Como dijo alguien por ahí, antes de empezar a hablar queremos decir algunas cosas. El presente artículo que no pretende más que provocar al lector el cuestionamiento y la reflexión sobre algunas cosas vinculadas al trabajo, ha sido coescrito por Markitos y Leandro Hernández. Se presentará en dos partes a los efectos de facilitar su lectura, siendo ésta la primera y estando la segunda próxima a publicarse. Buen provecho.

En nuestra querida República suele observarse cierta devoción a algo que se da en llamar “la cultura del trabajo”, que se manifiesta por ejemplo como indignación cuando un mandatario dice que al uruguayo no le gusta laburar, como repudio a los “ni-ni” y  supuesta panacea a todos los problemas sociales, o en frases orgullosas que pretenden ser aleccionadoras del tipo “porque vos nunca agachaste el lomo” (¡dichoso de aquel que nunca haya agachado el lomo!), o la conformista “lo importante es tener trabajo” que recuerda al Sambucetti de Francella.  Cuántos explotados se aferran a estos dogmas porque ven en ellos cierta dignidad o la esperanza de pasar algún día de dominados a señores venerando la cadena que los tiene atados.

Sin embargo, puertas adentro, cuando el ojo de la sociedad no juzga, nadie duda en reconocer que no le gusta trabajar y que lo hace porque no hay otra. ¿O alguien trabajaría si tuviera opción de no hacerlo? Probablemente sí, pero ello supone la libertad de la ausencia de necesidad en la que nos detendremos oportunamente y tal vez no cabría la definición de trabajo en aquello que se realiza por puro disfrute. Lo cierto es que salvo el pago, poco le vemos de bueno al laburo, prueba de ello es que nos pagan por trabajar; si trabajar fuera tan lindo lo haríamos gratuitamente o incluso nos cobrarían. Pero mayor prueba aún que el anterior absurdo son las estadísticas de ausentismo, que curiosamente se da más los viernes, sábados y lunes(1). Pero, para el uruguayo el trabajo es casi tan importante como el tiempo libre(2). Según la Organización Funlibre, en Estados Unidos la gente prefiere más tiempo libre que ser ascendida(3).

Y la vagancia es además un problema de los jóvenes, que claro, no estudian, no laburan, se drogan, roban a las viejas también, seguramente son los que hacen que el dólar suba cuando todos quieren que baje o que baje cuando quieren que suba, deben tener también la culpa del hambre en África y de todas las guerras. “La Generación Y o Millenial, como se definen a aquellos jóvenes de entre 18 y 35 años, es una de las que más cae en el grupo de los que tienen “falta de cultura laboral” (…) Mientras que los jóvenes no entran en las organizaciones pensando que estarán allí toda la vida, y suelen cambiar de trabajo cuando no reciben un reconocimiento en el corto plazo, los trabajadores de la Generación X –1961 hasta 1982– y los baby boomers –1942 hasta 1960– están dispuestos a sacar fotocopias durante cinco años sin quejarse”(4). Para los vejetes el apéndice humano de la fotocopiadora es un hombre ejemplar, pero el botija que sabe que el trabajo no es un fin en la vida sino un medio para la misma, aquel que intuye que la existencia es algo más que privarse de libertad durante ocho horas y que piensa que más que ganándose la vida la está perdiendo, es para estos orgullosos y abnegados trabajadores, un vago, un ancla al subdesarrollo, un tipo que no quiere progresar, poco menos que un delincuente, etc.

“Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél” afirmaba el filósofo británico Bertrand Russell en su Elogio de la ociosidad. Queremos decir que concordamos con Bertrand.

No es esta una expresión en contra de la cultura del trabajo si por tal referimos a una visión de la actividad laboral que no suponga una justificación del sometimiento, de la pérdida de libertad, una limitación al desarrollo personal, un simple engranaje del consumismo y el capitalismo o del socialismo, sino una actividad necesaria para la vida armónica en sociedad de forma digna, sustentable y confortable, que permita la realización personal y que sea simplemente un medio para la misma, ya que el fin último de todo cuanto existe es el ser humano.

A lo largo de la historia la visión respecto al trabajo ha ido variando. En algún momento antes de que se lo definiera, antes de que se pagara por trabajar e incluso antes de la moneda, los hombres empezaron a repartirse las tareas sencillamente porque es inútil que todos hagan lo mismo y porque se requieren diferentes habilidades para satisfacer diferentes necesidades. Más adelante en la historia se encontraron con otros hombres que no les caían bien y a alguno se le ocurrió que todos vivirían mejor si solo esos hacían las tareas para disfrute de los demás, y como no tenían con que pagarles o simplemente no les parecía compartir los frutos de esas tareas pero sí tenían látigos, decidieron forzarlos a trabajar. En aquel entonces, el trabajo era cosa de esclavos, realizar cualquier actividad que no fuera por placer significaba no ser lo suficientemente poderoso como para tener quién lo haga en lugar de uno (o qué, mejor dicho, porque el esclavo no era gente); señal de pobreza y motivo de vergüenza. Eso duró unos cuantos años. Mucho después a algunos se les empezó a pagar aunque fuera una cosa muy magra y fueran prácticamente esclavos igual que los otros, y así hasta nuestros días.

