No sé cuánto habrá de cierto en esa frase de Cortázar que dice algo así como que de las buenas intenciones nace la mala literatura, pero hay mucho de eso en estas palabras y quizá más aún en el hecho real que me prendió la lamparita. Sucede que un hombre al que no conozco aún demasiado, ni ganas tengo porque no hace falta más, me conversó al menos diez minutos (y dije al menos, que conste) sobre las posibles causas de un problema de falso contacto de una lamparita y sus soluciones. ¿Por qué?

Este hombre no es electricista, ni técnico en electromecánica, ni ingeniero, ni físico, ni albañil ni nada que se pueda asociar a un conocimiento profundo en la materia. Es simplemente un tipo, aparentemente con una vasta experiencia en lamparitas que estando el interruptor en posición de encendido prenden y apagan intermitentemente a intervalos desiguales de tiempo. Sé que no es un farsante porque cualquiera sabe prácticamente todo lo que hay que saber para diagnosticar estos problemas y aventurar soluciones, más allá de ser capaz de su ejecución. Al fin y al cabo, todos sin excepción padecemos nuestra muy oriental tendencia a diagnosticar cualquier problema, desde el porqué del tres a cero hasta el origen de la criminalidad y nos arrogamos la solución o cuando menos sugerimos una, lo cual nos lleva a otro problema más que oriental rioplatense; no saber estar callado.

Si éste hombre me describió un circuito eléctrico doméstico enumerando las posibles fallas, sus consecuencias y soluciones fue por una razón, o al menos una razón principal. Cuando coincidimos en el banco no tuve más remedio que comentarle que venía de la ferretería donde había comprado la lamparita porque aquella que hacía falso contacto se había quemado. Fue entonces cuando este hombre, conocido mío, realizó su disertación sobre electricidad sin que nadie le preguntara nada. ¿La razón? Supongo (aquí hago mi diagnóstico) que asumió que ahora que nos habíamos saludado y teníamos unas cuantas personas adelante había que hablar de algo, pero como no tenemos mucho en común, o sí pero no lo sabemos porque no nos conocemos tanto, y yo mencioné lo de la ferretería, no se le ocurrió nada mejor que exponer su tesis sobre lamparitas que parpadean.

Alguien me dirá que soy un antipático, un amargo, lo que se dice un botón. Está bien, puede que sí y presiento que no soy el único. Pero, ¿tan antipático es el silencio si no hay más nada qué decir? ¿no es más antipático hablar por hablar de algo que no solo es sabido sino que nos importa un carajo? Para este simpático señor parece que no.  Así fue como yo comencé a hacer en su primer y último silencio, -luego de responderle que el problema era el portalámparas-, una lista de cosas que hubiera preferido antes que encontrármelo en el banco: uno; no habérmelo encontrado, dos: recibir una fuerte descarga eléctrica cambiando la lamparita, tres; lamer el pasamanos de la escalera, cuatro; apagarme un pucho en el ojo, cinco; no la recuerdo porque al fin me tocó mi turno.

Tal vez los confusos designios del destino pretendían que la charla con este hombre, si se la puede llamar así, me llevara a escribir este descargo que a su vez quizá lleve a otro a mantener una charla que un día generará vaya uno a saber que reacción en su interlocutor y significará el fin del mundo o el más destacado avance de la humanidad, o lo más probable, el más insignificante efecto en el orden del universo. Lo cierto es que me resultó tan innecesaria su cháchara, tan invasiva, incluso tan violenta, que me propuse sacarle algún jugo por amargo que fuera.

¿Qué impresión puede tenerse de un hombre con esas características? ¿Cómo no incluirlo en esa clase triste de personas sin sueños y sin dudas? Me cuestioné yo mismo si cual Quijote las novelas y otros libros no me habrían podrido la sabiola convirtiéndome en un teórico, un intelectualoide, un tipejo al que solo se le puede hablar de física cuántica, literatura y cine independiente, porque no comprende ni le interesan las cuestiones cotidianas que le resultan superficiales e intrascendentes. En mi defensa esgrimí que un comentario sobre el tiempo o la lentitud de la fila, incluso los problemas y soluciones sobre falsos contactos pero en versión abreviada habrían estado bien, no me hubieran molestado y cordialmente habría fingido interés. Pensé también que por tal actitud yo era un cínico, lo que se dice un forro, pero luego descubrí el engaño: a tal punto llegaba la ficción que me hacía creer que él no fingía interés en la lamparita cuando se esforzaba por apalear gratuitamente un silencio que no habría sido tan incómodo. Podría caber un eufemismo para “fingir interés” como “mostrarse interesado”, que tal vez es como él hubiera definido su conducta. Volviendo a lo medular; produjo una charla incómoda en su lugar y supongo que su interés en tamaña pavada no podía ser si no fingido, porque no me quedaría más remedio que tratarlo de estúpido o de maníaco si realmente lo apasionaban tanto los problemas eléctricos de esa envergadura.

Falso contacto: Dícese de la charla incómoda e insulsa sostenida entre dos personas para amenizar encuentros ocasionales y mostrarse simpáticas. Véase charla de ascensor.

Esa es la mejor definición que se me ocurre para dos tipos prácticamente desconocidos que entablan un diálogo que no les interesa simplemente porque se supone que es de buenas costumbres hablar de algo cuando uno se encuentra con alguien que más o menos conoce. Pero con una charla así dan ganas de pegarle un chicotazo a la lamparita del otro a ver si enciende de una vez y dice algo que valga la pena oír.