Desde hace algún tiempo vengo siguiendo con cierto interés una corriente intelectual que, de forma más o menos directa, esgrime sentirse “oprimida” o limitada en sus libertades por parte de lo que entienden es una “dictadura de lo políticamente correcto”. Tal régimen estaría compuesto por los movimientos e individuos que de una forma u otra vienen militando por el reconocimiento de los derechos de las minorías sociales, de quienes se inclinan por otras opciones sexuales y de las mujeres en general. Este trabajo es guiado por tres inquietudes: de qué manera se construye el relato sobre qué es “políticamente correcto” y qué no, quiénes y a través de qué ideologías se atrincheran para oponérsele, y qué resultados obtienen o esperan obtener derribando la agenda de la corrección política.

La agenda antes mencionada estaría conformada por los llamados “nuevos derechos” (interrupción voluntaria del embarazo, matrimonio igualitario, derecho al cambio de identidad de género) así como ciertas prácticas institucionales promovidas por organizaciones (cuotas para mujeres y para minorías étnicas o sexuales, lenguaje inclusivo –los y las; l@s; lxs; todos y todas; ellos y ellas- y otras políticas afirmativas). Asimismo, generan igual rechazo algunas prácticas de escrache social (vía redes sociales, preferentemente) e intervención gubernamental (vía censura o incentivos) con respecto a lo anterior. Se me vienen a la mente el caso de un boliche inhabilitado por fomentar el uso de cierta vestimenta a las adolescentes mujeres, la visita a un prostíbulo que rifaba (sin comillas) una noche con una trabajadora, el concurso literario en homenaje a Onetti con incentivos a las temáticas inclusivas o la creación de otro basado únicamente en humor no discriminatorio en el departamento de Canelones.

¿Cómo se delimita el concepto?
Lo primero que debo decir es que me sorprende de sobremanera el entendido automático al hablar de “lo políticamente correcto”. Quiero decir, ese término no necesita ser aclarado ni especificado para que de por sí se comprenda su significante, que para todo lo que podría abarcar siempre refiere a cuestiones muy concretas. De esta manera resta preguntar qué criterios parece incorporar tal conceptualización. Comienzo por descartar un criterio numérico: si lo políticamente correcto tuviera relación con el contingente de opinión pública que hace acuerdo con determinados asuntos, entonces la preferencia por la democracia como régimen, el capitalismo como sistema o el respeto por las leyes como comportamiento ideal serían a las claras signos de la corrección política, y debo decir que en el debate intelectual actual no parece ser así. Podríamos asegurar, pues, que un criterio válido es el de la latencia que determinados asuntos tengan en la agenda política, aunque eso no daría luz sobre por qué hablamos de políticamente correcto y no políticamente nuevo. A su vez, quedarnos en tal insinuación sería decir muy poco al respecto; tampoco parece ser políticamente correcto la necesidad de aumentar sin límites los beneficios a las trasnacionales que quieran instalarse en nuestro territorio, o el rumbo represivo que el Estado debe tomar para combatir la inseguridad ciudadana. Siendo ambas políticas, a mi entender, legitimadas por la inmensa mayoría de la elite política y de la opinión pública, entonces llego a la conclusión de que un asunto político no se convierte en correcto políticamente por ser novedoso y apoyado por grandes mayorías. Faltaría, entonces, un criterio realmente delimitador. Llegado este punto conviene apuntar, aunque no creo sea el espacio para debates epistemológicos y ontológicos, que el concepto que aquí estudio se basa mucho menos en hechos o datos de la agenda o de la opinión pública – por los dos elementos anteriores- que en subjetividades de quienes se sienten atacados. Esto podría asegurarlo solo por el hecho de que son ellos mismos los que acuñan el término; ni los grupos feministas, ni las organizaciones por los derechos de las minorías plantean que su agenda es políticamente correcta, ni moralmente superior. Son aquellos contrarios a dicha agenda quienes construyen el concepto y así lo sienten. Este sería, por tanto, el criterio delimitador por excelencia, y la conclusión de este preliminar artículo: lo políticamente correcto es un relato construido para hacer oposición a la nueva agenda mencionada, mayormente por parte de un grupo bastante influyente de hombres, heterosexuales (en apariencia), blancos y universitarios, desde un paradigma conservador y liberal a la vez, tanto desde la derecha como desde una supuesta izquierda. (Mayormente significa no obviar que existen algunas mujeres y algunos individuos que sin ser generadores de opinión hacen fuerza en este sentido). Esta agenda, además, se presenta como avasallante –como desarrollaré luego- y homogénea (cuando en verdad, por solo poner un ejemplo, el feminismo abarca un montón de organizaciones con discrepancias teóricas profundas; con respecto al Estado y sus políticas públicas, con respecto a las políticas identitarias, a la prostitución, a diferentes tipos de cosificación, de deconstrucción, con respecto al sistema económico, y largos etcéteras).

