Fue hace cuatro o cinco años cuando me topé con la cajita de fósforos. Mi mujer me había insistido en dejar de fumar y yo accedí a intentarlo. Supe desde el primer momento que no iba a hacerlo pero sí me propuse decididamente fumar menos. Me inventé el método de fumar solo en momentos tranquilos y para garantizar el cumplimiento del deber solo podía encender los cigarrillos con fósforos y jamás de los jamases podía pedir fuego.

Tenía tres o cuatro cajas de fósforos en diferentes lugares estratégicos; la mesa de luz, el baño y el escritorio del trabajo. La rutina comenzaba con el primer pucho del día que se fuma ni bien se despegan las lagañas, pero ese día arrancó mal; se me habían terminado los fósforos -el último se quemó en el baño la noche anterior- y tuve que ir al boliche de la esquina. Aproveché la falta de tiempo para dramatizar la situación y privarme de ese primer cigarro por no presentarse el requisito de la tranquilidad, poniendo a prueba mi autodeterminación.

Me atendió la mujer de Jesús María que lo cubría cuando él no estaba. El viejo era conocido del barrio desde el primer día, hijo de madre devota y padre de botas -palabras de él-, muerto en la Guerra Grande a manos de los “negros blancos”. Según le habían dicho a su madre cuando él era muy chico todavía, un estanciero había armado un escuadrón con peones en su mayoría negros al que otros negros se sumaron por empatía, y quiso el tata-dios que este paradójico escuadrón de negros blancos le pusiera fin a la vida de su padre. Jesús María, batllista hasta la médula y fervoroso ateo, gustaba de hacer reír a los demás con su irónica historia de vida. En fin, el caso es que me atiende la mujer del Cholo y saca la última caja de fósforos de la vitrina.

-Esa no tiene doña Elsa.- Le dije yo. Los fósforos estaban en una especie de mueble de vidrio sobre el mostrador con reparticiones que contenían diferentes artículos, de manera tal que el fondo de cada una permitía ver al cliente el contenido. El Cholo me había dicho una vez que fui a realizar la misma compra que me iba a dar otra porque la última estaba vacía, la había puesto ahí por no tirarla, de muestra nomás.

-¿No?-Preguntó doña Elsa agitando la caja que sonó a llena.- Parece que sí, ¿se anima a fijarse el precio? Está pegado ahí.

-Muy bien. Deme otra más igual, voy a llevar dos.

Ese día me fui de ahí al laburo donde debo haber fumado el primer pucho. Más tarde ya en casa prendí el último cigarro del día con una de las dos cajas nuevas que ya quedó en el botiquín. Pero, a la mañana siguiente, tuve que volver a buscarla para fumar en el desayuno y no en la cama, porque resulta que en la caja de fósforos afectada a la mesa de luz me encontré un botón. Desconcertado por la sorpresa me despabilé, me levanté, me afeité y prendí un cigarro en el baño contrariando la costumbre, el cual me acompañó mientras hervía el agua. ¿Lucía habría puesto un botón ahí? ¿y qué me hizo los fósforos? quién sabe.

Llegué al laburo, colgué el saco en el respaldo y ojeé las instrucciones del día. Lista de posibles nuevos clientes a quienes llamar, entregar relación de pedidos, llamar a fulano, ir a yo qué sé dónde, etc. De todos modos algo iba a quedar para mañana. Me arremangué la camisa, me arrimé al escritorio, prendí el segundo y levanté el tubo. Dejé la visita para el final como de costumbre porque ya estaba dicho que las hacía en mi auto y después seguía rumbo a casa.

Hete aquí que cuando me bajo las mangas me faltaba el botón del puño de la diestra.  Lo busqué  en vano abajo del escritorio, arriba y alrededor. Hasta pregunté si alguien lo había encontrado y nada, todos me miraban como se mira a alguien que se ve demasiado nervioso para el caso porque claro; ellos no se habían encontrado un botón en una caja de fósforos antes de perder uno del puño de la camisa. El viaje de una empresa a otra y de la otra a casa me lo pasé pensando en los botones, Lucía y Jesús María. ¿Sería que el Cholo tenía esa caja guardadita de muestra porque tenía facultades adivinatorias? ¡Pobre la doña que me vendió la bola de cristal por dos vintenes!

