Caminó desnuda por un muro de colores infinito como el horizonte y alto como un acantilado que daba eternas vueltas laberínticas.

Sin ningún peso más que el de su propio cuerpo recorrió la cima del muro en puntas de pie.

Sin demora la tranquilidad de los colores se transformó en desconfianza, veía manos salir de las esquinas de las vueltas del muro con cada eco que generaban sus descalzos pasos. Caminaba y se multiplicaban. Salían de cada rincón, retorcidas desde cada recoveco del muro. La buscaban desesperadas y la inclinaban hacia los precipicios.

Sus ojos buscaban un espacio libre pero entre cada vuelta nacían más brazos largos. Empezó a sentir como los dientes le bruxaban por el miedo y se le dañó el esmalte. Con las pestañas albinas vio cómo las manos llenas de mugre bajo las uñas se acercaban a ella a la velocidad de un tren.  Y se dijo:

– Son las manos de mi memoria.

Se paralizó un instante, dos instantes, ciento cinco instantes. Sin querer, permitió así que las manos percibieran su incertidumbre. La inocencia se escondió de ellas para liberarlas con violentas ganas de arrastrarla a sus escondites entre los muros de colores.

Jodidamente vulnerable.

La tomaron por las extremidades y se abalanzaron sobre su cuerpo, la hicieron suya y de pronto no había luz entre tantos dedos. Creyó en un momento que hasta sus propias manos la habían traicionado. La arrastraron a lo más profundo de sus recuerdos reprimidos para visitar un poco de aquello que hace tiempo había decidido no ver más.

Y entonces todo estaba allí. Las manos la soltaron, calló a un sueño empolvado y vio como las manos dirigían sus palmas al cielo y le ofrecían cada una un recuerdo.  Todas las veces que se había sentido pasivamente dispensable estaban allí, mirándola, esperando por su reencuentro.

La memoria le hacía una invitación.

 

Dibujo: “Allanamiento de morada” de Scalentina Valentoni