“Y si el hombre es un muñeco, de sueños nada más. ¿Para qué despertar?”

Cuando niño, las prohibiciones corrían por cuenta de los “grandes”, ya de adulto, corren por la mía.

Prohibirse, siempre prohibirse. Primero le puse nombres a aquellos caminos posibles cuyo objetivo no requiere sacrificar toda otra actividad ajena a él para conseguirlo, los llamé “oportunidades factibles”. Para ese entonces, comencé a censurarme de plano aquellas opciones que no fuesen factibles, me dediqué a buscarme la vida mientras la perdía en el camino. Posteriormente empecé a recortar aquellas posibilidades que no fueran “apetecibles”, como me dio por llamarles a aquellas determinaciones que no requerían abandonar completamente mi zona de confort (cada vez más reducida).
Uno intenta convencerse, o lo intentan convencer, de que la felicidad es tener tapados varios agujeros por donde la desgracia puede colarse.

El frío calaba hondo en los huesos y la calle estaba prácticamente desierta, la paz y el silencio ocupaban la ciudad. En mí todo se perfilaba bastante intranquilo, salí con mi cabeza hecha un hervidero. Eché a andar con la idea de seguir un camino poco transitado, pero me di cuenta del simbolismo inconsciente que le daba a lo hecho en una caminata, me desagradó la idea y simplemente me di a la caminata sin un rumbo específico.

“¿Qué es la libertad entonces? ¿Tener la posibilidad de elegir entre infinitas opciones sin que nadie limite tu accionar, aunque no conozcas en profundidad casi ninguna? ¿O, por el contrario, elegir entre unas pocas pero bien conocidas alternativas?”. Pasé la esquina de Julio César y Rubicón con esto en mente, la realidad era que me torturaba la idea de no ser libre, pero aún más el hecho de ni siquiera saber qué sería. No alcancé a darle respuesta a la disyuntiva cuando de repente estaba rodeado.
Podría haber jurado que estaban todas allí: desde las del castillo más grande a las de la jaula de pájaros más pequeña; desde las impenetrables y opacas de la fortaleza más hermética del mundo hasta la más transparente; desde las de pestillo y bisagra que amplían un ambiente en desmedro del otro a las elegantes corredizas que son el paso entre dos realidades pero no se entrometen en ninguna. Todas y cada una estaban allí. Todas las puertas del universo, lo puedo jurar, estaban a mi alrededor, en una especie de habitación infinita, al menos para mis ojos. Todas ahí nomás, factibles y apetecibles, para que yo eligiera. No daba crédito a lo que estaba viendo, pasé del asombro a la duda; de la duda a la claustrofobia, por más infinito que fuera aquello, y de la claustrofobia al horror. Cuando pude salir del asombro me sentí agobiado, todo lo agobiado que se puede sentir uno mirando un lugar cuyo principio y cuyo fin no pueden ver sus ojos. Caí en la cuenta de que las puertas no solo estaban allí, se reían de mí en silencio. Desesperadamente busqué la puerta por dónde entré, no recordaba cómo me había adentrado a ese lugar pero atiné a pensar que si estaban todas allí estaría también la puerta a esa habitación; pensar en una paradoja estúpida como esta me era preferible a decidirme por cualquier otra opción de las que tenía a mano, estaba aterrorizado por no saber dónde estaba, por no saber cómo entré, por no saber cómo salir y sobre todo por tener que elegir.

Nunca me había sentido tan preso como me sentía en ese instante y realmente lo estaba, preso de mi libertad.

Entonces, la vi. Un poco lejos de donde estaba yo, pero alcanzable, como todas. No sé muy bien cuánto demoré en verla ya que la noción del tiempo no parecía existir en ese lugar pero sé que caí en la cuenta de que debía estar allí en el mismo momento en que la alcancé con mis ojos; nunca la había visto con tanta admiración, nunca había estado tan linda, no podía creer que se hubiese hecho ver para salvarme de mi desesperación: la puerta de mi cuarto, con su madera maltratada por el desgaste del uso y unos pocos pegotines inconfundibles, se paseaba cerca y yo no podía dejar pasar ni un segundo más paralizado por el miedo. Decidí entonces estirarme para alcanzar su pestillo, en un esfuerzo en el que sentí desgarrar cada músculo de mi cuerpo y que no puedo decir si duró un segundo o cien años, y me prendí de ella como un náufrago de un barco destrozado se toma de una tabla para mantenerse a flote.

Ya no cambiamos ¿no podemos?

Hallo, Hause. No había cambiado mucho desde que salí a perderme de mí mismo caminando sin rumbo, mi cabeza seguía en un eco pero ahora no era un sonido armónico y monótono, era un ruido espeluznante.
Sentí a mi esposa entrar a casa y salí a su encuentro como hace tiempo no salía, sabiendo que me iba a encontrar con algún comentario de esos que eran rutina hace un rato y que ahora tenía ganas de escuchar como nunca antes.
“Es como mínimo una oportunidad perdida de hacerle un guiño a la historia en esta ciudad -dijo, haciendo una pausa luego e interrogándome con sus ojos al ver mi expresión, mezcla de alegría y pavor- que Julio César no cruce el Rubicón”.