Llegué a casa entusiasmado por la idea y con miedo de cruzarme al Cholo. Le pedí a Lucía que cuando tuviera tiempo me cosiera un botón y no le comenté nada de la caja. Cené mirándola, de mañana había quedado en la mesa del comedor y decidí dejarla ahí mismo, a ver que tenía al otro día. Me sentí tentado a agitarla a ver si sonaban los fósforos pero me dio miedo romper la magia. Consciente o inconscientemente la cajita se estaba volviendo un objeto sagrado al que convenía preservar de todo uso que no fuera el ritual.

 

Apagué el despertador antes de que sonara como siempre, despegué los ojos y cuando sentí el impulso de fumar me acordé de la cajita. Apronté el café, prendí la radio bajita y miré a ver que había el día de hoy: un clavo. Lo miré unos segundos y la cerré con índice y pulgar. No quise volver a abrirla ni agitarla aunque otra vez me dieran ganas porque la verdad, tenía miedo de encontrarme fósforos. Y un clavo… ¿Precisaré un clavo hoy? Será que me van a regalar un cuadro. Ocho y veintiséis, vamonós. Pero antes, celoso de mi juguete nuevo, la dejé en el aparador casi escondida atrás de un portarretrato.

Cuando llegué a la esquina con Gaboto noté la pinchadura. Cajita de mierda, solo anuncia desgracias, dije en un suspiro fastidiado. De allí en más, todo lo esperable: cambio de rueda, retraso, saludos a la carrera, instrucciones del día. Pasada la calentura en un momento de calma volví a pensar en la cajita de fósforos y saqué algunas conclusiones en limpio: primero, la cajita hasta ahora solo auguraba percances. Segundo, pasar por la gomería a emparchar la rueda cambiada.

 

Al otro día ya podía decir que tenía una rutina nueva. El primer cigarrillo del día se encendía en el baño y se fumaba en la cocina preparando el desayuno. Se apagaba en la pileta, se echaba al tacho y se consultaba la cajita pitonisa tomando el café y escuchando la radio. Dentro de la misma encontré una llavecita, como de un candado chico. Pierdo la llave o me quedo encerrado pensé.

Salí a la defensiva poniendo doble atención en el llavero. No quise considerar a la cajita un mal agüero sino simplemente un oráculo que precavía los acontecimientos futuros. Podía ser que la cajita no manejara los hilos del destino de manera tal que su pronóstico fuera inevitable, sino que simplemente advirtiera sobre un hecho posible que, una vez conocido con más certeza sobre su probabilidad, podía ser evitado.

Dejé el auto a la sombra, revisé que todas las llaves estuvieran en el llavero y caminé hasta el edificio con él apretado en la mano. Me encontré con todo el personal en la puerta.

-Buen día Saner.

-Buen día Heriberto, ¿cómo le va, qué pasa?

-No apareció Martínez, parece que solo él y Zimmerman tienen llave así que hasta que no llegue uno de los dos, quedamos afuera.

Mirá vos como son las cosas, pensé echando el  llavero al bolsillo. Una buena de la cajita, y vos que casi te la agarrás con ella.

Hablé con Heriberto la siguiente media hora hasta que apareció el jefe y se acabó la farra, pero me quedé contento. La cajita no auguraba solo infortunios. Tanto es así que recuerdo que otra mañana, -un fin de semana fue- apareció una moneda y por las dudas jugué una quiniela. No en lo de Jesús porque lo evitaba desde que me hice de la muestra de fósforos, pero resulta que la monedita representaba el encuentro de cien pesos en la vereda.

