obras de Munch y supe instantáneamente que a nadie le importarían mis medias rojas hasta la rodilla en la capital noruega. Me subí como si fuera el 169 y me senté al fondo contra la ventana. Mientras el ómnibus partía y la posibilidad de bajarme se escapaba como arena entre los dedos vi a los cara de nada subirse como maquinitas al ómnibus amarillo y pensé: que suplicio es la existencia! (para algunos).