Tejí una cuerda con hilos y pelos, los que se me caen en cada baño. Con esa cuerda me até las muñecas. A gritos, descontroladas, me pedían que las desatara. Pero la cuerda se había metido en mi piel, los hilos duros se habían acoplado al recorrido de mis venas y con ellas llegaron a mi corazón. Entraron por mi aurícula derecha y se apoderaron de todo el músculo. Decidieron controlar mis latidos, les gustaba agitarme. Cada tanto me aumentaban los latidos, me llenaban de ansiedad, como si bailaran dentro de mi pecho sacaban de mí exhalaciones descontroladas.

Cuando quise liberarme las manos entendí que tenía esta red de hilos parasitaria fuera de control. Intenté con fuerza pero sentía que me desgarraba el cuerpo, que se llevaba con ella todo lo que tenía adentro. Intenté quemarla pero me lastimaba la piel. Cinché hasta que se me quemaron las manos del roce con la cuerda y supe que era imposible.

‘Tengo que arrancarme el corazón’, pensé.

‘¿Cómo te voy a abrazar ahora? ¿Cómo te voy a mostrar este corazón hilachado?’

Supe: No me quiero convertir en cuerda. Yo quiero ser manos que desatan nudos.

Recordé cómo había tejido la cuerda, recordé paso a paso cada nudo, cada trenzado. Recordé cada pelo que había caído por mi espalda mojada. Cada hilo que elegí meticulosamente para ser parte. Intenté desarmar al ritmo que había armado. Volví para atrás el proceso. Fue fácil los primeros tramos que estaban en el exterior. Lo complicado fue sacar lo que estaba adentro. Con amabilidad, con gentileza y con amor deslicé mis dedos para adentro de mis muñecas, sentí mi sangre caliente, mis vasos latiendo, las cosquillas de tocar los nervios, la carne. Subí lentamente, con cuidado de no mover nada de lugar, por mi antebrazo, mi brazo, mi axila, y me metí dentro de mi corazón. Noté que entre latido y latido cuando se relajaba el corazón, se relajaba la cuerda. Esa era mi oportunidad. Fue cuestión de un segundo y cuando hubo silencio tomé los hilos con fuerza y los arranqué. Grité, lloré. Los fui desprendiendo en todo el recorrido de vuelta al exterior y terminaron fuera. Volví a latir por mi misma y me sentí libre. Me sentí transparente y salí a que me pegara el sol en la cara. Sonreí y exhalé todos mis miedos por última vez.