El lunes pasado (casualmente un día antes de que Trump se consagrara Presidente de los Estados Unidos), Edgardo Novick celebraba la asamblea fundacional de su “Partido de la Gente”. “Es un partido que se ubica en el centro de la política de nuestro país”, proclamaba en lo que pareció un deliberado discurso teñido de espontaneidad en la puerta de la Corte electoral. “Porque si querer mejorar la educación o la igualdad de oportunidades para todos los niños es ser de izquierda”, prosiguió, “entonces somos de izquierda (…) Si querer combatir la delincuencia y el narcotráfico es ser de derecha, entonces somos de derecha”. Así comenzó el fascismo. Así se fundó el populismo. Decía Perón que la política es como el boxeo: se amaga con la zurda pero se pega con la diestra. Pero por algún motivo, se cree – o se quiere hacer creer – que esto es una cosa distinta. Inocente, inocua, acaso.

Es necesario aclarar que nada de lo planteado en esta columna es novedoso. Todo forma parte de lo que ya muchos creemos y hemos podido visualizar en los últimos meses y desde que este personaje figura en la vida política local.

Primero que nada, el dilema del centro. En ciencia política existe lo que se llama modelos espaciales de distribución electoral y la teoría del votante mediano. A grosso modo, si situáramos a todo el electorado en el eje ideológico del 0 al 10, donde 0 es izquierda y 10 es derecha, esta teoría afirma que la mediana, es decir, la mitad de la distribución, se alcanza en el 5, por lo que el electorado sigue una distribución Normal (con forma de campana de Gauss). Ahora bien, según los preceptos en los que se basa esta teoría, los partidos son maximizadores racionales de votos, por lo que tenderían a colocarse en aquella posición ideológica más eficiente para captarlos. Sería entendible que un partido que desea ganar, se sitúe en el centro de la distribución.

De este modo se deduce que los votantes deciden su voto en función de las distancias mínimas relativas entre su posicionamiento ideológico y el del partido más cercano. Por ejemplo, si el partido A está en el 4,6, el partido B está en el 7,9, y yo estoy en el 3,2, mi preferencia sería votar por el partido A.

Pero cabe preguntarse: ¿son realmente los partidos maximizadores de votos de un modo casi estúpido, por así decirlo? ¿Pueden moverse a su antojo por el eje izquierda-derecha en busca de votos? Pues no. Los partidos son ante todo etiquetas estables que generan identidades a largo plazo, por lo que no sólo no sería útil moverse indiscriminadamente en el espectro ideológico, sino que no les es posible. Más aún, los partidos no necesariamente se sitúan en busca del centro. Veamos el caso de Uruguay:

modelo espacial uruguay.png                   Fuente: Moraes y Luján (2016: 81)

Como puede verse, el electorado está básicamente concentrado en el centro, pero este está vacío en cuanto a oferta. Ningún partido captaría en forma directa al votante mediano. El partido que más cerca está del centro, y que debería por tanto capitalizarlo – dada las distancias mínimas relativas – nunca sobrepasó el 3% de los votos; es el caso del Partido Independiente (PI). Entonces, ¿qué hace pensar a Novick que situarse en el centro es una estrategia eficiente? ¿La gente realmente vota según su ubicación ideológica? ¿O existe otro factor o serie de factores que tienen una mayor fuerza al momento de definir el voto, como la identificación partidaria – asociada a los partidos con mayor trayectoria -, el nivel educativo, el socioeconómico, por nombrar algunos? ¿Es el voto un derivado directo de la autoidentificación ideológica del individuo?

El voto es un fenómeno multicausal, cuyos factores no son independientes sino que es necesario seguir una línea de antecedentes que lo explican (ver Tabla 1). La ideología es, junto a la pertenencia partidaria, uno de los últimos eslabones de la cadena causal, y efectivamente es aquel que da la sensación de ser explicativo, ya que se construye con ese fin: son estructuras mentales que sirven al individuo para procesar información y discernir entre distintas visiones normativas que los partidos pueden llegar a adoptar, en un contexto de información imperfecta y acceso de alto costo, de modo que no es posible conocer todas las visiones posibles y los valores que cada una conlleva (Downs, 1957). Las adjudicaciones ideológicas brindan al individuo cierta previsibilidad de las posiciones que los partidos pueden llegar a adoptar respecto a problemas concretos. Pero estos factores no son dados de forma exógena: son el producto de una estructuración causal compleja, de factores socioeconómicos, valores prepolíticos y pautas de socialización que interactúan de cierta forma  (ver Gráfico 1) y que definen los valores políticos. Por lo tanto, estos no son ni unidimensionales ni uniformes, y es difícil interpretarlos (o canalizarlos) directamente. Más aún cuando se trata del centro, que es el lugar donde estos factores calan de forma asimétrica y variada, y los que definen a la derecha se cruzan con los que definen a la izquierda.

