¿Cuántas veces escuchamos: “qué egoísta”, “qué desagradecido”, o “un cobarde”, en relación a un suicida o alguien que se suicidó?

Sí, porque antes de continuar hay que diferenciar, no son lo mismo. Mientras que el primero carga con esa cruz (el suicidio) durante toda su vida -por más que puede que nunca la efectivice-, alguien que se suicidó no es necesariamente un suicida, sino una persona que las condiciones materiales, los fracasos, o quizás hasta la restitución de su honor (el harakiri en los samuráis, el suicidio de los nobles en Roma) lo llevaron a cometer el acto de quitarse la vida.

Sin embargo, lo que sí está claro, es que esas expresiones, antes mencionadas, que a veces escuchamos respecto al suicidio están cargadas de una energía negativa y de una culpabilidad innecesarias. ¿Será una herencia de la cultura judeocristiana (el suicidio como sacramento), el enojo por la partida del ser querido o el reflejo del miedo propio a la muerte? No lo sabemos, seguramente sea un poco de todos y, por qué no, de otras fibras íntimas que intervienen a la hora de hacer el juicio. No obstante, a este juicio le faltan muchas patas para ser, lo que llamamos comúnmente, un juicio “justo”.

Ya cantaba el suicida (sí, su muerte, aunque por alcohol, es un claro ejemplo de un suicidio a largo plazo) Eduardo Darnauchans en su canción “Ni siquiera las flores”: “No maldigas del alma que se ausenta / dejando la memoria del suicida. / ¿Quién sabe qué oleajes, qué tormentas, /lo alejaron de las playas de la vida?”. En esos versos se puede sentir – y creo que claramente- la incomprensión que siente un suicida: por un lado, no puede aguantar más la carga de la vida, pero, por el otro, está el ojo juzgador de la sociedad, que no solo no busca entender el porqué de ese sufrimiento interno (si es que tiene porqué; muchas veces no), sino que, a su vez, como planteábamos al principio, juzga el acto de intentar escapar de ese dolor, como una huida, como una cobardía; a fin de cuentas, como algo censurable, indigno, viendo siempre la problemática desde uno mismo y no desde la perspectiva del que se quita la vida.

Pero para continuar debemos ir a la raíz. Albert Camus escribe en el primer capítulo de su libro El mito de Sísifo este razonamiento: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación”. Y eso es precisamente lo que hay que sopesar cuando juzgamos un acto suicida. En el día a día, contrariamente a esto, generalmente partimos de la base axiomática de que la vida debe ser vivida, no dejamos espacio para otra interpretación, y es ahí donde surge todo el problema. Caemos en un problema muy común en los grupos humanos: extrapolar mi visión al resto de los individuos; intentar universalizar mi razón en todos, porque justamente lo que nos dice Camus es que uno al responder esa pregunta, está -por irónico que parezca- haciendo una elección racional, sopesando gastos, costos e incentivos sobre la vida. Y justamente, al ser nosotros individuos únicos -más allá de la mentira homogeneizante que nos quisieron vender los liberales- tenemos motivaciones diferentes; que pueden surgir de nuestras experiencias de vida, nuestra educación, o mismo de nuestra biología. Hay personas que tiene más inclinación a suicidarse que otras y no porque hayan tenido una vida horrible, sino por química. Sí, química. Por lo tanto, es imposible juzgarla -de forma correcta- sin tener esto en cuenta.

Antes que continuar, es preciso señalar que esto no es ni un alegato al suicidio ni un llamamiento a un seppuku colectivo, es simplemente un intento de ver la condición humana desde otra perspectiva, más allá de las barreras cotidianas del sentido común, que tan naturalizadas tenemos. Por la tanto, siguiendo este fin, considero al suicidio como un tema que debiera tratarse con menos tabú. Es muy humano negar las cosas, sin embargo, la negación no las hace desaparecer.

Un ejemplo de esto es la relación de los medios de comunicación con las noticias de este tipo. No solo intentan de cualquier modo no darlas a conocer -a menos que sea de una figura pública, aunque siempre con pinzas-, sino que, en caso de publicarlas, reciben duras críticas de los lectores. ¿La función del periodismo no es acaso informar -o intentarlo, al menos- la verdad? ¿Siendo una de las causas de muerte más importantes, no estaría bien que la gente se entere? La respuesta a estas preguntas parece obvia, sin embargo, ni el periodismo busca -en este caso- la verdad, ni le importa que la gente se entere de estas muertes. (A modo de aclaración, que quede claro que no estoy hablando del periodismo como un monstruo de tres cabezas que va bajando lineamientos en los diferentes portales, ni siquiera del cuarto poder, sino del periodismo como un reflejo más o menos veraz de la idiosincrasia y el sentido común de la gente en las noticias que comparte.)  Sea de cualquier forma, el efecto sigue siendo negativo, porque no se sabe el real alcance que tienen las muertes autoinflingidas. Puede que estas verdades generen dolor, pero es mejor ser consciente de un problema o una problemática, para poder combatirlo.

A su vez, parece de un egoísmo muy grande no dejar irse a las personas que consideran que así tiene que ser. Si uno tiene alguna propiedad en este mundo es su propio cuerpo, su propia vida; el resto, la plata, el status, los bienes, son todo convención, no son propiedades per se. Por lo tanto, si alguien quiere suicidarse -tenga causas socialmente aceptadas o no-, está en su pleno derecho. No parece ético obligar a vivir a una persona que realmente está sufriendo, que vive cada día de forma agónica. Porque a fin de cuentas es eso: obligar a vivir una persona para reproducir la mentira autocomplaciente de que el mundo es algo bello para todo el mundo, que todos somos -y podemos ser- felices. Además, como en un círculo vicioso, es esa misma presión a ser feliz la que muchas veces genera la angustia en las personas, que, de cualquier forma, buscan luego simular estarlo. Pocos de nosotros habremos visto en las redes sociales fotos con gente llorando -por no decir sin una sonrisa gigante y forzada-…

En todo caso, es un tema muy complejo. Sin embargo, lo que parece más claro es que hay que tratarlo de una forma más madura: el suicidio es algo que existe, que no se lo puede erradicar, es intrínseco a la condición humana. ¿Para bien? ¿Para mal? No lo sabemos, y tampoco es a nosotros juzgarlo. Lo que sí estaría bueno, sería asumirlo, aunque nos cause dolor. El dolor no es necesariamente malo. Ya lo decía Marx, ser consciente de la injusticia, hace a esta mucho más dolorosa, pero es justamente ese dolor el que abre una puerta al cambio. Abrámonos al cambio entonces.