Se encontró parado en medio de la avenida. Solo veía imágenes fugaces, como ráfagas, luces en movimiento, viento en dirección contraria. Sentido de otra vida. Otras historias con su particular trascendencia. Estaba inmóvil, observando como todo lo demás desaparecía en un haz de universo. Así como la vida pasa, así como espectador. Pero dio un paso en falso y tropezó con la acera.

Caía su peso hacia el pavimento. Caía la estabilidad. Las imágenes se congelaron en una sola. Sabía que iba a caer y sabía el peligro que implicaba. Parecía que el tiempo pasaba lento, como dándole la última oportunidad de disfrutar cada detalle del instante que nunca sabemos aprovechar, una última bocanada de aire antes de hundirse en lo desconocido.

Mientras caía lo veía venir. Lo veía venir a la velocidad a la que si aún lo hubiera querido, no habría podido detenerse. Lo miró a los ojos mientras estiraba sus brazos para no golpearse la cara contra el piso. Pero de qué servía si total todo su cuerpo sería arrastrado por el pavimento a merced de  esa máquina. Su cuerpo, lo único que fue realmente suyo, lo único que se le fue dado para cuidar, proteger y hacer crecer, el medio de comunicación con las cosas que lo rodeaban sería destruido, aplastado, arrastrado, destripado, arrancada cada unión que no hacía que fuera solo un saco de órganos.

Se imaginó a la gente observando la escena. A los niños viendo con cara de asco y fascinación sus tripas desplomadas en el asfalto; a las mujeres señalando y tapándose la cara; a alguno que supiera algo de medicina dudando si ayudar; a un señor quejándose del descuido de los jóvenes; a alguno lo suficientemente lúcido para llamar una ambulancia; a alguien mencionando lo efímera que es la vida. Pensó en el hombre que conducía. ¿Se iría a la fuga o bajaría del auto a contemplar su obra? ¿Lo agobiaría la culpa de un asesinato desafortunado, u olvidaría el asunto como si hubiera sido solo un inconveniente? ¿Le contaría a su familia? ¿Podría dormir esa noche?

¿Que iría a sentir su madre? ¿Quién sería el encargado, el portador de la noticia, el destinado a hablar con su familia? ¿Tan fácil era perder el control? ¿Tan fácil era perderlo todo?

Se preguntó si aquella chica lloraría.

Está pasando. Se está acercando. Veía cada vez más cerca el pavimento gris y el frente del Fiat Uno. Y lo golpeó. El ruido fue de impacto. El olor a llanta quemada. Las señoras en los balcones gritaron: ¡Oh! Llevándose las manos a la cara al unísono.

El conductor no era un hombre. Era una mujer. Encima de todo había mirado convencido, segundos antes de morir, los ojos de alguien que no supo reconocer. ¿Qué más no supo reconocer?

¿Estás bien pibe?! Dijo la señora del auto, que se había bajado abruptamente de su vehículo. Tenía de esas voces seguras, pero disfrazadas de inseguridad. ¿Sería el miedo? ¿El terror de haberlo asesinado que quebró su voz?

La estaba escuchando. La estaba escuchando y analizando el tono de su voz. ¿Cómo era posible? ¿Estaba vivo? ¿Donde habían quedado sus tripas? ¿Su bazo sangrando más que ningún otro órgano? ¿Su cerebro aplastado? ¿Que había sido de los músculos de su muslo? Todo parecía estar extrañamente en su lugar.

¿Qué hacías? ¡Te saliste de la nada! Tenés que tener cuidado. ¡Casi me mato del susto!

Y él la miraba. Había esperado el llanto, la desesperación. Y se encontró con la decepción de otra mujer en su vida.

Pa, la verdad, no sé qué me pasó. Contestó agarrándose la cabeza como un boludo. – Disculpame, creo que estoy bárbaro igual eh.

Te arrimo a la emergencia. Me parece que te raspaste los muslos. Dijo ella sonrojándose un poco y haciéndose la que miraba para otro lado.

Se miró y tenía toda la cola sangrando. Se había caído de culo. Toda esa grasa servía para algo después de todo.

Pa te agradezco. Contestó al final, dándose cuenta que era su mejor opción.

El camino al hospital fue incómodo. Él mirando por la ventana sin entender cómo había podido ver tan de cerca a lo finito para después levantarse del piso como si no hubiera sucedido nada.

Vos sabés que justo venía doblando y no te vi. Mirá que por suerte venía lento… Ella hablaba intentando justificarse. También estaba un poco en shock.

Él no la escuchaba, seguía mirando los autos estacionados que iban pasando uno atrás del otro mientras el propio avanzaba. Pensó en toda la gente que estaba yendo a hacer su rutina en ese momento. Y él, teniendo una experiencia casi iluminadora, sin poder compartirla. ¿Como irían a entender?

… Si no, esto terminaba en desgracia te digo. No te pregunté, ¿cómo te llamás?

Eh, Gabriel. Contestó medio como reflejo.

No podía dejar de pensar en los ojos de espanto que había visto en una cara que había identificado con clareza como masculina. Él había entendido haber visto el horror. Estaba seguro. 

Bueno Gabriel, yo soy Estela. Está todo bien eh. Quedate tranquilo. Estás como sudado, ¿te sentís bien?

La puta madre. Debería sentirse feliz. Había sobrevivido. Pero lo único que sentía era decepción. ¿Acaso había deseado la muerte?

Bueno, te dejo acá. Yo sigo que tengo que laburar todavía a  todo esto. Te dejé mi teléfono anotado, llamame cualquier cosa. ¿Tenés alguien que te pueda pasar a buscar?

Sisi, gracias. Las pelotas tenía quien lo pasara a buscar. Y ella lo miraba como diciendo “pobre pibe, no entiende nada”.

Gabriel entró a la emergencia, y como entró, salió al minuto. Se prendió un pucho en la entrada de las ambulancias y miro para arriba. ‘Casi te saco la ficha eh’ dijo para sí mismo señalando con la mano como si le estuviera hablando a alguien en el cielo. Lo apagó en el piso y empezó a caminar.