Quiero referirme a una de las creaciones humanas que, a mi modo de ver las cosas, es de las más perfectas: las barras. No las barras de las prisiones o de los códigos de compra, las barras de los bares y los boliches. Donde la gente se sienta para encontrar un poco de sosiego en el alma o simplemente para compartir un diálogo con quien se sienta al lado o le sirve.

Son tan perfectas, que la inexorable rueda del “progreso” avanza, que el positivismo comptiano supera estadios, pero ella sigue siempre ahí. En el boliche pueden cambiar las luces, la música que suena de acompañamiento, el pool o el casín, o hasta el propio barril, que, aunque en el último tiempo volvió a estar de moda, estuvo relegado desde que las botellas de litro se pusieron de moda. Pero la barra sigue ahí, impertérrita.

Como una estaca clavada al suelo, o un faro que ilumina la estancia de los parroquianos. Siempre ahí. Podrá cambiar la forma, el material, pero su concepto fundamental: la frontera entre el cantinero y el cliente, el lugar donde apoyarse al tomar y apoyar nuestras penas, siempre está. Es una característica constitutiva de cualquier taberna que se precie y que quiera cumplir la función de soporte espiritual, casi terapéutica, que asume con los pacientes que acoge; es que ese es su sino.

De piedra, de madera, de mármol, con el soporte metálico en el suelo para apoyarse, o de mil otras formas, está ahí para todos. Se presta para todos, sin condiciones, da todo y nosotros simplemente le damos nuestro peso. Pero ella lo aguanta. Y le gusta. Para eso está.

Desde que el primer ser humano tuvo la inteligencia de crear semejante invento, de valor comparable -si no superior- a la rueda o al fuego, el mundo cambió. Y para bien, porque es un invento que apunta a la unión y la confraternización, a compartir la carga de esa cosa llamada vida. Vaya un agradecimiento sentido para tan noble inventor.

Solo una última cosa resta decir: si un bar no tiene una barra, no es un bar. Será otra cosa, un establecimiento nocturno miope, un quiosco con pretensiones de boliche, una pista de baile amputada. Pero nunca un bar. Es la vida, es la esencia, es la razón, es el fuego. La barra es el Todo. No hay vuelta.

Dibujo: Fobia | Javi López Cleffi