“Escapad gente tierna

Que esta tierra está enferma”

Pueblo Blanco – J.M. Serrat

 

Todo -o nada- pasó en un pueblo polvoriento, si es que no le queda grande el título de pueblo, recordado por unos pocos emigrantes y olvidado por todos los gobiernos. Un pueblo de ningún lugar, desértico, seco, que oscilaba entre el amarillo amarronado de su tierra prácticamente infértil y el gris opaco de la ceniza, invierno y verano, siempre igual.

Un pueblo donde la gente vive porque nace, donde cada familia tiene su oficio único y diferente al de las otras. Un cura con su iglesia, una maestra con su escuela, un comisario con su comisaría, un sepulturero con su cementerio. Algunos tenían ayudantes, manos derechas; como el carpintero, el cura con su monaguillo, el comisario con sus dos cabos. El viejo sepulturero, bajo de estatura, enjuto, de rostro triste, con una gran frente coronando una cabeza que parecía enorme sobre unos hombros cadavéricos, era enterrador, portero y barrendero de la necrópolis.

Una mañana, sentado a la sombra de un pino (uno de los escasos diez árboles del pueblo) a la entrada del cementerio, lo asaltó la interrogante, como una ráfaga fría y seca cargada de polvo. Recién había cavado una tumba (siempre tenía una lista) y por primera vez se preguntó quién la ocuparía. Podría ser yo mismo, pensó. Estaba exhausto, deteriorado, viejo, era como una lamberciana más en su eterno cementerio, bastante más poblado que el caserío al que servía.

¿Quién lo enterraría a él?

No era el único que se había cuestionado eso en el pueblo. Años atrás, murió el hombre que manejaba el único hospedaje del lugar, una posada que hacía mucho no recibía visitas. Él lo sepultó, como a todos desde que murió su padre, hace más de cuarenta años. En el entierro, la hija del hombre, que en su inocencia infantil no terminaba de entender que había pasado y no lloraba una lágrima, se preguntó quién iba a enterrar al anciano que ese día enterraba a su padre.

Pasó el tiempo, casi lo único que pasaba en el olvidado montón de casas y gente enterrado en el medio de la nada. Pero pasó también un forastero, que fue finalmente quién respondió a la primera interrogante de aquella mañana. El enterrador pensó que aquel forastero murió de angustia, perdido, en un pueblo agonizante.

Tras escuchar al cura, tan añejo como él, hablando de la muerte como si supiera, como si la hubiese visto y la comprendiese, ignorando o fingiendo ignorar que los muertos son olvidados, totalmente borrados del recuerdo, que el único que se salvó de eso fue Cristo si es que vivió, que nadie los visita, que nadie los echa en falta. Pero el cura, por inercia, para consolar a los dolientes que no estaban allí, donde solo lo escuchaban las cruces, los dos cabos y el cavador, pintaba la muerte como una gracia divina. En aquel pueblo, quizá lo fuese, concluyó la gran cabeza del esquelético sepulturero.

Aburrido por el discurso volvió a asaltarlo la duda, ¿quién iba a enterrarlo?, y le trasmitió la inquietud al cura, mientras los policías se alejaban lento hacia la salida. El cura no entendía por qué debería saberlo, la iglesia ya no se hacía cargo del campo santo. Esbozó una sonrisa ante la curiosa pregunta que el viejo le formulaba, serio, preocupado, con ambas manos bajo el mentón, apoyado sobre la pala tan descarnada como él.

– No se preocupe don. Ocúpese, sí, pero no se pre-ocupe.- Y lo despidió palmeándole el hombro.

– Lea la biblia.- Agregó al marcharse, arrastrando la sotana en la tierra.

Cuando usted agarre la pala, pensó él.

No había día ni noche que no apareciera en su mente la funesta pregunta, como un alma en pena vagando entre sus recuerdos vivos. Fue entonces cuando pensó en el carpintero. Después de todo, el hacía los ataúdes, pero también se libró de la responsabilidad.

– Hombre, yo hago los cajones. Si quiere le vendo uno. Pero ni sueñe que yo lo vaya a enterrar.

Los años siguieron pasando, igual que la tierra que vuela. Desapareció la escuela cuando no hubo más niños, desapareció la comisaría y la taberna, cuando no hubo más borrachos. El pueblo iba muriendo. Algún día una nube de polvo iba a sepultar lo que quedaba, mientras el viejo no encontraba respuesta. ¿Quién cubriría de tierra su féretro?

Perdida toda esperanza, decidió hablar con el hombre de la huerta, que sin duda era diestro con el instrumento. Lo trató de loco.

-Olvídese, después de muerto a otra cosa.

-Pero alguien lo tiene que hacer.- Respondió él, recordando lo que le decía su padre.- Si quiere le presto mi pala.

-¡No!, alguien lo hará, cuando yo me muera quizá nadie haga la huerta, pero el pueblo no se va a morir de hambre.

-No. Se va a morir de olvido.- Dijo a modo de despedida, y casi lagrimeó por primera vez en más de cuarenta años.

El hombre tenía razón, nadie seguiría con la huerta. Murió un invierno después, su mujer se fue y nadie volvió a comer verduras del pueblo, aunque ya casi nadie comía, porque casi nadie respiraba el polvo volante del pueblo.

 

Se levantó al salir el sol, como todas las mañanas, y cruzó la calle para abrir el herrumbrado portón de la necrópolis. Abrió el galpón de las herramientas, cuyas tablas y estructura eran decadentes, como todo en aquel entonces, sacó la pala, y usándola como bastón se encaminó con su andar cansino hacia las tumbas más nuevas. Ya era hora de ir cavando una tumba para alguno de los últimos habitantes.

Sacó una tras otra varias paladas de tierra. Clavó la pala en el fondo del pozo y se sentó a descansar, fatigado y jadeante, aún sin terminar la faena. El sudor le corría desde las arrugas de su amplia frente hasta el cuello, y el corazón le latía fuerte, sentía el pulso en las sienes.

Respiró hondo, se paró y sintió el primer mareo. Se recuperó apoyado en su fiel compañera. Siguió trabajando, la fosa parecía imposible de terminar y la vista se le nublaba bajo el cielo azul de octubre. No soportó el segundo mareo. Cayó dentro, con pala y todo.

Lo encontró mucho después una mujer que recorría las lápidas, muchas caídas y tan sepultadas como sus dueños. Topó de pronto con el montón de tierra al lado del pozo, donde yacía la calavera semienterrada con la pala entre las costillas y los brazos debajo de éstas.

Primero se horrorizó, luego se llenó de angustia. Dejo algunas de las flores que eran para su padre al pie del montículo, y aunque pudo ser ella, nadie enterraría al sepulturero.