El crujido del lecho de hojas y alguna ramita que se quebraba la delataban, su paso firme por el claro resonaba en todos los rincones del bosque. La Dama de la noche iba descalza, el traslúcido vestido blanco ondeando en el viento, los senos erectos por el frío. Vio el rocío correr por los pétalos de las azucenas y se rio con picardía a causa de un recuerdo atesorado que surgió en su mente por un mero segundo.

Alcanzó el límite del bosque y subió por la colina a saltitos, como si flotara justo por encima de los dientes de león y los tréboles. Llegó a la cima y se puso de rodillas frente a la luna llenísima, redonda como un queso o un plato o una torta. Los rizos de fuego bailaban en el viento de aquella cúspide y esa luz tan blanca la iluminaba por completo, su piel parecía de plata, su cuerpo entero revelado a la noche. Se quedó así por un minuto. O una hora. Después, se levantó. Giró sobre sí misma dos o tres veces solo para ver el torbellino que hacía el harapo en el aire. Sintió cada ápice de su ser impregnado de la energía y la magia de la naturaleza y bailó con gracia inefable, los delicados brazos cediendo a la voluntad del viento igual que lo hacían las hojas a su alrededor. Un montón de luciérnagas se le posaron en el cabello y dos o tres rezagadas en el vestido. De detrás de un roble la espiaba un zorrito.

Y así acompañada bailó esa danza hasta el alba. Ella, a la que en los prados más allá del bosque le decían la Bruja y era como una diosa, una humana tocada por las hadas, una Virgen del bosque, la Dama de la noche.

Bajó la colina de puntillas y volvió a internarse sigilosamente en la penumbra del bosque. Una liebre y un duende, los únicos testigos. Al llegar a la entrada de la cueva se despojó del vestido, que quedó colgando de una rama cercana. Con un halo de mariposas sobre la coronilla entró a esa guarida donde la esperaba su lobo, aquel que tenía los ojos del que una vez fue un mozo que la sacó a bailar en la fiesta de la cosecha.