Ilustra: Matías Reyes

El trabajo me está agotando. Me succiona y chupa toda la energía. Ayer volví a mi casa casi a las dos de la mañana. Mi mujer ya estaba dormida. Intenté avisarle que había llegado pero apenas emitió un quejido decidí que no tenía sentido despertarla. Fui a la cocina a cenar algo rápido; de tanto trabajo me había olvidado de almorzar y no había comido nada en todo el día. Después me lavé los dientes y fui a acostarme. Me saqué la corbata y la puse sobre una silla, luego la camisa y el pantalón. También las medias. Intentando hacer el menor ruido posible me puse una remera vieja que uso como pijama. Cuando estaba listo para acostarme apagué la luz y me metí en la cama.

Aunque estaba exhausto, no me dormía. Estaba pensando en todo lo que tenía que trabajar mañana cuando de repente un zumbido irrumpió en mi cabeza y un mosquito en mi oreja haciéndome poco más que saltar de la cama. Tiré unos manotazos para todos lados intentando ahuyentar al detestable culícido y volví a acostarme, alerta a una nueva arremetida. Por unos minutos no volvió, pero lo sentía zumbando a lo lejos, espantando cualquier posibilidad de enfocar mi mente en otra cosa. Finalmente volvió y voló por toda mi cara, posándose en mi nariz, mis ojos y hasta mi boca. Tiré otro manotazo que terminó en mi propia cara, sonando como un aplauso. “La puta madre,” pensé, “mosquito de mierda”.

Cuando arremetió contra mí por tercera vez no tuve más opción que prender la luz. Demoré unos segundos en que mis pupilas tomaran el tamaño correcto para semejante cantidad de luz. Mi cuarto siendo blanco y casi exento de decoración, lo divisé posado sobre el techo, al lado del ventilador. Con el mayor sigilo posible tiré la ropa de la silla y la moví hasta al lado de la cama. Me paré en ella dispuesto a darle fin a la corta vida del detestable insecto pero no pude golpear con la palma de la mano, e intenté darle con el puño cerrado. Mis nudillos se rasparon y la piel se corrió, y el mosquito me pasó por la cara; en el intento de matarlo, esta vez con las dos manos, perdí la estabilidad y me caí de la silla.

Estaba visto, desperté a mi mujer y me gané unos buenos gritos; que qué estoy haciendo, que son casi las tres de la mañana, que la deje dormir en paz. “Hay un mosquito, uno solito en todo el cuarto y no me deja de zumbar en la cara”, le dije. Pero no tuve respuesta, ya se había vuelto a acostar y solo pude ver su espalda. Me senté al borde de la cama y miré para todos lados, pero no lo vi. Debe estar atrás de las cortinas o sobre el piso de parquet, pensé. Vigilé durante algunos minutos, me paré de nuevo y en cuclillas moví las cortinas, me tiré sobre el piso para buscar, a contraluz, algún relieve en el piso, miré en la pared atrás de la cama y revolví entre la ropa que quedó tirada en el piso, pero nada. Luego apagué la luz y me acosté.

Pasó un rato y no volvió, pero no me podía dormir; mis orejas nunca habían estado tan alerta. Con todos mis sentidos esperando el impacto, mi cabeza empezó a dejarse llevar. Trabajo tanto y no nos da, hace cuánto no tenemos vacaciones, la última vez en Rocha pasamos tan bien, ya no sé hace cuánto no tenemos sexo. A mi lado la sentía respirar fuerte, profundamente dormida. Le puse una mano sobre la espalda. Todavía tiene la piel suave y lisa, como 26 veranos atrás, cuando la conocí. Pero otra vez el mosquito se me metió en la oreja haciéndome saltar de la cama y prender inmediatamente la luz. Todavía volaba sobre mí. Intenté atraparlo golpeando las dos manos pero nunca le di. Mi mujer se despertó de nuevo; que deje al pobre bicho quieto, que me vaya a dormir, que estoy loco, que soy insoportable.

No apagué la luz. Me senté al borde de la cama mientras veía como ella se acomodaba de nuevo y se tapaba hasta la cabeza con la sábana. Me decidí: no me voy a volver a acostar hasta matarlo. Pero no aparecía por ningún lado. No sé cuánto rato pasó, pero me quedé sentado ahí, lo más quieto posible hasta que lo vi de nuevo, cerca de la puerta del cuarto, contra la pared.  Me puse en puntas de pie y demoré casi 5 minutos en recorrer los 3 metros que separan mi lado de la cama de la puerta. Esta vez no se me podía escapar. Procuré abrir la palma de forma bien lisa, sin dejar ninguna concavidad y le pegué con toda la fuerza que pude. Esperé unos segundos antes de sacar la mano. Ahí estaba. Aplastado en una mancha de sangre contra la pared, algunas patas sobre mi mano. “¡Sí!”, grité, “la puta que te parió mosquito de mierda”; y mi mujer me gritó que me durmiera de una vez, pelotudo. Me lavé las manos con jabón, refregando bien palma contra palma y me acosté. Eran las 5 de la mañana.