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Pausa. Play.

Creo que era una de esas músicas folclóricas suecas que me recuerdan a las canciones que cantaban los partisanos en el bosque. O a esa que cantó con tanta elegancia Siri, la danesa, de la ópera de Almqvist.

Me hizo sentir en otro siglo donde las voces sonaban en colectivo. Tal vez solo necesite eso aquella noche de verano.

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Yo solo recuerdo el sonido del mar en los caracoles. En el balcón, mirando la rambla.

El agua, allá lejos y en mi oído.

Ella me dijo que la pintura tiene razón de ser en Montevideo. Sí, me dijo que es por la luz.

La luz que es especial porque rebota en el mar y los edificios. Pero principalmente en el mar. Que esta en mi oído.

El mar que todos dicen que es un río, por el agua marrón arremolinada.

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Montevideo que tiene olores.

Que huelo cuando intento inhalar lo que otros fuman.

Olores que se meten e impregnan en las ropas.

Montevideo, donde yo misma ahora huelo. Al perfume de las noches tomando cerveza en boliches del centro. El perfume metálico que conquista corazones rotos. Que me transforma en un ser nocturno, desinhibido.

Montevideo me traga en sus calles que conozco con nombre y apellido.

Me succiona en su gris, hormigón.

Montevideo es sin esfuerzo. En la luz de la mañana que siempre me trae de vuelta a Pocitos.

En los detalles de las casas de principio de siglo, pintadas de colores estridentes. Es en los azulejos que recogía de niña y en las claraboyas que siempre son azul.

Huele al mar cuando crece, a tormenta de verano, a carrito, al pollo de los sábados, a tu casa, a mi casa, huele a viejo, a huevos y harina en diciembre, a tu pelo recién lavado, a papel, a pasta casera, a la humedad persistente.

Montevideo huele a jazmín pero es color fucsia intenso, de las Santa Ritas.