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Dejando de lado la problematización jurídica respecto a los derechos humanos en general y el derecho al trabajo en particular, volviendo a las concepciones del trabajo, encontramos la idea del trabajo como deber también en tiendas socialistas, dice el Che : “El trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía-hombre cesa de existir y se instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social. (…) Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.”(11) Hay en esta visión un contenido más humanista que en la de los economistas liberales, pero es cierto que el modelo socialista en la práctica probablemente no sea un ejemplo de realización humana y en la medida que se califica al trabajo como un deber persiste un componente de autoridad, de no-libertad (más allá de la presencia de esta característica en toda construcción socialista).

No malinterpretar: esta columna no defiende que no se debe trabajar sino que el trabajo es más una necesidad que un deber, y lo es más porque necesitamos del trabajo de otros para vivir como lo hacemos que porque necesitemos nuestro salario para vivir, aunque cierto es que sin él no podríamos acceder a las comodidades a las que nos referimos en el esquema económico imperante. Más apropiado sería considerar al trabajo como una consecuencia de las necesidades del hombre, principalmente de las necesidades artificiales de comodidad que no pueden satisfacerse individualmente en la naturaleza y requieren de esfuerzos colectivos organizados, a las que además ya estamos muy acostumbrados como para volver a vivir en taparrabos recolectando frutos. Como toda necesidad, una vez satisfecha deja de ser un problema, en cambio la idea de deber supone una conducta que debe observarse si o si, un mandamiento. Ese componente coactivo es parte de la cultura del trabajo mal entendida, que debe empezar a combatirse por desterrar el complejo de que no trabajar (pudiendo no hacerlo) o no gustar del trabajo es malo.

Este cambio de paradigma, este paso del trabajo como deber del individuo para que la rueda de la economía gire a una concepción auténticamente antropocéntrica supone un cambio también en el paradigma educativo.  No puede concebirse a la educación como un método de adiestramiento, de domesticación, de sometimiento a la autoridad, acatamiento de órdenes y rutinización de la vida que produzca “ciudadanos standard”, ni tampoco como una etapa de adquisición forzosa de conocimientos que permitan escalar niveles hacia una formación profesional y/o una mejor inserción en el mercado laboral. La educación debería ser una etapa para el autoconocimiento, el descubrimiento y el desarrollo de habilidades que perfilen la vocación natural del educando, además de brindar las herramientas y contenidos básicos para cualquier ciudadano, de manera que en cierta etapa del proceso educativo (y quizá a una edad temprana) la orientación de la formación se bifurque en base a las aptitudes de los niños que los educadores observen y las inclinaciones que ellos manifiesten. Supone una educación que no apunta tanto a grabar conocimientos sino enseñar a aprehenderlos de la mejor manera y que a su vez pueda evaluar diferentes aptitudes y valorar diferentes inteligencias para que en el futuro el individuo pueda capacitarse en lo que más le interese. Enseñar a procesar la información que abunda y que por lo tanto ya no hace falta memorizar sino buscar, clasificar y seleccionar, todo ello de forma más personalizada que la actual.  

Hay que señalar también el lado positivo del trabajo, además de la satisfacción de necesidades económicas (no monetarias, sino productivas, de modificación del entorno y facilitación de la vida). El trabajo es un factor de socialización y de integración, es causa y efecto de la vida en sociedad, pero esto es así siempre y cuando sea un trabajo decente; difícil socializar e integrarse si uno pasa ocho horas frente a un monitor recibiendo llamadas de gente enfurecida o pasando productos por un scanner y cobrando en una caja con apenas media hora de descanso más lo poco que se tome para ir al baño. Más aún cuando lo hace agobiado por las dificultades que plantea sobrevivir con un sueldo mínimo, comer a las apuradas, padecer el tránsito y la contaminación sonora, no tener tiempo ni dinero para divertirse y apenas tener tiempo para dormir.

