Dibujo: Valesca (Fobia)

Dejé la sangre pegada en mi sábana para poder mirarla después y disfrazarme el virtuosismo de violencia. Dejé que se desparramara, que goteara sobre el colchón, que atravesara la tela y el algodón y la fibra amarillenta; dejé que la sangre corriera, que borboteara hirviendo en el borde del lecho, que cayera como una hermosa flor escarlata y barnizara mi piso de parqué viejo.

Dejé que la sangre recorriera los pliegues intransigentes de mis codos, de mis manos, que nacieran hibiscos en mis rodillas, y así poder hundir mi cabeza de lleno en el polen y exfoliarme la mugre de mi rostro cansado.

Dejé que fuera caliente, que hirviera, que se pegara contra mi pecho, dejé que me diera vuelta. Dejé que la sangre cayera, después de la mordida, después del primer golpe, que bajara por mi nariz imperfecta y me escribiera la remera. Dejé que fuera caliente, que tuviera gusto azufre, dejé que se repitiera todos los días—la sangre no se lava, se queda pegada a las manos, a los dedos, debajo de las uñas, la sangre trepa por los huesos, se enreda como víboras de azúcar a los nudillos; la sangre no se borra, se mastica.

La sangre se mastica.

Hoy voy a lavar mi cuarto entero y disfrazarme de doncella para que me desenredes el pelo con los dedos. Quiero, que me cuides, sin saberlo, sin pensarlo, que me acaricies la cabeza. Que entren, que jueguen tus dedos en mi boca, que sostengas mi mandíbula, que devuelvas la vida a estos pechos cansados, que reprimas el sonido del dolor de la virgen santa; hoy voy a lavar mi cuarto entero, hacerte olvidar que hubo algo antes, que yo no soy de porcelana, porque si lo fuera, ya estaría rota.