Ilustración de Pabaco (Fobia)

       Había algo oscuro en esos ojos. Sin duda que había algo oscuro. Y no se trataba de las pupilas (no se hagan los listos). Era difícil discernir el origen de aquella nocturna oscuridad porque era de noche también cuando los vi.

Yo había sacado a pasear al perro, eran las dos de la mañana y estaba insoportable, no me quedaba otra. Caminaba por una calle apartada correa en mano, perro en correa, cuando de repente los vi. Detrás de un árbol, entre las hojas, había un par de ojos de color marrón intenso (vaya uno a saber cómo puede medirse la intensidad de un color de ojos, todo caso la intensión es algo que se puede intuir, pero yo no soy quién para andar diciendo que un marrón es más intenso que otro). Noté claramente cómo estos me miraban fijo a mí y yo, que soy una persona hecha y derecha (que tengo huevo, en otras palabras), le sostuve la mirada. “Mirá que yo, por más marrones intensos que sean tus ojos, no voy a dar el ojo a torcer”, pensaba haciendo fuerza. Perdí la noción del tiempo por un instante, mientras contenía los gases que pretendía expeler mi cuerpo a causa de la fuerza aplicada. No supe si habían pasado cinco o diez minutos o tan solo unos segundos.

El perro empezó a ladrar, se lo notaba asustado, claramente más que  yo. Perro cagón. Y se hace llamar Rot Weiller (no sé cómo se escribe, así que si alguien sabe, que me disculpe y no me jodan con que lo debería haber buscado en Google). Mientras miraba esos ojos y esos ojos me miraban, tuve la sensación de que algo andaba mal, porque de golpe se empezó a levantar un viento que volaba las chapas y un remolino de hojas (probablemente caídas del mismo árbol) se arremolinaba entorno a esos ojos.

Y en eso me hice a la idea, casi que como que me dí cuenta, de algo un poco extraño. Yo estaba mirando esos ojos, pero no podría afirmar si eran de un hombre, de una mujer, de un plancha o de otro animal cualquiera. Entonces me pareció estar mirando solo unos ojos que flotaban en el aire, atrás de un árbol, a lo lejos, con un remolino de hojas a su alrededor y ya no era solo un remolino hojas, el remolino resultaba tan potente que había atraído un montón de basura que había tirada cerca por la calle. Se nubló el cielo, pero las nubes parecían tener una forma concéntrica y dejaban un retazo de cielo en el centro, donde justo estaba la luna que parecía estar posada expresamente sobre el árbol, queriendo iluminar esos ojos.

El silbido del viento era cada vez más fuerte, parecía que en cualquier momento se desataría una tormenta de aquellas. Se escuchaban relámpagos, se veían truenos, y viceversa. Se veían los rayos cruzando de nube a nube. Y yo no podía parar de mirar esos ojos. Empecé a escuchar ruido de sirenas y y música de violines. Me estaba sonando el celular. Pero no iba a atender, porque no iba a perder esa puja visual. Y entonces, de golpe, escuché un sonido de bragueta que se cierra (que es distinto al de bragueta que se abre, obviamente), los ojos parpadearon, el tipo que estaba meando atrás del árbol se dio media vuelta y se fue. Ahora estaba despejado el cielo, como si nada hubiese pasado. Había algo oscuro en esos ojos.