Una cultura del trabajo bien entendida se opone a la idea de “matarse trabajando”, a la idea de que el trabajo es una actividad buena de por sí o mucho menos la finalidad de la vida. Demás está decir, y volvemos a coincidir con Russell, que cuanto menos tiempo se trabaje, mejor; más tiempo para vivir, para realizar las actividades que realmente nos interesan, para enriquecernos culturalmente, practicar deportes, fortalecer nuestras relaciones, más salud, menos estrés y por qué no mayor productividad en el trabajo. Respecto al ocio y el esparcimiento incluso durante el horario de trabajo, ya ha habido diversas experiencias muy positivas.(12)

No faltará quien diga que ese tiempo libre va a ser malgastado, que se va a dedicar a vicios o en el mejor de los casos a no hacer nada. Primero, no prejuzguemos, eso no es algo seguro y en cualquier caso la idea de cambiar el paradigma educativo ayudaría a que la gente comience a valorar con otros ojos el tiempo ocioso. Segundo, que cada cual emplee su tiempo como le venga en gana, frente a estas dos posibilidades negativas a la cual cabría agregar una “neutra” que es emplear el tiempo libre en otro(s) trabajo(s) hay un sinfín de usos que se traducirían no solo en la felicidad del individuo (que es lo más importante, y si las alternativas anteriores conducen a ello, ¡adelante!) sino en el desarrollo y enriquecimiento de toda la comunidad; los deportistas podrían dedicarse a entrenar, los escritores a escribir, cualquiera podría especializarse en su tarea o estudiar lo que le plazca, y cabe suponer que esta disponibilidad de tiempo no le haría nada mal a ese eje principal del capitalismo que es el consumo.

Lo ideal no es, de ninguna manera, que nadie trabaje. Hay que trabajar, pero la idea es que, en un mundo utópico, todos trabajemos lo mínimo necesario y de la forma más decente. Bueno sería que todo (empresas, oficinas públicas, etc.) estuviera abierto las 24 horas, de manera que todos podamos realizar cualquier actividad en cualquier horario sin que nuestro horario de trabajo sea un obstáculo, ni tampoco lo sea el horario de los demás. No hace falta indicar el descongestionamiento de todo cuanto hay en una ciudad que esto supone, en todo caso habría que ajustar los factores económicos necesarios para el funcionamiento del sistema. Por otra parte, no allí donde se trabaja menos el producto es menor; mientras en Uruguay promedialmente se trabaja 39 horas por semana, en Suiza, Alemania y Dinamarca se trabajan menos de 35, estando la menor cantidad de horas en Holanda; 29.(13)

En otro orden, el trabajo del ser humano está cambiando porque así lo está haciendo la industria, el “trabajo cognitivo” va ganando terreno a medida que el trabajo manual es suplantado por las máquinas y este conlleva consigo un desgaste mental mucho mayor que el padecido por generaciones pasadas de trabajadores.(14) Comienza a imponerse una necesidad de poder captar, procesar y responder eficientemente a la información que nos llega y evidentemente que cuánto más descansada se encuentra nuestra cabeza mejor efectuaremos tareas de este estilo. La principal razón de la duración de la jornada de trabajo en los países que utilizamos como ejemplo en el párrafo anterior, y la que hace que el tema hoy sea debatido en algunos países europeos, no es ninguna de las expuestas por nosotros hasta ahora: la principal razón es el lucro. Los estudios realizados al respecto se han enfocado en asociar la duración de la jornada laboral con la productividad de las empresas. Si bien el enfoque de esta columna ha sido el trabajador y la mejora en su calidad de vida y si bien no es muy romántico el argumento de que genera más beneficios a las empresas, si la relación es ganar-ganar ¡bienvenido sea!

Felizmente, en nuestra querida República pionera en la legislación sobre duración de la jornada y protección del trabajador, recientemente la reducción de la jornada ha vuelto a estar sobre la mesa. Ojalá pronto volvamos a estar a la vanguardia y la cultura del trabajo no sea más un disfraz de dignidad para la explotación de los hombres y el enriquecimiento de los poderosos.

Referencias:
(11) https://www.marxists.org/espanol/guevara/65-socyh.htm
(12) http://www.lanacion.com.ar/721980-propuestas-de-esparcimiento-en-el-lugar-de-trabajohttp://servicio.bc.uc.edu.ve/faces/revista/lainet/lainetv4n8/art2.pdf
(13) http://www.elpais.com.uy/informacion/pit-reduccion.html
(14) Curso “Tiempos y Métodos”, tema “diseño del trabajo cognitivo”. Facultad de Ingeniería, UdelaR: https://mega.nz/#!Q0AXxTaB!eX8HnrLfP7-WLJpoVJfwmyjxGdQeQWDCDkArrsIYd7w