Para los clásicos de la economía, de la talla (o la calaña) de David Ricardo el trabajador era un insumo más de producción y el salario su costo; es igual el gasoil de una máquina que la sangre de un hombre, el salario es el precio de ésta.

Por otro lado, en general, las religiones occidentales han influido de manera decisiva en nuestra visión conformista con la distribución del trabajo actual. La “cultura de rebaño” y el culto al sacrificio y al sufrimiento como vía para el acceso a cualquier estadio de vida mejor hace que a un ser humano promedio no le parezca aberrante dedicar alrededor de 9 horas al trabajo y sus actividades aledañas (transportarse al lugar de trabajo, etc.) mientras dedica otras 8 a dormir, si quiere mantener medianamente su salud, quizás unas 2 o 3 a las obligaciones del hogar y… Sí, solamente 4 o 5 horas le quedan para disfrutar de sus afectos, de sus otras actividades y para tener ratos libres de esparcimiento personal. Nada de esto es nuevo bajo el sol, ya hablaba Marx de la alienación del trabajador y no parece que hayan existido cambios profundos a esta realidad. La herencia religiosa antemencionada(5) (una de tantas), sirve como base de un dogma social que ha bañado con su influencia a nuestras sociedades de manera tal de agregar un componente “natural”, “moral”, y/o de “orden” a la distribución del trabajo ayudando a amortiguar cualquier tipo de propuesta alternativa a lo ya establecido.

En la Ética Protestante, Webber dice allá por el mil novecientos -y seguramente desde antes ya se sostenía- que el trabajo era una especie de camino a la santidad, una forma de alabanza (por lo que no trabajar sería una ofensa a dios) y la riqueza una señal de cercanía a la divinidad cuando provenía del trabajo y la austeridad. Cabe pensar que esta idea era un cuento para que los pobres sigan corriendo tras la zanahoria que solo se comen los ricos.

Aparece entonces el trabajo como un deber del hombre (y como dice Bertrand: “el deber, en términos históricos, ha sido un medio, ideado por los poseedores del poder, para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para su propio interés”) y a la vez, un poco más adelante en el tiempo, como un “derecho humano”. El entrecomillado se debe a que si bien se consagra al trabajo como un bien jurídico protegido en las normas internacionales y constitucionales de todos los países medianamente desarrollados y no puede dudarse de su protección jurídica, ello es así debido a una consideración por parte del poder, una suerte de concesión para frenar problemáticas futuras (en su momento presentes y en el futuro pasibles de un agravamiento), más que a una inherencia a la condición de ser humano cuyo menoscabo supone una deshumanización del individuo, como sí lo supone la vulneración a la integridad física por ejemplo, el cual es un derecho indiscutiblemente humano en el cual podría haberse fundado toda medida en contra de los abusos patronales. Explicando un poco más este punto, las legislaciones laborales nacionales e internacionales se han basado fundamentalmente en el reclamo de los trabajadores, luego de verdaderas luchas incluso en el sentido más bélico de la palabra, no en concepciones filosóficas o racionales, o en sentimientos de empatía y fraternidad que inclinaran naturalmente a los poderosos a no explotar a sus semejantes (situación ésta que creo que no hemos superado aunque es notorio el avance y que alcanzó su auge con la revolución industrial y lo que se conoce como “la cuestión social”(6)); el trabajo es regulado y el trabajador jurídicamente protegido para lograr cierta paz (basta con ver el preámbulo de la Constitución de la OIT(7)) y evitar un caos social por no decir revolución, que implica un contenido más ideológico, aunque también hubo un poco de marxfobia(8) en la evolución del derecho laboral.

Lo “humano” de este derecho al trabajo está en la “humanización” del mismo, es decir, se trata de evitar que los abusos del pasado se detengan y que el trabajo sea cada vez menos perjudicial.

No es que uno necesite trabajar para ser parte de la humanidad  ni que no trabajar sea una vulneración de los derechos humanos, sí lo es trabajar en malas condiciones, verse forzado a hacerlo (forzado por la fuerza valga la redundancia, parece no haber vulneración si nos fuerza la necesidad que es lo que ocurre realmente), o si nos vemos impedidos de hacerlo, lo cual supone en realidad una privación del medio para procurarnos otros derechos verdaderamente humanos y nos convierte en descontentos que si se organizan y se retoban pueden hacer tambalear el sistema, lo cual pone en peligro la paz además de la estructura económica (9). Esto desde los orígenes de los movimientos sindicales (con fuerte influencia anarquista y comunista) ha sido una amenaza para el capitalismo, amenaza aún vigente y más si se considera el peso de las organizaciones de trabajadores y sus medidas de lucha no solo para el reclamo estrictamente laboral, sino de orden socio-político (10).

