Me pasé todo el verano metiendo el dedo en anémonas. Anémonas grandes, violetas y rojas. Escondidas entre las piedras resbaladizas australes.

Dejé que me succionaran para sentir su tejido viscoso.

Y ahora no puedo sacarlo. Tironeo y tironeo intentando no romperlas, pero me agarran con mas fuerza y me pegoteo en sus tentáculos, atrapada en sus toxinas paralizantes. Pero dicen que la sal cura todo. Y acá estoy esperando a que la desparramen por todas las calles de adoquines, para derretir la nieve. Capaz me derrito con ella y suelto.