factoresvoto                                 Fuente: Anduiza y Bosch (2004: 43)

valorespoliticos     Fuente: Elaboración propia en base a Anduiza y Bosch (2004)

En segundo lugar, la separación con la idea de “político” y la reivindicación de la imagen del “empresario”. Puede verse no solo en su discurso, sino expresamente manifiesto en medios de prensa escrita. Se exporta del impacto que tuvo en Argentina esa lógica, asumiendo que en nuestro país existe un rechazo a la figura del político profesional, de clase, y una aceptación a la imagen del empresario. Es interesante, ya que la figura que se utiliza desde toda la oposición para ir en contra de la clase política es la de Bonomi. Pero yo me pregunto, ¿es Bonomi la encarnación de la idea del político corrupto que se quiere combatir? No sólo no lo es, sino que en este país no existe. Como no existe el culto al empresario, por más del auto-bombo del esfuerzo, la humildad y el “salir de abajo”. Como si el “abajo” fuera un lugar del que es necesario escapar. Acaso, de existir tales concepciones, una no sería significativamente mayor que la otra, o serían lo mismo. Es decir, aquellos que repudian la imagen del político no necesariamente aceptan la del empresario, y viceversa. Entonces, ¿qué tan eficiente es desmarcarse de la idea del político?

Tercero, en la misma línea: el nombre del partido. Se pretende adoptar un término neutro como el de “gente” para evitar conceptos cargados de ideología como “popular” o “revolucionario”. Pero por intentar serlo todo, no serán nada. El nombre de los partidos no debe ser algo aleatorio y circunstancial, ya que es una parte importante del paquete identitario que conforma. Un nombre que es más bien un eslogan da una pauta muy clara de la dinámica panfletaria del movimiento. En todo caso, ¿cuál es su concepto de “gente”? El lunes pasado se nos mostró a un grupo aparentemente grande marcando su presencia en la Ciudad Vieja; pero un observador cuidadoso se habría dado cuenta no sólo de lo limitado del grupo (véase Imagen 1), sino de la uniformidad de los componentes del mismo: mayoritariamente gente mayor, con rasgos comunes a cierta posición social, rodeados por servicio de seguridad. Sin ahondar en este punto, para no herir sensibilidades, queda planteada la necesidad de interpelar el concepto de “la gente” y desnudar un sentido populista que se esconde en la apolítica disfrazada de gestión.

novick                      Imagen 1.

En síntesis, ¿es eficiente la nueva maniobra política de Novick? ¿Es posible quebrar la partidocracia arraigada de nuestro país con la aparición casi repentina de un nuevo sector? ¿Polariza al sistema? ¿Lo tira al centro? ¿Lo afecta en lo más mínimo? ¿Puede trasladarse un apoyo relativamente aceptable a nivel departamental a un apoyo concomitante a nivel nacional? ¿Alcanza con hacer una gira durante algunos meses en centros comunales con empresarios? Por otro lado, ¿forma parte Novick del centro ideológico? ¿Lo canaliza y traduce correctamente? ¿Es realmente un posicionamiento ideológico el colocarse en el “centro”? Igual que la afirmación de “no tengo ideología” no hace más que esconder la más conservadora de las ideologías, querer colocarse en el centro no es más que una señal de colocarse a la derecha de la derecha. Pero sin explotarlo, queriendo minimizarlo para abarcar un electorado que es poco movilizable; sin explotar el discurso que más paga: el palo desde la oposición a los elementos más superficiales del gobierno. Mieres logró entenderlo, en cierta medida pero de forma marginal. ¿Lo entenderá Novick?


Anduiza, Eva y Bosch, Agustí (2004) Comportamiento político y electoral. Barcelona: Ariel

Downs, Anthony (1957) An economic theory of democracy. Nueva York: Harper & Row Publishers Inc.

Moraes, Juan Andrés y Luján, Diego (2016) “Un centro vacío de candidatos: evaluando modelos espaciales para las elecciones presidenciales en Uruguay” en Garcé, A. y Johnson, N. (2016) Permanencias, transiciones y rupturas. Elecciones 2014/15. Montevideo: Fin de siglo.