Somos la bisagra de fines del siglo XX y principios del XXI. Tenemos la sensación de haber nacido a destiempo. Lo analógico nos atrae pero nos aburre y lo digital no nos gusta mucho pero lo usamos y nos divierte. Debemos confesar que no nos sentimos muy cómodos con la tablet, pero mucho menos con la Olivetti. Quizá fue porque en gran parte nos crió la tele (mucho Discovery, mucho Steven Spielberg, mucho Videomatch y el Show de Don Francisco) y debemos ser los últimos en leer del libro.

Eso sí, sin duda fuimos los últimos en usar el short por arriba de la rodilla (hasta que volvió como vuelve todo, pero eso es otra historia y podemos atribuirnos parte de la culpa), últimos en jugar lo que se daba en llamar juegos de mesa, en esperar a Navidad para comer budín, en comprar bubbaloos a un peso y los bazooka a cincuenta centésimos.  Vago recuerdo de un verano en el que todo estaba bastante bien y por primera vez escuchamos Mariposa Tecknicolor.

También podemos atribuirnos otras primicias además del hit de Fito; la computadora como electrodoméstico -en aquel entonces bastante cheto, pero electrodoméstico al fin-, el bóxer como standard y el celular como extensión de nosotros mismos. Vimos los monofónicos Nokia 1100 y Motorola C115, el polifónico V3 “de tapita”, el boom de la pantalla a color, el MP3 que se comió al discman y el bluetooth. Harry Potter es nuestro Star Wars.

Vimos a Maradona y a Valderrama; poco en la cancha, mucho en TV. Vimos el clon de Dolly, las Torres Gemelas (las conocí el día que cayeron y aunque era muy chico por alguna razón recuerdo ese momento), la muerte de Bin Laden y la crisis del 2002. Irak fue nuestro Vietnam. Nadie nos avisó que el mundo iba a ser así, pero las guerras, el cambio climático y los demás males del siglo no nos inquietan tanto; más nos inquieta que nos criaron a papel y lápiz para un mundo donde “ser alguien en la vida” es tener algún tipo de formación terciaria, preferentemente un título universitario, y no estamos muy seguros de que eso importe, o en caso de importar, de que sea suficiente.

Es sabido que en lo que va de nuestras vidas ya sobrevivimos a dos o tres fines del mundo, pero hasta ahora sólo una vez nos acercamos a una final del mundo, lo cual nos deja cierto sinsabor porque desde chiquitos nos enseñaron que “cuando juega la celeste todo el mundo bocabajo” y aunque participamos de ese dogma tampoco estamos muy convencidos. La gloria futbolística para nos, era tener los total 90.

Nos gusta saborear la grasa de “esta vieja cultura frita”, sus prejuicios, sus vanidades, pero sabemos que el colesterol nos puede matar y buscamos salvarnos haciendo gimnasia en Benedetti, en Cortázar, en Bukowski. En Woodstock, en el funk, en Zeppelin. En Picasso, Pollock, Kahlo. En casi todos los fenómenos artísticos que nos perdimos y que, en estas latitudes, no nos resultan lo suficientemente valorados salvo por aquellos que son de los nuestros. Viajamos irremediablemente hacia mediados de nuestro siglo lleno de pantallas táctiles, conexiones inalámbricas y comunicaciones virtuales mirando con nostalgia por la ventanilla, escuchando una armónica melancólica en los auriculares, pensando cómo habría sido tomarse un café en el Mincho. Vimos morir el casete y veremos morir el CD, nosotros, fieles al formato físico y encantados con la resurrección del vinilo.

Algunos dicen que se es de donde se nace, otros dicen que se es de donde se quiere morir; en ese sentido, nosotros somos -se mire por donde se mire- de la década del ’90. No debe confundirse esto con pesimismo. Nos negamos a suscribir aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, pero este tiempo, el de hoy, no nos gusta, y nada nos garantiza que sea mejor el de mañana.

A nosotros no “nos falló el flower power, dios, el viejo Batlle y la lógica del dos más dos”. Apenas tuvimos noticia de ellos. Sentimos prematuramente la desilusión y el desencanto para con los políticos, tal vez lo heredamos de nuestros mayores, y nuestro romanticismo quiere una revolución que nuestro racionalismo sabe inviable. Somos huérfanos de la Guerra Fría que no quieren vengar a sus mártires, pero quieren honrarlos.

Nacimos en un mundo, ahora vivimos en otro, y queremos cambiarlo empezando por nosotros mismos. Combatir nuestros prejuicios, desterrar nuestros miedos, conquistar nuestro presente y construir nuestro futuro. Tenemos banderas por las que pelear, pero no queremos pelear. Quizá nos falta un enemigo. Quizá tenemos la maravillosa oportunidad de ganar la batalla sin disparar.

Ya hemos hecho escuchar nuestra voz alguna que otra vez (claro que no solo nosotros); el no a la baja, el ni una menos, el matrimonio igualitario. Tal vez (ojalá) seamos la bisagra entre el combate y la aceptación de las drogas, entre la discriminación y la inclusión, entre el capitalismo y la justicia social, entre las buenas intenciones y la verdadera unión de todos los pueblos de la humanidad.

Supongo que, bueno, “we all want to change the world”, todos padecemos el desfasaje entre el espacio-tiempo en que nacimos y el que nos toca hoy, pero presiento cierta amargura de mis coetáneos, o al menos de algunos de ellos, cierta molestia que no llega a ser dolor, ganas de algo que no se sabe bien que es. Hay una impronta romántico-progresista con un toque de escepticismo. Tal vez todo esto es propio de ciertas personas que cabría agrupar por otras características más que su fecha de nacimiento y el contexto de la época, o simplemente es propio de cierta edad, pero creo que no se trata de una característica innata sino del resultado de haber nacido y crecido al este del Río de los Pájaros Pintados entre el noventa y el dos mil.

Todavía tenemos más futuro que pasado, más sueños que fracasos, más dudas que certezas. Somos asquerosamente jóvenes. Y si nos preguntan, sabemos bien qué hacer con eso. Pero tal vez no estamos muy seguros de hacerlo. Todavía.