*Los comentarios e ideas reflejadas en esta columna que hablan de situaciones del presente son tomando como referencia principal a la sociedad uruguaya, si bien podrían generalizarse a otras sociedades occidentales no es mi intención volcarme mucho a hablar de cosas que desconozco*

No solo la India tiene vacas sagradas. Más allá o más acá toda sociedad tiene las suyas: temas que por tradición y/o sensibilidad no se tocan mucho, no se cuestionan seguido, no se analizan en profundidad.
A veces amparadas en una subjetividad intocable, como en el caso de las creencias metafísicas personales, o por el contrario blindadas por una construcción social impenetrable, la concepción de familia o algunos juicios morales sobre ciertos tópicos son ejemplos de estos casos.

No me refiero de ninguna manera a respuestas que hoy se dan por sentadas luego de años de cuestionamiento. Por el contrario apunto a aquellas verdades aprendidas de memoria, que cuesta una enormidad cambiar, y que en el fondo el argumento que las sostiene es que siempre fue así (a veces disfrazado de una falsa naturalidad) o que cambiarlas se asemejaría a una odisea. Dentro de las mencionadas esta columna de opinión apunta a una en especial de la sociedad en la que vivo: la monogamia y la fidelidad como la única forma “seria” y “verdadera” de amar a alguien.

Antes que nada es importante destacar que los celos es una reacción, según muchos estudios sobre el tema natural, al sentirse amenazado de perder algo que uno considera propio. Sin embargo, el considerar a la pareja como algo propio no es algo tan fácil de catalogar como natural o biológico. Nuestros parientes más cercanos genéticamente hablando son en su mayoría no posesivos con quienes se aparean y algunos tienen la práctica del sexo grupal como un hábito incorporado. Parecería más razonable pensar en una compleja construcción social si uno busca una explicación.

“No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo” reza el Éxodo [20,17].

El cristianismo, religión dominante (en todas sus variaciones) en occidente siempre ha defendido a la monogamia a partir de este mandamiento y variaciones parecidas, actualizadas adaptándose a la sensibilidad de la época. Ubicando las raíces de las costumbres a las que llevó la implementación de la monogamia en la creencia de una relación directa de la sexualidad no solo con el amor, con el que no siempre tiene que ver, si no también con el “honor” y la imagen que tenía un individuo, en un principio el castigo recaía solo en la mujer, para la sociedad de la que era parte.
Si bien estas ideas y el apego a los mandamientos morales derivados de la religión se han ido modificando, no dejan de ser la base de un modelo moral sobre el que se han hecho cambios con el correr del tiempo, a veces más profundos a veces menos, hasta llegar a hoy y que nos afecta directamente.
Combinando esto con una censura repetida de analizar el origen y la naturaleza de los sentimientos de un colectivo (cuántas veces escuchamos que NADA de lo que se siente se puede someter a un análisis racional) lo que nos queda es una herencia innegable sobre nuestra visión del tema. Sumemos esto a un sistema socioecónomico en el que nuestras posesiones y nuestra capacidad competitiva generan reconocimiento y a la manera en la que somos educados y se obtiene una visión alternativa a la idea de que el origen de ver a la pareja como algo propio es algo natural.

Partiendo de la idea de que amar y desear son cosas diferentes, pudiendo una venir acompañada de la otra y no teniendo porqué restringirse ninguna a una sola persona, parecería más sincero asumir que hay maneras alternativas de llevar estos sentimientos de manera tan o más genuinas y tan o más serias que las que aprobamos como sociedad.

No salí a hacer una encuesta del tema pero preguntas como “¿usted mantendría y permitiría mantener relaciones paralelas a su matrimonio si existe un consentimiento mutuo y un compromiso de responsabilidad en el cuidado de la salud por parte de ambos?” No creo que tengan muchos sí como respuesta.
Las réplicas principales me arriesgo a pensar serían de relacionar la idea de un amor formalizado y reconocido con el hecho de ser fiel (“¿si quiere eso para que se casa?”), hablarían del golpe que significaría a la autoestima (“¿no le soy suficiente?”) y no dejarían escapar, si vamos un poco más a fondo, el argumento de que esa idea es un “mamarracho” o “cualquier cosa”, por la simple razón de que choca con la manera en la que siempre se vieron las cosas (adornada a veces bajo una dosis de moralina).

Quizás me falte y nos falte mucho para poder acompasar estas ideas con lo que sentimos, sin embargo eso no nos debería impedir analizar la naturaleza y origen de nuestros sentimientos. Por otra parte es difícil negar que el modo tradicional de ver el tema tiene su lado egoísta, enfermizo, cosificante y contradictorio. Estaría bueno empezar a conversarlo, a mirarnos y cuestionarnos dentro de lo que se puede cuestionar qué y cómo se siente, de última no se pierde nada.

“Qué vanidad imaginar que puedo darte todo”.