Escribir es más difícil de lo que parece. No solo porque uno intente constantemente no repetirse, seguir reglas establecidas en no sé qué siglo por no sé qué griego pederasta, aparte de todos esos detallecitos que algún profesor de literatura nos recomendó no dejar, como palabras terminadas en “mente”, o adjetivos- menos es más y la chotada; sino además porque el acto de escribir suele ser de un nivel tan intestinal que sacarlo muchas veces duele. Me ha pasado más de una vez de largarme a llorar a cántaros en el medio de una frase, o alienarme por completo con la palabra y no darme cuenta de qué es lo que está saliendo de mis dedos hasta volver a leer la hoja.

Y después viene mostrar lo que escribís. Es mucho peor. Es presentarte vulnerable ante un público que, la mitad de las veces, no te toma demasiado en serio. Es, capaz, ser la persona más graciosa y más simpática y más segura y de repente derrumbarte en la confesión. La literatura es clínica, y la clínica duele.

No sé qué es lo que pasa en los demás autodenominados escritores o poetas al momento de escribir, pero, en mí caso particular, es la columna vertebral de todo lo que soy. La literatura es todo lo que soy. Desde mi nacimiento me la reventaron contra la cabeza y me fui construyendo alrededor de las novelas que leía. La poesía llegó más tarde, cuando el corazón se me partió, y me encontré delirando con Marosa y cortándome las venas al son de la voz de Sylvia Plath.

Todo esto ya está pasado de moda, no somos tantos los que sentimos visceralmente el reflujo artístico de la palabra por la palabra, de la frase armada hasta que duela, el sumergimiento total en el silencio de un párrafo bien escrito. Es muy difícil concentrarse, hay muchas cosas por todos lados, muchas fuerzas que te tironean, trenes que te revientan contra el rostro todos al mismo tiempo.

Bob Dylan es un genio, no hay duda, y a través de lo que hace podemos aproximarnos a la poesía  caminando por la calle, por ejemplo, como puede pasar también con el Darno o el cantautor que se prefiera. Son juglares, bardos que te cuentan historias maravillosas al son de la guitarra. Es literatura oral. Es la manifestación actual de ese verso que escuchamos tantas veces de “oralidad y escritura” y de los pueblos y la hostia. Me pasa de escucharlo y sentir como se me revuelve la panza- prometo dejar las analogías estomacales después de esto- porque es poesía.

La música y la literatura siempre estuvieron entrelazadas. No suscribo a esa idea de que ahora que le dieron el Nobel a Dylan, no va a haber ya límites para determinar que es literatura y que merece y que no. La poesía y la música fueron uno desde el comienzo, llevó mucho tiempo separar las dos disciplinas, y ni siquiera hoy en día están tan distanciadas; si se lee un poema, va a tener una rítmica musical, o, al menos, una rítmica. No hay que irse tan lejos para ver casos donde se tomaron de la mano, por ejemplo, con Ginsberg, con los beat en general, que siguieron el ritmo del jazz bebop para escribir, o como siempre fue casi imposible musicalizar la poesía de Rubén Darío porque hay dentro una musicalidad propia e inseparable.

Pero quiero volver a cómo la literatura ya pasó de moda, y cómo somos muy pocos los que la sentimos visceralmente. La literatura no tiene la fuerza que tuvo antes. No hay representantes fuertes hoy en día como hubo en el pasado. Es decir, sí, los hay, pero los conocemos nosotros, los que leemos. No hay grandes figuras de la literatura contemporánea- a menos que quieran mencionar a Stephen King y antes me pego un tiro en la concha. Al no haber grandes figuras de la literatura (escrita),  el Nobel de la Literatura…no rinde. Pasa al olvido. Alice Munro…¿alguien la leyó de verdad? Es decir, hizo un pequeño boom cuando salió, pero ahora, ya quedó un poco descartada. Y no porque no sea buena, sino porque a nadie le importa. No pasa más lo que pasó con García Márquez. La literatura no importa en el discurso moderno, y tenemos que vivir con eso. Pero la Academia Sueca es una institución, y necesita publicidad, y bueno, Bob Dylan es uno de los músicos más famosos del siglo XX. Es prender una fogata gigantesca debajo de la Torre Eiffel. Todo el mundo se va a enterar.

Yo que sé, sí, está todo eso de que le estaría sacando el lugar a otro escritor contemporáneo, pero siempre estamos ocupando el lugar que otra persona podría ocupar, siempre hay alguien que se merece más lo que a nosotros nos dieron. Bob Dylan es un tipo talentoso, es un poeta, también.

Pero no hay que olvidar que al momento de darle un premio a un músico, hay una afirmación implícita. No todos tenemos tan asimilado el hecho de que la música y la literatura son compinches íntimos, para empezar- y, siendo sincera, en mi lado irracional no estoy del todo contenta de que fuera él quien ganara- y el Nobel de la Literatura, en realidad, no está enfocado a la música. Entonces, muchas veces, lo que se escucha de fondo cuando el Nobel de la Literatura es dado aun músico, es…bueno, si querés escribir, aprendé a tocar la guitarra.

Porque ahí es donde entra lo que me golpea cerca de casa y lo que genera todos mis sentimientos irracionales e infantiles. Yo no hago música. Muchos escritores hacen música, pero muchos otros no. Mi arte, y yo me siento una artista, aunque sea una mediocre, es la literatura, la literatura de palabra-hoja, de sangrar las manos en silencio. Y estoy completamente convencida de que Dylan es un poeta, y que la música y la poesía por mucho tiempo fueron la misma disciplina, o por lo menos estuvieron completamente engarzadas. Pero lo que hay detrás de darle a un músico el Premio Nobel de la Literatura, es, en cierta medida, afirmar el miedo de que con la letra sola ya no da. De que no se le puede dar atención suficiente.

La literatura no va a morir nunca. Los que van a morir son los que escriben. En silencio y en el olvido.

Por otra parte, el comentario de que la Academia es una mierda y que en realidad no importa me parece una estupidez. Por más que estés en contra de la Academia, la Academia existe e importa. No hay con qué darle. Estamos todos hablando de esto, y por algo es.

Sinceramente, no tengo una opinión clara al respecto. Por un lado, me parece muy bien, es reconocimiento a la obra de uno de los cantautores más geniales, al papel del bardo en la cultura; por otro lado, lo veo como un marketing stunt para que se le preste más atención a los Premios Nobel y a la Academia; y después, por algún motivo, algo en el pecho me dice que no está del todo bien, y esa es la parte más dolorosa e indescriptible.

Pero bueno, contradictoria como soy, sonrío y sigo escribiendo.