Las generaciones del cambio de siglo hemos crecido en un mundo donde, a gran escala –es decir, en Occidente–, uno puede decir lo que piensa. No es necesario haber nacido en un contexto donde no estaba permitido hacerlo para entender qué se siente, y por qué hubo gente que luchó por eso. Que luchó por la libertad, sin ir más lejos. ¿Pero qué pasa cuando esa “libertad”, no sólo se “consigue”, sino que se hace norma? ¿Qué pasa cuando la excepción pasa a ser la regla, cuando esa expresión por la que tanto se luchó se transforma en un valor intransigente, pasando a cumplir el mismo rol que cumplía el estado de cosas que tanto se procuró cambiar? Naturalmente, eso a lo que se llamaba libertad, deja de serlo.

La libertad se degenera en una hegemonía –en el sentido gramsciano– de lo «políticamente correcto». Esa hegemonía se teorizó, se realizó y se sobrepuso ante otras formas político-culturales, cooptando el sistema necesario para su reproducción –es decir, se hizo «hegemonía». Pues hegemonía es, como dice Pablo Iglesias, “el poder adicional del que goza el grupo dominante para hacer coincidir sus intereses con el interés general”. Más aún, podríamos pensarlo en términos de la teoría económica de la acción política: ese poder adicional le permite al grupo dominante, en un contexto donde los políticos pretenden como fin último la obtención de cargos (ergo, votos) sin poseer la información perfecta de qué es lo que la gente desea, generar demandas de intereses (artificiales o legítimas, no lo sabemos) en los votantes, que le permitan predecir su voluntad y asegurarse su voto. Sea como sea, lo que una vez operó como una libertad militante fue canalizada por grupos de poder, se institucionalizó y se hegemonizó.

Tal es la fuerza de eso a lo que pasaré a llamar «libertad hegemónica», que todo lo que vaya en su contra es visto como un ataque a la idea abstracta de libertad –política, de expresión, hasta sexual–, descartando y desestimando no sólo los argumentos sino a quien los expone. De nuevo: la hegemonía coopta los canales de su propia reproducción, y es defendida y celebrada como propia cuando es en realidad ajena, privada, concedida; es defendida y celebrada como algo que se posee y no que nos posee; como símbolo de civilización y no de barbarie. Pienso en aquella célebre frase de Walter Benjamin, que nos recordaba que “no existe un solo documento sobre la civilización que no sea al mismo tiempo un documento sobre la barbarie”.

Así la sociedad se acostumbró a varias expresiones de esta libertad hegemónica, cuya propia lógica le impide a cualquiera cuestionarlas o deconstruirlas, reduciéndolas a simples expresiones de “libertad”. Con el riesgo (ilógico y por demás paradójico, pero real) de ir en contra de lo políticamente correcto (y de ser tergiverzado de ir contra la cosa en sí), cabe introducir el ejemplo de la “Diversidad”. Una expresión de la cual las masas se apropiaron, pero que resultó en una mercantilización de la causa y en su reducción a aspectos concretos que la constituían en forma de consignas panfletarias y parafernalia colorida. Se celebra la “Diversidad” como si ya se hubieran superado la transfobia y la homofobia, la violencia doméstica, la cosificación de la mujer o la estigmatización de la sexualidad. Pero en todo caso, este no es el punto.

Hago un paréntesis: no debería ser necesario aclarar que cuestionar las cosas no significa ir en contra de la cosa. Las cosas son dialécticas y contingentes: todo lo que es, es también todo lo que fue y le falta ser. No es acto si no es potencia. Por lo que decir una cosa no implica negar el resto. Podría entonces decir que el matrimonio igualitario es una concesión que pretende conformar un inquietismo que parece contentarse con ser parte de la institucionalidad que tanto se esmeró en enfrentar o, como dice Paulo Ravecca, es una forma de normalizar lo gay y aplazar el conflicto, deslegitimando los modos de vida alternativos al matrimonio, universalizando discursivamente una imposición como si fuera una conquista, cuyo fin último es la negación del conflicto a partir de no verlo como tal; pero decir eso no significa negar que es un paso pequeño en un camino largo que admite la causa de ese inquietismo y lo legitima como tal, pone el tema sobre la mesa, lo discute y lo hace real. El mismo razonamiento podría hacerse con la regulación de la marihuana (de su consumo, de su producción, ya nadie sabe con precisión por ser tanto el mareo) o con la despenalización del aborto: ¿son conquistas? ¿conquistas de quién? ¿por qué debemos tildar de conservadores a quienes los critican? Es esa suerte de libertad hegemónica que nos lleva a pensar, por ejemplo, que los únicos con el derecho a “cacerolear” son los desposeídos, y quienes no lo son han renunciado a ese derecho cuando compraron su propiedad en Carrasco. Por decir algo. Hemos perdido nuestro sentido de auto-crítica, aferrándonos a lo que tenemos como máximas, sin darnos la posibilidad, siquiera, de generarnos nuevas armas conceptuales que nos permitan enfrentar, ante todo, la complejidad de un mundo que cada día nos esmeramos por simplificar. Y es eso, la simplificación, la principal herramienta con la que se hace la hegemonía para mantenernos al margen, aún creyendo que estamos dentro, que somos parte.

En efecto, el punto está en la capacidad de cuestionar este tipo de pautas como colectivo, sin que existan actores intransigentes que confundan las luchas de ayer con los resultados de hoy, que los vean como una misma cosa y sientan que fueron sus gestores, y que para defenderlos reproduzcan un discurso que les es ajeno y del que son, más que nada, víctimas. Y no próceres.