Link a la segunda parte acá

Referencias:

(1) http://www.elpais.com.uy/informacion/hoy-trabajadores-mas-facil-faltar.html
(2) Para el 90% de los uruguayos, el trabajo ocupa un lugar importante en su vida (26% dijo que es "bastante importante" y 64% "muy importante"), según revela el capítulo uruguayo del Estudio Mundial de Valores, elaborado por Equipos Mori. Esto lo ubica apenas tres puntos porcentuales por encima del tiempo libre –38% dijo que es "bastante importante" y 49% "muy importante"–, y ocho puntos por encima de los amigos, aunque queda debajo de la familia considerada como importante por el 99% de los consultados.
(3) http://www.revistaseguridadminera.com/comportamiento/motivacion-y-recreacion-su-efecto-en-los-trabajadores/
(4) http://www.elobservador.com.uy/perdieron-los-uruguayos-su-cultura-trabajo-n858697
(5) Dice Leandro que esta palabra existe (la “googleó”). Marcos no se hace responsable.
(6) https://es.wikipedia.org/wiki/Cuesti%C3%B3n_social (para quien guste algo más profundo, el Curso de Evolución del Pensamiento Juslaboralista de Hector Hugo Barbagelata).
(7) “Considerando que la paz universal y permanente sólo puede basarse en la justicia social; Considerando que existen condiciones de trabajo que entrañan tal grado de injusticia, miseria y privaciones para gran número de seres humanos, que el descontento causado constituye una amenaza para la paz y armonía universales; y considerando que es urgente mejorar dichas condiciones, por ejemplo, en lo concerniente a reglamentación de las horas de trabajo, fijación de la duración máxima de la jornada y de la semana de trabajo, contratación de la mano de obra, lucha contra el desempleo, garantía de un salario vital adecuado, protección del trabajador contra las enfermedades, sean o no profesionales, y contra los accidentes del trabajo, protección de los niños, de los adolescentes y de las mujeres, pensiones de vejez y de invalidez, protección de los intereses de los trabajadores ocupados en el extranjero, reconocimiento del principio de salario igual por un trabajo de igual valor y del principio de libertad sindical, organización de la enseñanza profesional y técnica y otras medidas análogas. Considerando que si cualquier nación no adoptare un régimen de trabajo realmente humano, esta omisión constituiría un obstáculo a los esfuerzos de otras naciones que deseen mejorar la suerte de los trabajadores en sus propios países: Las Altas Partes Contratantes, movidas por sentimientos de justicia y de humanidad y por el deseo de asegurar la paz permanente en el mundo, y a los efectos de alcanzar los objetivos expuestos en este preámbulo, convienen en la siguiente Constitución de la Organización Internacional del Trabajo.”.
(8) Marcos sos un hijo de puta, mirá la palabra que inventaste.
(9) https://www.mtss.gub.uy/documents/11515/785fb221-b117-44a6-8648-d3729f657b2b
(10) Marcos aclara: Antes de que se me tache de retrogrado, fascista, negador de los derechos humanos o algo por el estilo, quiero decir que no cabe duda de los beneficios y efectos positivos que ha tenido la asunción de la problemática por la comunidad internacional, la creación de instrumentos de protección y la intención de garantizar el cumplimiento de los mismos tratando de evitar, sancionar y corregir cualquier vulneración en pos de garantizar la dignidad de la vida humana, fin que como ya hemos dicho, nos parece el más alto y fundamental de la existencia. Sin embargo, han existido diferentes argumentos que problematizan la existencia de “derechos inherentes a la personalidad humana” que todo individuo tiene por el solo hecho de pertenecer a la especie, desde los más vagos que indican que “todo derecho es humano” (y ello es de alguna manera cierto, no hay un derecho equino ni marciano hasta donde sabemos) hasta otros con fuerte base teórica, basados en la corriente positivista, por la cual antes de su consagración en una norma escrita, ningún derecho existe (hoy por hoy existen las normas que consagran DD.HH. a nivel nacional e internacional, muchas veces reconociendo a estos derechos una preexistencia a las mismas), y fuera de esto hay también quienes indican que se han incluido derechos que no caben en la definición de inherentes e inescindibles a la persona humana, como planteamos que podría ser el derecho al trabajo, o el derecho al acceso a una plataforma informática. Y más allá del planteo teórico sobre si la cosa encaja o no en una definición, el problema está en incluir indiscriminadamente derechos en un catálogo que se supone debería ser el más serio, el más alto, la más cara e inviolable norma jurídica que debe respetarse, promoverse y garantizarse a nivel internacional, cuando como humanidad todavía no hemos logrado hacer que se respeten, promuevan y garanticen algunos de los derechos más elementales incluidos en esas normas, declaraciones y pactos internacionales, derechos que hace siglos se reivindican y parecen ser desconocidos en muchos países. Me reservo el comentario sobre la doble moral de las potencias mundiales que en la ONU se llenan la boca hablando de derechos y en la OTAN planean como violentarlos con disimulo, mientras las grandes empresas acumulan más poder que los estados, mucho más que los estados pobres y casi tanto o más que los ricos, siempre con el aval de éstos.