Papá no iba nunca con nosotras. Siempre éramos mamá y yo. A mí no me gustaba
ir, tampoco a papá, pero a Nicolás le gustaba verme. Siempre lo veía cansado, alegre pero
muy flaco.
Quedaba muy lejos. Siempre era igual, no salía el sol y yo ya me bañaba. Mientras
tanto mamá me preparaba un pan con dulce de higo y una leche con cocoa. Yo me lavaba
los dientes y ella terminaba de hacer todo. Siempre salíamos sin sol. Nos tomábamos un
ómnibus cualquiera y después el ciento veintisiete. Las que iban eran casi todas señoras
muy grandes. Nunca tenía con quien hablar mientras viajábamos.
Mamá iba cada quince días y yo una vez al mes. No me gustaba mucho esperar ni
caminar tanto. Llegábamos a las once y recién al mediodía podíamos entrar. Era muy
grande aquel lugar, entre tanto alambrado se podía ver ese edificio herrumbrado. Por
ningún lado veíamos árboles o pajaritos cantando.
Nicolás llegaba con la capucha puesta y se ponía a conversar con mamá, mientras
tanto yo los miraba desde una esquina.Al ratito me llamaban para estar con ellos. Todos
llorábamos por dentro, pero las lágrimas no se animaban a salir. Hablábamos de la escuela,
de cómo estaba papá, la abuela y los primos. No me dejaban preguntar nada sobre ese feo
lugar.Él sólo contaba que estaba bien, pero yo sabía que era mentira, siempre venía
golpeado.
Cuando Mamá me prohibió ir no dije nada, no sabía qué decir. Se decía que no tenía
que faltar a la escuela, que había que caminar mucho, que el sol del mediodía era muy
fuerte para mi, que a Nicolás no lo dejaban verme más.
Y Mamá siguió yendo, sola. Hasta que un día a ella tampoco la dejaron ir más. Se
decía que él no tendría que haber dejado sus obligaciones, que él había pensado mucho,
que sus ideas eran muy raras, que nadie sabía donde él estaba
Y así, como si no les importara, no lo vimos nunca más.

Gastón Correa.