Estuvo complicado el día que apareció una piedrita. La vi y ya me quedé pensando que sería algún tipo de obstáculo. Salí tranquilo pero me pasé el día con un andar cauteloso como para evitar chocar de frente con esa piedra en el camino, a ver si por lo menos podía verla de lejos y ya calcular como esquivarla. Todo normal en el trabajo, lo mismo de siempre, me subí al auto con un poco de miedo temiendo un accidente, pensando siempre en la piedra que todavía no aparecía.

Llegué sano y salvo a casa, pero resulta que en la escalera me encuentro a la gorda de al lado. Un obstáculo que debía tener un kilo por año aproximadamente y seguro no bajaba de los ciento diez. Por suerte yo estaba en los últimos escalones llegando al piso del apartamento y no la agarré en la mitad de la escalera.

-Buenas tardes doña.- Saludé sin mirarla pensando en recorrer raudamente los dos pasos que me separaban de mi puerta.

-¡Buenas tardes vecino! ¡Qué bueno que llega! –Sentí como un baldazo de agua fría, por qué cajita, por qué- Recién le golpeé a su señora pero se ve que no está, ¿no me ayuda un poquito que preciso un frasco que está muy alto?

-Cómo no.- Respondí con más resignación que solidaridad.

La vieja me hizo pasar a una especie de museo de principios de siglo sacándome charla primero con el tiempo, después con la humedad, enganchó con el dolor en los huesos, con el marido finado, con los hijos que vienen cada muerte de obispo y los demás ítems del discurso que le aplicaba a cualquiera que más o menos le diera bola. El olor a naftalina me cacheteó en la puerta y por unos segundos me dejó la marca de la trompada en la cara hasta que atiné a disimularla cortésmente antes de que la doña girara para hablarme de frente. Yo asentía, ladeaba un poquito la cabeza con gesto de pero qué cosa che o fruncía el ceño con desaprobación según indicara el tono de la vieja, siempre desatendiendo deliberadamente lo que decía.

-Ahí arriba vecino -señalando un estante del aéreo de la cocina-. ¿No se anima a destaparlo? Yo no tengo fuerza en las manos ¿vio?

El frasco estaba apretado como tornillo de barco. Seguro que no lo había tapado la vieja, debió haber sido algún vecino cortés que se lo cerró como para que no lo abriera nunca más y de paso se lo guardó bien lejos.

-¿No tendrá algún trapo doña? Mire que esta apretado…

Me dio el más asqueroso de los trapos mugrientos que haya agarrado en mi vida. Volvió la marca de la trompada mezclada con cara de fuerza y logré girar la rosca. Inmediatamente se lo di con el trapo encima. Me despedí y ya enfilé rumbo a la puerta.

-¡Muchas gracias vecino! Perdone la molestia. Y mire usted, ¡no tenía nada!.

Solamente esta vieja guardar un frasco vacío herméticamente cerrado en el estante más alto. Pobre doña, no se debía ni acordar qué tenía. Bueno, al fin en casa. Chau obstáculo.

Después de eso me pegué un baño, hablamos con Lucía de los temas domésticos, cenamos y a dormir. Durante la cena yo tenía la costumbre de mirar curioso hacia el portarretrato por encima del hombro de Lucía. Me gustaba pensar que ella ni siquiera sospechaba el secreto escondido en la apariencia común de las cosas. Esa noche casi se lo insinúo como para ver si me trataba de loco o accedía lúdicamente a seguir la idea, pero al final me quedé callado.

Fue al otro día cuando la consulta nigromántica de la cajita me sorprendió tanto como el primer día. Estaba repleta de fósforos. A esa altura cualquier cosa era normal excepto eso. Fuego, incendio. Asado ojalá. Pero no fue nada de eso, aunque volvió a anunciar desgracia. El día transcurrió con normalidad hasta la noche.

-¿No sentís olor a humo?- Me preguntó Lucía.

-No che -miré al aparador y noté que no estaba mi cajita.- ¿Vos agarraste un cajita de fósforos que estaba ahí arriba?

-Sí, se la di a la vecina. Vino hoy de tarde a pedir porque se le terminaron y Jesús había bajado la cortina.