Formas y contenidos
En la construcción de dicho relato se confunden, la forma con los contenidos. Es decir, se ataca la utilización de cuotas políticas o estatales para fomentar la inclusión de determinado grupo, pero lo que hay detrás es una oposición liberal a que el Estado intervenga para torcer situaciones de exclusión u opresión. En el argumento de “que participe en política el mejor” o “que entre al estado el mejor” así como en “que los pobres se esfuercen lo suficiente para dejar de serlo” hay una idea de mérito que obvia lisa y llanamente las desigualdades estructurales y las dificultades extra que pueden sufrirse. A este respecto, lo políticamente correcto es asociado con luchas de suma cero. Aquí la fina línea entre un paradigma liberal y otro conservador. Veámoslo así: al aumentar una cuota disminuye otra, (supongamos que la cuota femenina para las listas al parlamento pasa de ser un tercio a ser la mitad), entonces habrá quienes sienten vulnerados sus derechos (los varones parlamentarios actuales pasarían a competir por menos escaños). Lo mismo se aplica a los usos lingüísticos que se fomentan desde los mencionados ámbitos. No es lo mismo criticar el “todos y todas” por creer que “todos” ya las incluye a ellas (aunque sean mil mujeres y un varón) que negar que el lenguaje es una construcción cultural, y por lo tanto el reflejo de una historia escrita por varones, y defendida a capa y espada por la Rae (que día por medio actualiza el diccionario con vocablos insólitos). No es lo mismo criticar el término “patriarcado” que negar que vivimos en sociedades desiguales, donde el poder político lo detentan hombres, donde los roles de género le dan poder y libertad en grandes cantidades a los varones, donde cada vez más hombres matan mujeres por creerlas su propiedad. Formas y contenidos.

El enemigo se nos viene
En general, quienes se ubican en posición contraria a lo que ellos mismos definen como corrección política, construyen la imagen de su enemigo como poderoso y totalitario. Para el matutino El País, quienes exigieron sanciones a una novela turca –cuyo argumento es una niña obligada a contraer matrimonio con un adulto- conforman el “establishment bien pensante nacional”1. De igual manera, Hoenir Sarthou, siempre obsesionado con la igualdad formal y la libertad individual, afirma que “La resistencia a la corrección política no es un tema superficial, de gustos o de sensibilidades, es una lucha civilizatoria”2. Daría para otro montón de párrafos, en definitiva, dar con el asunto de quién es el grupo poderoso y/o privilegiado en esta puja política. Lo que sí, es que así como lo hizo Vidalín hace unas semanas3, este discurso construye una otredad poderosa, y en base a ella, una autoidentificación victimizante. Cantidad de actores políticos, por tanto, temen ante el ascenso de una “verdad oficial” o “ideología de género” que se impone en escaladas avasallantes (incluso leí comparaciones con el nazismo y con la distopía orwelliana de 1984). De sobredimensionar estaría todo dicho. Parece mentira como, quienes fueran históricamente oprimidos (y oprimidas) hoy detenten un poder absoluto y arrollador de la diferencia, solo por incidir en algún organismo público, fomentar algunas políticas afirmativas o incentivar el uso de determinados usos lingüísticos.

