Caminar por Montevideo siempre fue un paseo. No importaba si fuera ir al liceo todas las mañanas o a almorzar a lo de mi abuela. Me encantaba la vida que había en la calle, los árboles, la luz de la mañana. Siempre sentí algo mágico y poderoso al volver por el medio del cantero por Av. Brasil después de tomar una cerveza con amigos. Ahí en el medio de la calle, con las luces apuntándome, me sentía segura y libre.

Hasta que un día el verano pasado, después de vivir un año en Suecia, salí a la calle con una remerita blanca y sin soutien. ¿Por qué? Porque me siento bien y cómoda en esa ropa. ¿Tengo realmente que justificarlo? Salí entusiasmada de poder caminar de Pocitos al Parque Rodo por esas calles que tanto extrañaba. Pero esta vez mas que un paseo, el recorrido se sintió eterno e incómodo. No sé cuántas cuadras caminé, ni cuántos hombres me miraron pero sentí como nunca todas las miradas puestas en mi. Sentí como desde los porteros hasta pibes con sus novias o hijos me miraban de arriba abajo y después directo a la cara como indicando su derecho a observarme. Miradas fijas y desagradables, indisimuladas. Uno a uno pasaban, sin distinción de ningún tipo uno a uno me miraba y escaneaba. Me sentí culpable como si yo hubiera hecho algo para que todos me observaran descaradamente. Sentí un asco profundo por toda la situación y me tapaba con los brazos y una camisa que finalmente me puse por arriba a pesar del calor. Me sentí vulnerada y más que nada tonta. Todos estos años sin percibir esas miradas. Claro que había sido consciente del hombre que me corrió un sábado de mañana mientras iba a un examen de inglés, de gritos o susurros al oído o en quienes me agarraron el brazo con fuerza. Durante mucho tiempo me hacía la que no escuchaba porque sentía que ellos buscaban mi reacción histérica. Pero jamás había percibido las miradas, sutiles, de la peor violencia. Violencia transparente que reflejaba problemas profundos, subyacentes y sin embargo tan presentes en cada una de esas mirada impunes.

Esa tarde de verano me quitaron lo que más me gusta. Me quitaron mi Montevideo y mi recuerdo (probablemente romantizado) de mis pies en la vereda gris un sábado a la noche.

Capaz que escribo esto por el simple hecho de sangrarlo. Capaz que lo escribo para que todas estemos atentas a las miradas. Para que miremos que hay algo pasando. Para que nos enojemos un poco y capaz un poco tanto que las cosas empiecen a cambiar. Quiero creer que existe en algún espacio-tiempo el Montevideo de las calles arboladas donde camino libre, feliz y empoderada.