El humor tradicional
Incluso desde ciertos sectores aparentemente progresistas, como el carnaval, y de figuras humorísticas de los medios se ha ido levantando la voz crecientemente contra la “falta de libertad” que les genera la corrección política. Pese a haber ciertas zonas grises en el continuo libertad de expresión-no discriminación con respecto a lo legal, personalmente creo que abordar las situaciones penalmente debe ser el último recurso a agotar. La censura, por tanto, es razonable que genere revuelo en el ambiente artístico. Serían casos claros, estos, en los cuales se impone lo coercitivo: se ataca la “libertad negativa” del sujeto. Más llamativo me resulta, sin embargo, cuando el alegato es que “a nivel social” se censuran determinados tipos de expresión artístico-humorística. En ese caso la queja no me parece que tenga lugar; si ciertos sectores o minorías se sienten atacados, no me parece que haya mucha más vuelta para darle. Quiero decir, una agresión siempre es una relación entre dos partes (un golpe en la nuca puede ser un golpe amistoso cuando se lo realiza en una relación de amistad, y puede acabar en trifulca si lo recibe un desconocido caminando por 18 de Julio). Agresión es sentirse agredido. Sinceramente yo no me creería quién para decirle a minorías eternamente discriminadas y marginadas “che, me parece que te estás victimizando, es solo un chiste”. Es que el humor, aquello que nos divierte, no es estático. Determinados tipos de humor van perdiendo vigencia, y aunque sean estilos “que se hicieron toda la vida” no quiere decir que tengan que perdurar por siempre, es quizás un reflejo de lo que anda en las cabezas de las personas (confieso, por ejemplo, que cuando veo un cupletero o un monologuista ceceando y meneando para imitar a un homosexual me da un poco de vergüenza ajena, me resulta un número tan hartamente repetido que ya no le hallo lo humorístico). Por si no fui claro: algunos ámbitos artísticos y progresistas se impregnan (como en muchos otros) de cierto conservadurismo a la hora de defender lo que siempre hicieron. Así como hay una evolución entre el “los putos son enfermos” de nuestros abuelos al “los respeto pero no quiero verlos besándose” de hoy, quizás el día de mañana nos riamos de otras cosas A decir verdad, esta [pseudo] horizontalidad que nos brindan las redes, puede servir en algunos casos, así como deja la puerta abierta para constantes y abusivos escraches, sin derechos a réplica o basados en meros titulares malintencionados (post-verdad), para lo cual debemos estar atentos de igual manera.

A modo de conclusión
En resumen, por izquierda, parece cada vez más zanjado el debate de si la lucha por la emancipación de las mujeres y de las minorías sociales hace perder fuerza a la lucha de clases del marxismo clásico, sobre el cual ríos de tinta se han desplegado, desde el neo-marxismo, la teoría queer y la teoría crítica, a pesar de que alguno individuos ya nombrados se sientan elevados en su pedestal de paladines defensores de “las verdaderas luchas” (y de izquierda tienen muy poco). Sin por esto dar por terminado el debate sobre las políticas concretas o a corto plazo, de quién las financia y qué tan emancipatorias puedan llegar a ser. Un debate no excluye al otro, y cuanto mejor, mejor. La lucha contra lo políticamente correcto terminó con el triunfo, por ejemplo, de Donald Trump, y la escalada electoral de Marine Le Pen, desde una nueva derecha más sofisticada. Y para ese molino llegó agua de quien se quejaba por no poder burlarse de todo hasta quien cree que el matrimonio igualitario es pecado. A la derecha, siempre con sus ropajes rancios y conservadores, no les pido demasiado. A la izquierda, y al progresismo en general, le propongo abrir este debate con cierta humildad ideológica; reconocer, en primer lugar, los privilegios históricos que venimos detentando como varones desde hace siglos (creo que esto sería lo menos discutible, refiriendo a privilegios en el sentido de poder y no de un falso hedonismo), y en segundo lugar, escuchar un poco más y con más respeto las voces de las mujeres organizadas (como si les fuera fácil organizarse, llegar, generar agenda, ser escuchadas, y nosotros por izquierda venir a denostarlas). Y tener presente que con respeto más o menos se puede plantear cualquier debate. No por descreer del “ellos y ellas” sos automáticamente un misógino, ni tampoco por tal motivo toda la lucha feminista pierde legitimidad. No hay “verdad oficial” ni “rebeldía” en supuestamente oponerse, todo es una lucha por los significados, una batalla cultural.

Lo peor que podemos hacer quienes somos de izquierda y luchamos por construir una alternativa igualitaria al capitalismo y a las relaciones sociales patriarcales –en definitiva, a la opresión- es quedarnos callados mientras quienes controlan el poder mediático se victimizan como si no fueran ellos los eternos privilegiados.

Rafael Dighiero